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El aspecto más radical que marca la crisis de la cristiandad de antigua evangelización es una especie de atrofia, una ceguera que impide ver la sacramentalidad y la naturaleza sacramental de la Iglesia. En la pastoral ordinaria, debido también a la escasez de sacerdotes, los sacramentos corren el riesgo de dejar de ser el centro de gravedad de la pastoral católica. Inexorablemente son alejados hacia la periferia del aparato eclesial. Predomina la tentación de replegarse en el ministerio de la Palabra y en el de la diaconía. De este modo gran parte de la liturgia corre el riesgo de quedar absorbida en una verborrea, o de servir para recargar las pilas en vista de la actividad social. No se trata de la pérdida del sentido simbólico o del gusto por los ritos, como dicen algunos. Al contrario, nunca como en nuestros tiempos la religiosidad natural produce ritos profanos casi con un ritmo comercial, que marcan todos los momentos cruciales de la vida humana: el nacimiento, la adolescencia, el matrimonio, la muerte. Son ritos que expresan las preguntas y angustias del hombre frente a la finitud, a la muerte y al pecado. Y garantizan un consuelo terapéutico, una salvación self service, en la que el hombre ahorra la conversión de corazón. En esta selva de simbologías religiosas se termina por no advertir lo específico histórico y cristológico de los ritos sacramentales cristianos, lo que distingue a los sacramentos de la Iglesia de los ritos inventados por el hombre. Y se quebranta también la percepción de la verdadera naturaleza de la Iglesia, del ministerio ordenado y de los sacramentos. Se desvirtúa una justa comprensión católica de la predicación, que no es por supuesto una retórica de mercadotecnia, y de la diaconía, es decir, del servicio a los hermanos. La liturgia no agota toda la acción de la Iglesia, pero es la fuente de donde todo mana, y la meta a la cual tiende todo lo que ella hace para la salvación de los hombres. Sacramentos. La caridad. El Evangelio. La comunión con el obispo de Roma: es lo esencial. Cardenal Godfried Danneels, arzobispo de Malinos-Bruselas, en 30 Días |