RetrocesoA&ONº 274/27-IX-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXVI Domingo del tiempo ordinario
Desconcertante
Aludíamos la semana anterior al hecho de que Lc 16 es todo un alegato de Jesús contra la sinrazón de dar la primacía al dinero en el corazón humano. Las palabras de Jesús son nítidas, sin dar ocasión al matiz teológico. Así aparece en esta narración del rico Epulón y el pobre Lázaro. Merece la pena considerar que así se nos dice aquí. Externamente esta parábola no parece ir más allá de lo afirmado muchas veces por los profetas o narraciones populares que podemos encontrar, por ejemplo, en el Talmud; pero Jesús, que definió mucho más concretamente el mandamiento del amor al prójimo, lleva el alcance del escandaloso contraste entre pobre y rico mucho más lejos que la Antigua Alianza. Sobre todo porque Jesús no escoge para personaje de contraste la figura de un piadoso escriba, sino un mendigo lisiado y afectado por una enfermedad de la piel; es decir, un hombre cuyo destino, según el pensamiento del judaísmo, le caracterizaría como un pecador castigado por Dios. Sólo por esto, el desenlace de la parábola hubo de resultar desconcertante para sus oyentes.

¿Forma parte de la enseñanza de la parábola el que a la simple pobreza y desgracias terrenas le corresponde sin más la salvación? Esa idea no corresponde en absoluto al pensamiento de Jesús. Mas bien hay en el relato índices suficientes para suponer lo contrario; en primer lugar, el nombre de Lázaro -el único personaje al que Jesús pone nombre- significa Dios ayuda, detalle más que suficiente, dado el valor de los nombres en el mundo oriental. Pero, por otra parte, la petición que el rico hace desde el tormento a Abraham, con el fin de lograr la conversión de sus hermanos, muestra también que no es la riqueza lo que se castiga, sino la insensibilidad, y la impenitencia y creer que la riqueza basta para la salvación.

La parábola, ¿no será la concreción de otras palabras de Jesús, difíciles de entender: "Bienaventurados los pobres. ¡Ay de vosotros, los ricos!"? La parábola tiene así una segunda parte que falta en relatos populares de este tipo: por la respuesta de Abraham al rico vemos que la intención de Jesús era dirigirse de este modo a hombres y mujeres satisfechos, que piden, sin embargo, una señal aparatosa para convertirse. Es a ésos a quienes dice Jesús que cuando un hombre no ha creído por la fuerza de la palabra de Dios, tampoco un muerto que viniese a aconsejarles lograría su conversión. Ésta llegará a nuestros contemporáneos, tan engolfados en tantas riquezas, por otros caminos, tal vez por Lázaros que han experimentado todo lo que Dios ayuda.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Obispo de Salamanca