RetrocesoA&ONº 274/27-IX-2001SumarioContraportadaContinuar
La coherencia del padre Fabián

La negra sotana del padre Fabián, además de ser la única sotana en aquel postconciliar colegio, no era del todo negra. El color blanco de la tiza y el brillo de la huella del tiempo en el fajín hacían del hábito de este buen religioso un signo de contradicción del que, probablemente, se avergonzara la moderna pedagogía. Ésa pedagogía que ha abandonado la conciencia del niño por los modernos diseños curriculares y por la gestión educativa.

El confesionario de madera tallada en el que el padre Fabián pasaba sus horas y sus días era, en aquel postconciliar colegio de celebraciones comunitarias de la Penitencia, el único confesionario que había sobrevivido a la reforma del espacio sagrado en la capilla. A los pies de la imagen del santo fundador, se cincelaban, con la maestría del afecto, de la caridad y del sentido común, las conciencias de las nuevas generaciones. Pero ni la sotana, ni el confesionario caracterizaban de forma definitiva al padre Fabián.

Contaban de él los mayores del colegio que, antes de llegar a la cuesta de Canalejas había fundado una escuela para niños pobres en un barrio marginal de su Granada querida. También se decía que el día de su partida para el nuevo destino apostólico, impuesto en razón de obediencia por su Provincial, la estación de tren de la citada localidad se había llenado de una corriente de agradecimientos insospechados, de antiguos alumnos, amigos, bienhechores y beneficiarios, que despedían a su particular intercesor de las, aparentemente, imposibles causas de la vida. Tampoco la Historia era la característica definitoria del padre Fabián.

¿Y la ciencia? Pues hombre, recluido, según decían por la edad, a la docencia de la Religión, con aquel catecismo de preguntas y respuestas en ristre de empeños pedagógicos, no tenemos muchos elementos de juicio al respecto. Entonces, ¿qué es lo que hace que aún hoy, pasados los días y los años, cuando llevo por las mañanas a mi hijo pequeño a su recién estrenado colegio, recuerde al padre Fabián? Y no sólo recuerde, quizá desee que mi hijo, y todos sus compañeros, tengan su propio padre Fabián. Lo definitorio del venerable religioso era su mirada: aquellos ojos que se iluminaban cuando nos hablaban de Jesucristo; de su Madre, la Virgen María, que es la nuestra; de la Iglesia; de los santos y de los mártires por la causa del Evangelio; de aquel niño que se llamaba Tarsicio, o de aquel otro, Juan Bosco... Pero, sobre todo, aquellos ojos que hacían vida la historia del fundador, de sus correrías por el romano Trastevere o por el sufrimiento que, en sus últimos años, le hicieron pasar algunos de los que se decían de los suyos. Aún recuerdo algunas frases del santo aragonés, de Peralta de la Sal, que se han grabado en mi memoria con el cincel de la inocencia, desde aquellas clases de Religión con el padre Fabián. Frases que había escrito san José de Calasanz, pero que tomaban cuerpo con la vida del padre Fabián. ¿O no es acaso éste el eco auténtico de la Encarnación? "He encontrado la manera definitiva de servir a Dios por medio de los niños, y no la dejaré por cosa alguna de este mundo. (...) Si desde la primera infancia los niños son educados en la Piedad y en las Letras, es de esperar un feliz curso de toda su vida. (...) La educación es, en verdad, el ministerio más digno; el más noble; el de mayor mérito; el más beneficioso; el más útil; el más necesario; el más natural; el más razonable; el más grato; el más atractivo y el más glorioso".

Cuando el anciano religioso rezaba con estas palabras, siempre nos miraba como a personas, quizá anticipando nuestro futuro. No faltaban quienes decían que si nuestro venerable religioso estaba un poco mayor; que si no se había renovado; o que si predicaba una religión anticuada, anclada en los estereotipos de un cielo azul y de un infierno negro. Ya se sabe que hay gente para todo. Sin embargo, nadie discutía la coherencia del padre Fabián, pobre entre los pobres; sabio entre los sabios; místico entre los místicos; niño para los niños; adulto entre los adultos. Tengo para mí que algunas de las crisis de colegios de religiosos son de coherencia, y la coherencia termina siempre en los patios. Mientras no se vuelvan a abrir los patios de los colegios, incluso en las noches de movida callejera, no se esquivará el virus de la incoherencia.

No es el padre Fabián el único ejemplo. No hay comida familiar, de las de la familia extensa que dirían los sociólogos, en la que, al cabo de dos horas, no salga a relucir nuestra peculiar alineación de santos y sabios religiosos. La razón es sencilla: en un tiempo necesitado de testigos, más que de maestros, la mejor inversión educativa son los religiosos, quizá los únicos que pueden solventar la falsa aporía entre testigos y maestros, maestros y testigos; la presencia de una vida entregada a los demás sin más límites que los que marca la realidad, para hacer posible aquello de que hay que buscar primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás vendrá por añadidura. Pocas soluciones tan sabidas y, por sabidas, muchas veces, no creídas. Bendita memoria, la del padre Fabián.

José Francisco Serrano