RetrocesoA&ONº 274/27-IX-2001SumarioDesde la feContinuar
Los mitos del divorcio
Nadie ha estudiado las consecuencias del divorcio con tanta constancia como Judith S. Wallerstein. Desde 1971, ha seguido de cerca a miles de niños y adolescentes, una vasta progenie de parejas divorciadas en California, y ningún prejuicio religioso se ha entrometido en su observación científica de los efectos en la conducta y en el desarrollo de la personalidad. En sus primeros estudios, el divorcio aparecía como un azote emocional en la niñez que agrava la crisis de la adolescencia, pero Wallerstein nunca puso en duda su legitimidad. Pensaba que sus efectos, aunque dolorosos, eran transitorios. Los desparejados pronto encuentran pareja, y los hijos, gracias al vapuleo emocional de sus padres, entienden que la vida no es fácil. Por otra parte, la mancha social del divorcio pronto desapareció, pues cuanto más divorcios, más aceptado se hizo, hasta dejar de registrarlo como conflicto social. En Estados Unidos pronto se convirtió en uno de los pilares indispensables del estilo movedizo de vida moderno. A principios del siglo XX, Chesterton escribió que, "si los norteamericanos pueden divorciarse por incompatibilidad de temperamentos‚ no puedo entender por qué no están todos divorciados". Cien años después, no todas, pero, según las cuentas más recientes, la mitad de las bodas acaban en divorcio. Y en otros países la situación no es mucho mejor.

Judith Wallerstein se había dado por satisfecha con su investigación sobre los efectos del divorcio en los hijos. Pero, he aquí que pasan los años y muchos de esos niños y adolescentes, ahora adultos entre los 25 y 40 años, la reclaman para volver a hablar de lo que hablaron con ella durante el divorcio de los padres. En contra de su tesis inicial, comprueba con asombro que, en lugar de esfumarse en una vaga memoria, las heridas del divorcio seguían en carne viva, sus efectos nocivos recrudecidos con el paso del tiempo. Tan lejos estaba de sospechar este resultado, que se vio obligada a escribir un libro sobre los efectos del divorcio a largo plazo: El legado inesperado del divorcio. En ese inesperado hay toda una radiografía de miopía o cansancio mental, como si alguien que ha destruido en verano la calefacción central de su casa se asombrara del frío que pasa cuando llega el invierno.

Wallerstein ahora habla de los mitos sobre los que se fundó la práctica del divorcio y que ella misma aceptó en su estudio original. Mitos como éste: "Nos divorciamos para que nuestros hijos no sufran, porque somos muy infelices, nos estamos matando y, si continuamos así juntos, vamos a matarles también". O este otro: "El divorcio es una crisis pasajera que inflige sus efectos más dañinos en el momento de la separación y luego desaparece". Sé de jueces que han expresado su disgusto visceral ante el egoísmo exacerbado de parejas que piden el divorcio, pero también hay autoengaño. Muchas parejas (y con ellas psicólogos, jueces, abogados, etc.) defienden el divorcio porque piensan que los niños serán más felices si sus padres son más felices, y como los padres serán más felices divorciados, el divorcio favorece a los hijos. Wallerstein dice ahora que un niño prefiere que sus padres estén bajo el mismo techo, aunque no hagan sino pelear entre ellos. La misma posibilidad de la separación llena al niño o al adolescente de confusión y miseria emocional. La razón es que los hijos no se identifican sólo con su madre o con su padre como individuos aparte, sino que se identifican con la relación que tienen entre sí como pareja los padres.

LAS HERIDAS DEL DIVORCIO


Después de tres décadas de investigación, Wallerstein concluye diciendo que el divorcio no es un trauma emocional pasajero, sino que se convierte en el factor determinante de los sentimientos, actitudes y crecimiento de la persona. Lo describe en este libro como una experiencia acumuladora, pues su impacto nocivo aumenta con el tiempo y llega al máximo en la edad adulta. Afecta a la personalidad, a la capacidad de confiar, a las expectativas en las relaciones con otras personas, a la capacidad de adaptarse a cambios. El amor, la intimidad, la confianza, el compromiso, quedan seriamente afectados. Por otra parte, Wallerstein dice que jamás ha oído a ninguno de estos hijos del divorcio defender una filosofía cínica sobre el amor y el matrimonio. Todos desean uniones firmes, duraderas, hasta la muerte; la práctica, como muestra el libro, es otra. Parece que hubiera caído sobre ellos una maldición, pues muchos sufren el divorcio de los padres como si estuvieran ellos mismos divorciados y desgarrados por dentro.

Años de estudio empírico han venido a comprobar la sabiduría de la Humanidad, que ha visto en la institución familiar no un capricho religioso o personal, sino una necesidad de la persona y de la sociedad para bien de ambas. La institución del matrimonio y su indisolubilidad protegen tanto a la pareja como a los hijos de los mitos y modas de soluciones irracionales en momentos de crisis. Las tragedias del matrimonio son, como todas las tragedias, una limitación y debilidad humana, fomentadas a menudo por el egoísmo, el autoengaño y, a veces, la estupidez, como en el caso de un juez importante que Wallerstein menciona en su libro y que le preguntó si el divorcio era algo que "ya venía determinado en los genes". A mí me parece que tiene que ver más con el mal genio.

La famosa condena del divorcio en boca de Jesús de Nazaret encuentra en este libro buena parte de su justificación ofreciendo al creyente cristiano un apoyo empírico de primera categoría. Ahora que muchas Iglesias protestantes ya aceptan el divorcio, la Iglesia católica sigue manteniendo una visión del matrimonio indisoluble, un amor sellado para siempre, pues así lo quiso Dios Creador desde el principio. La larga investigación de Wallerstein contribuye a aclarar algo obvio: que ese dictum evangélico no es un capricho divino sino revelación de la realidad. A los discípulos de Jesús no les gustó la idea de la indisolubilidad matrimonial ni la manera casi brutal en la que su Maestro condenó el divorcio, pero una investigación científica como la de Wallerstein muestra con claridad el por qué de su predicación inequívoca sobre el amor humano estable e indisoluble. En la nueva cultura del divorcio nadie se casaría si no pudiera divorciarse con la misma facilidad. En una retorcida paradoja, el divorcio mismo, o su posibilidad, ha pasado a ser extraña fundación del matrimonio, como si alguien pudiera declarar su amor y su desamor al mismo tiempo, dando la vuelta al mismo anillo y usándolo por el otro lado.

Barbara Dafoe Whitehead, autora de La cultura del divorcio, me hablaba en una carta de su profunda admiración por la manera en la que G. K. Chesterton supo escribir sobre el matrimonio y el divorcio. Se podría resumir diciendo que el escritor inglés se refería al divorcio como una superstición, y al matrimonio como la realidad espléndida de la condición humana. Una vez desmitologizado el divorcio como lo que es, aparece la verdadera esencia del matrimonio, como algo difícil, heroico, profundamente humano y escuela de humanidad y de libertad. Hay lágrimas y tragedias en el matrimonio como las hay en todas las cosas, pero las más dolorosas son las que nosotros mismos creamos y a las que nos obligamos a aplaudir como si se tratara sólo de una comedia insulsa sin mayores consecuencias.

Alvaro de Silva
Boston