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Cuando Juan Pablo II anunció, hace unos meses, que viajaría a Kazajstán, país de mayoría islámica, con más de cien etnias diferentes, nadie podía imaginar un escenario así. Al hablar desde la ex-República soviética, declarada por Osama Bin Laden, hace unos años, como objetivo prioritario de expansión del movimiento fundamentalista islámico, las palabras del Pontífice han alcanzado un impacto mundial inesperado. Él mismo confesó el domingo pasado, al encontrarse con el Presidente Nursultan Nazarbayev, en el palacio presidencial de Astana, que, antes de emprender el viaje, algunas personas le habían desaconsejado visitar ese país, tras los atentados contra Nueva York y Washington. Ahora bien, el Pontífice, según aclaró, desatendió estos consejos por considerar que se trataba de una oportunidad única para anunciar la necesidad del diálogo entre culturas y religiones. "Y ahora vemos que ha sido posible", dijo el Pontífice con una sonrisa dirigida al ex-líder del partido comunista soviético en Kazajstán. |
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Éste fue el mensaje que dejó el Papa en el acto público más importante de los tres días que vivió en Kazajstán. En la plaza de la Madre Patria de la capital, ante unas 50 mil personas, en su gran mayoría de religión musulmana, que por primera vez asistían a un rito religioso cristiano, exclamó: "Deseo dirigir un sincero llamamiento a todos, cristianos y pertenecientes a otras religiones, a trabajar juntos para construir un mundo sin violencia, un mundo que ama la vida y que avanza en la justicia y en la solidaridad". DIÁLOGO CON EL AUTÉNTICO ISLAM Entre los presentes, escuchaba las palabras el gran mufti Absattat Derbassalie, la máxima autoridad del Islam en Kazajstán, quien había invitado a todos sus fieles a dar una calurosa acogida a su huésped y a asistir a la misa, pues consideraba que constituía una oración presidida por un hombre de paz, que sin duda serviría de provecho espiritual para cualquier ser humano religioso. "Desde este lugar -concluyó el Papa-, invito tanto a los cristianos como a los musulmanes a elevar una inmensa oración al único y omnipotente Dios, del que todos nosotros somos hijos, para que pueda reinar en el mundo el gran don de la paz". Al día siguiente, lunes, en el último acto público, ante la flor y nata de los intelectuales kazajos, Juan Pablo II dejó muy claro cuál era su mensaje de diálogo: "El odio, el fanatismo y el terrorismo profanan el nombre de Dios y desfiguran la auténtica imagen del hombre". Al mismo tiempo, confirmó "el respeto de la Iglesia católica por el Islam, por el auténtico Islam; el Islam -aclaró- que reza, que sabe ser solidario con quien se encuentra en la necesidad". "Recordando los errores del pasado, incluso reciente -dijo en el Auditorio del Palacio de los Congresos de Astana-, los creyentes deben unir sus esfuerzos para que Dios nunca se convierta en rehén de las ambiciones de los hombres". |
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HACIA LA UNIDAD CON LA ORTODOXIA La visita a Kazajstán ha servido también para mostrar cómo es posible superar uno de los grandes obstáculos que, en estos momentos, detiene el camino hacia la unidad de los cristianos separados en diferentes Iglesias y confesiones, la oposición del Patriarcado ortodoxo de Moscú a todo contacto con Roma. En Kazajstán, los seis millones de personas que hunden sus raíces religiosas en la obediencia a la Ortodoxia rusa han recibido al Papa con cariño, a pesar de que obedecen precisamente al Patriarca ruso, Alejo II. En la misa con el Papa, después de los musulmanes, los ortodoxos eran los más numerosos. En el encuentro con los intelectuales kazajos, destacó la presencia de los más altos representantes ortodoxos (el arzobispo de Astana no pudo participar, pues estaba hospitalizado). Durante el régimen soviético, los católicos contaban con poquísimos sacerdotes, y se encontraban internados en campos de trabajos forzados o bajo vigilancia policial. Por este motivo, en ocasiones, sólo podían confesarse con un sacerdote ortodoxo o participar en la Eucaristía ortodoxa. Por este motivo, los miedos expresados por el Patriarca Alejo II aquí no han causado ningún efecto. "Renuevo aquí la invitación a unir los esfuerzos para que el tercer milenio pueda ver a los discípulos de Cristo proclamar con una sola voz y con un solo corazón el Evangelio, mensaje de esperanza para toda la Humanidad", dijo el Pontífice nada más llegar a Kazajstán. Ahora bien, la apuesta tan fuerte que hizo el Papa por el diálogo en este viaje no implica la pérdida de la identidad; al contrario. La visita pontificia ha ofrecido un espaldarazo único para los 200 mil o 400 mil católicos kazajos (no se sabe muy bien cuántos son en un país más grande que la Unión Europea y con una población como la de los Países Bajos). La inmensa mayoría son hijos de familias alemanas, polacas, ucranianas, deportadas en tiempos de Stalin a los once campos de concentración de Kazajstán que formaban parte del Archipiélago Gulag que inmortalizó Alexander Solzjenitsin. |
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CRISTO EN LA ESTEPA La tentación fundamentalista islámica que comienzan a traer predicadores de Pakistán y Afganistán en el sur del país, y sobre todo la terrible atracción por un modelo de vida occidental vacío de contenidos e ideales, según denunció el Papa a los intelectuales kazajos, constituye un peligro tan grande como la ideología comunista, pues supone la nada... Como hiciera ante los jóvenes kazajos, Juan Pablo II reiteró su profesión de fe, en el Auditorio del Palacio de los Congresos de Astana, el lugar público más simbólico del país, en Jesús de Nazaret, Hijo de Dios hecho hombre. Nunca en Kazajstán, ante todos los políticos e intelectuales del país, en directo ante las pantallas de televisión, se había escuchado un anuncio tan claro y, además, con la dulzura del diálogo. De hecho, aclaró el Papa, "la Iglesia no quiere imponer la propia fe a los demás. Está claro, sin embargo, que esto no exime a los discípulos del Señor de comunicar a los demás el gran don del que han sido partícipes: la vida en Cristo". |