RetrocesoA&ONº 274/27-IX-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
Esto ha dicho el Concilio
El amor de Dios para con nosotros se manifestó en que el Padre envió al mundo a su Hijo unigénito para que, hecho hombre, regenerara a todo el género humano con la Redención y lo congregara en unidad.

Para establecer ésta su Santa Iglesia en todo el mundo hasta el fin de los siglos, Cristo confió al Colegio de los Doce el oficio de enseñar, gobernar y santificar. Entre ellos eligió a Pedro, sobre el cual, después de la confesión de fe, decretó edificar su Iglesia; a él le prometió las llaves del reino de los cielos y le encomendó, después de la profesión de su amor, el confirmar a todas las ovejas en la fe y el apacentarlas en la perfecta unidad, permaneciendo eternamente Jesucristo mismo como piedra angular definitiva y pastor de nuestras almas.

Jesucristo quiere que, por medio de los Apóstoles y de sus sucesores, esto es, los obispos, con su cabeza, el sucesor de Pedro, por la fiel predicación del Evangelio y por la administración de los sacramentos, así como por el gobierno en el amor, operando el Espíritu Santo, crezca su pueblo; y perfecciona así la comunión de éste en la unidad: en la confesión de una sola fe, en la celebración común del culto divino y en la concordia fraterna de la familia de Dios. Así, la Iglesia, único rebaño de Dios, como estandarte levantado ante las naciones, peregrina en esperanza hacia la meta de la patria celeste, comunicando el Evangelio de la paz a todo el género humano. Éste es el misterio sagrado de la unidad de la Iglesia en Cristo y por Cristo, obrando el Espíritu Santo la variedad de las funciones. El supremo modelo y supremo principio de este misterio es, en la trinidad de personas, la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo.

Decreto Unitatis redintegratio, 2