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Un profesor de la Facultad de Ciencias de la Información propuso a sus alumnos un sencillo experimento: dejar de ver la televisión durante un mes..., y a ver qué pasa. Pues bien: de los cerca de 100 alumnos, sólo 10 resistieron la prueba. ¿Quizá porque no podían prescindir de los documentales de la 2 sobre las venturas y desventuras de los primates? ¿O quizá porque el cuerpo les pedía adrenalina, sensaciones fuertes? Ésta es de hecho una de las mayores adicciones de nuestro tiempo, que encuentra su máximo exponente en la dependencia de todo tipo de drogas de diseño: anular la dependencia directa, física o psicológica, no es el principal problema. A quienes han consumido estas sustancias, la realidad, simplemente, no les parece interesante. Son incapaces de disfrutar con un paisaje, con una charla con un amigo, con una sobremesa en familia. Necesitan decibelios, acción, desenfreno. Y habría quizá que preguntarse si eso no nos está pasando de alguna manera a todos nosotros, si, como a estos pobres desdichados, no nos vendría bien un poco de paseo por el parque como terapia. "Sopló un viento fuerte e impetuoso que descuajaba los montes y quebraba las peñas delante de Yahvé -describe el profeta Elías el modo en que Dios se le manifestó-, pero Yahvé no estaba en el viento. Después del viento, un terremoto; pero Yahvé no estaba en el terremoto. Tras el terremoto, un fuego; pero Yavé no estaba en el fuego. Y al fuego siguió un ligero susurro de aire..." ¡Qué fácil parece, y, sin embargo, ¡qué difícil resulta hoy encontrar un momento de silencio, de intimidad! Todo lo que tiene auténtico valor para el hombre requiere tiempo. Cultivar una amistad no es cosa de unas pocas horas; cuidar un matrimonio necesita dedicación y paciencia. Pero cuando la realidad parece haberse convertido en un torbellino de acontecimientos, cuando todo lo que se nos proyecta son situaciones límite, acción trepidante y drama lacrimógeno, el resto, lo cotidiano, se nos antoja necesariamente demasiado vulgar. Por eso, cuando llega la noche, muchos matrimonios no aprovechan la cena para contarse qué tal les ha ido el día, sino que prefieren enchufar las aventuras de 007, o quizá un informativo, que además siempre tiene un aire de respetabilidad. Velocidad, ruido, más velocidad, que va impregnando todos los ámbitos de nuestra vida. Fijémonos, por ejemplo, en un debate sobre el aborto: siempre habrá quien saque a relucir el caso de una pobre niña de 15 años que ha sido violada por su propio padre o algo semejante. A un contemporáneo de Elías, el argumento le hubiera parecido irrisorio y pueril, o cuando menos demasiado artificial, pero hoy situaciones así forman parte de nuestro universo, aunque jamás las vayamos a ver de cerca. No vamos a engañarnos a estas alturas. Si estamos tan sometidos al vértigo de la imagen y de los decibelios es porque, en el fondo, nos gusta. O si no, ¿qué tal un pequeño experimento? Una semana sin radio ni televisión... Pero un aviso: no es tan fácil. Ricardo Benjumea |