RetrocesoA&ONº 274/27-IX-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Ver, oír... y contarlo
Paul Johnson:
"Un mundo más severo,
pero más seguro y estable"

Textos de estos días que, con permiso de Gadamer, "dan que pensar". Dice André Gluscksman, en una muy intersante entrevista hecha por Josep Ramoneda, en un muy interesante suplemento cultural del diario El País, el pasado sábado, bajo el título La violencia es cada vez más nihilista, que "la fuerza del partisano, teorizada por Karl Schmitt y por Mao, es el paradigma de la violencia desde abajo, y ésta ha sido la gran progresión de la guerra en el siglo XX. Sólo podemos resistirla si sabemos en qué estado de la guerra nos encontramos: continuidad de la guerra, cada vez más nihilista".

En el diario La Vanguardia, del pasado miércoles día 19 del presente mes, Tahar Ben Jelloun, bajo el título La razón ha muerto, afirma: "La razón ha muerto. La locura asesina es una locura a escala industrial, y con ello quiero decir que arrastra con ella el máximo número de víctimas inocentes. Esta locura acaba de enviarnos a otra época, a otro mundo, probablemente al mundo donde el odio será ciego y cada vez más activo, donde la muerte es generosa, donde el adversario está oculto y se autodestruye en la misma operación. Sin dejar huellas. Cuántos efluvios de odio confundiéndose con las nubes de polvo y humo que llenan el cielo".

Había escrito el miércoles día 19, en el diario El Mundo, el historiador e intelectual británico Paul Johnson, autor de una recientemente traducida al español Historia de los Estados Unidos, que, "al igual que en el siglo XX las nociones liberales acabaron apoderándose de todos los ámbitos de nuestra sociedad -desde el sexo y los medios de comunicación, hasta el crimen y su castigo; desde el matrimonio, a la vida familiar; y desde las relaciones entre padres e hijos, a la sustitución de la tradicional noción del deber por los derechos universales-, la reacción ahora frente a esos desacreditados valores se extenderá gradualmente, aunque con rapidez cada vez mayor, hasta alcanzar los últimos rincones de nuestras permisivas sociedades. Esta reacción debe afectar, también, a asuntos tales como el divorcio, el aborto y la ilegitimidad, a la naturaleza de la educación, a la formación de la juventud, a la gestión de las becas, y, no como tema menor, al futuro de la religión y de los dictados fundamentales de la moralidad. De esta manera, nos encontraremos en un mundo nuevo y más severo, pero también más seguro y estable (...) El asalto terrorista contra Estados Unidos -y la respuesta que a continuación se producirá- puede suponer un acontecimiento de características muy similares y capaz, por tanto, de poner en marcha un retorno a la noción tradicional del Bien y del Mal".

En el anteriormente citado diario, el pasado domingo, monseñor Félix Machado señalaba, bajo el titular de Con el diálogo se evitan los desastres: "La primera causa puede ser una falta de fundamentos en la propia fe. Un conocimiento insuficiente de la religión, en el que profesa su fe, provoca confusiones e interpretaciones equivocadas que pueden desembocar en el fundamentalismo. Un conocimiento insuficiente de la otra religión puede conducir seguramente a una falta de valoración y a amplias generalizaciones y desembocar así en juicios equivocados".

Si suenan tambores de guerra, ¿de qué guerra? No está de más recordar lo que el Catecismo de la Iglesia católica nos dice, al respecto:

"2308. Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras.

Sin embargo, mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los Gobiernos el derecho a la legítima defensa.

2309. Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez:

- que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto;

- que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces;

- que se reúnan las condiciones serias de éxito;

- que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.

Éstos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la guerra justa. La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común.

2310. Los poderes públicos tienen en este caso el derecho y el deber de imponer a los ciudadanos las obligaciones necesarias para la defensa nacional.

Los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos. Si realizan correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación y al mantenimiento de la paz.

2311. Los poderes públicos atenderán equitativamente al caso de quienes, por motivos de conciencia, rehusan el empleo de las armas; éstos siguen obligados a servir de otra forma a la comunidad humana".