RetrocesoA&ONº 274/27-IX-2001SumarioCriteriosContinuar
Con los pies en la tierra
Calificar de justicia infinita la operación con la que Estados Unidos quiere reaccionar ante el horror perpetrado el pasado 11 de septiembre ha sido considerado patético por algunos, y en todo caso poco acertado incluso por los más benévolos. La prensa italiana lo ha ilustrado con una viñeta que denota más hondura: ante el asombro de la Dama Justicia, con su balanza y su espada, la palabra Giustizia ha sido tachada y cambiada por Paura (Miedo) infinita. Será también excesivo eso del miedo infinito, pero ciertamente responde más a la realidad que el patetismo de llamar patéticos a quienes comparten la misma ceguera de vivir como si Dios no existiese, o como si pudiera reducirse su existencia al ámbito de los templos o a la vida puramente espiritual.

La palabra de Cristo es la que debe guiar una reflexión cristiana de todos los acontecimientos. Él dijo: "Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres... Si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás". No simplemente se califica "poseedor de la verdad", sino ¡la Verdad misma!, y además ¡Dueño de la vida! Entonces, tachándolo de loco -seguimos leyendo en el evangelio de Juan-, "tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo".

En su viaje apostólico a Kazajstán y Armenia, como testigo de Jesucristo, Juan Pablo II acaba de recordar que "la religión nunca puede ser una excusa para la guerra". No cabe duda de que los que buscan tal excusa pretenden suplantar a Dios, que es lo que sucede cuando no se reconoce que sólo Dios es Dios, y se le recorta a capricho de esa peligrosísima cordura de un Occidente con raíces cristianas que, renunciando a ellas, pretende mantener en el mundo sus frutos de justicia y de paz. No era protocolaria, ciertamente, la advertencia del Papa, el pasado día 13, cuando, al serle presentadas las cartas credenciales por el nuevo embajador de Estados Unidos ante la Santa Sede, se refirió a "las raíces espirituales de la crisis que las democracias occidentales atraviesan, una crisis caracterizada por el avance de una visión materialista, utilitaria y, en último término, deshumanizada, que se separa trágicamente de los fundamentos morales de la civilización occidental". Estos fundamentos no son otros que Jesucristo mismo. El resultado, para Él, fueron las piedras de las que habla el evangelio. Curioso. Por ser fieles al Dios que no veían, aquellos fariseos querían apedrear, y crucificaron, al que tenían delante de sus ojos. La historia se repite. Por ser fieles al Dios que no se ve, puede acabarse fácilmente poniendo en la cruz a su Cuerpo visible que es la Iglesia..., y a tantos inocentes que son también signos visibles de su Presencia.

No menos sorprendente -siendo al mismo tiempo lo más razonable que puede darse en el mundo, porque es lo que más y mejor corresponde a los deseos de todo corazón humano- es esa sapientísima y maravillosa paradoja cristiana de establecer la auténtica justicia infinita precisamente en las Bienaventuranzas: "Dichosos los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia..." La locura de Cristo tiene el nombre de Misericordia. Es su fuerza -ésta sí calificada con verdad- infinita la que cada día pone tan claramente de manifiesto Juan Pablo II. Lo ha hecho estos días de modo admirable en su visita a Kazajstán y Armenia. La única fuerza que ha vencido al miedo. ¿Acaso ha dejado de repetir un solo día, desde el primero en que salió al balcón en la Plaza de San Pedro, "¡No tengáis miedo!"? Hoy se lo dice a los niños y jóvenes de Kazajstán, que con los pies bien la tierra son esperanza para el mundo.

Por mucho que se le quiera anestesiar con engaños mil, el miedo necesariamente abruma al hombre solo, y acaba conduciéndolo a ese desprecio por la persona humana que tocó el abismo de la abyección en el indecible horror del pasado día 11. Un hombre que niega la infinitud del deseo de su corazón, y considera locura su correspondiente respuesta cristiana, tiene que vivir en las nubes. Sólo Cristo nos permite vivir realmente, con todo el dolor del mundo, pero sin miedo alguno, con los pies en la tierra.