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Por una parte, los obispos señalan cómo "los inmigrantes vienen a nuestra tierra, no sólo porque buscan una solución a su pobreza o a sus carencias, sino porque nuestro sistema económico los necesita. Se convierten así en un importante medio generador de riqueza y de bienestar material para nuestra nación". Por eso, "no podemos perder de vista que detrás de cada persona está su propia historia personal, familiar y social. Para muchos emigrantes la salida de sus países supone un auténtico drama humano. Ellos no sólo sufren al tener que abandonar su tierra y su familia, sino al tener que afrontar una nueva realidad y una nueva cultura totalmente desconocidas. A esto hay que añadir la sangría humana que supone para sus países de origen el verse privados de personas valiosas por su preparación y juventud para organizar e impulsar el propio desarrollo económico". |
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En su Carta, los obispos nos recuerdan cómo, en los años 60, España y otros países europeos firmaban unos acuerdos para hacer posible la inmigración ordenada de los trabajadores españoles. España era entonces un país débil en su economía y muchos españoles decidieron emigrar, fundamentalmente a países europeos, buscando un puesto de trabajo para hacer frente a la mermada economía personal o familiar. Hoy, España es un país de economía fuerte y con necesidad de mano de obra para determinados sectores laborales. Esto ha generado que muchas personas, procedentes de países sumidos en la pobreza o con graves desequilibrios económicos, hayan puesto su mirada y su ilusión en venir a nuestro país con el fin de mejorar la economía de sus familias. "El derecho a emigrar -dicen los obispos- es preciso reconocerlo a todo ser humano, aunque deba estar debidamente reglamentado por razones del bien común". Esto mismo nos dice Juan Pablo II en su mensaje: "El bien común universal abarca a toda la familia de los pueblos, por encima de cualquier egoísmo nacionalista. En este contexto, se debe considerar el derecho a emigrar. El ejercicio de ese derecho ha de estar debidamente reglamentado porque una aplicación indiscriminada ocasionaría daño y perjuicio al bien común de las comunidades que acogen al migrante". JUSTICIA Y GENEROSIDAD "Si hasta hace poco pedíamos justicia y generosidad a los responsables de los países a los que emigraban los españoles -señalan los obispos en su Carta-, ahora nos toca a nosotros comportarnos con estas mismas actitudes con quienes llegan a nuestro país. El crecimiento rápido del número de inmigrantes nos obliga a buscar soluciones que respeten la dignidad y los derechos que todos tenemos por el hecho de ser personas. No se puede consentir la degradación humana a la que muchos inmigrantes se ven sometidos actualmente en nuestro país por no tener unos papeles. Tampoco se puede permitir la explotación económica por parte de las mafias, que se dedican al tráfico con seres humanos, ni el comportamiento de algunos empresarios sin escrúpulos que buscan el beneficio económico a cualquier precio. Con este tipo de comportamientos muchos emigrantes se ven abocados a vivir en la clandestinidad y en situación de semiesclavitud, a no encontrar un trabajo debidamente remunerado y a permanecer en el engaño permanente". |
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"Ciertamente -continúan- son muchos los inmigrantes que viven en nuestro país con una situación regularizada desde el punto de vista legal y perfectamente integrados en su trabajo y en sus ambientes. Ellos, además de colaborar al desarrollo y al crecimiento económico de España, nos aportan la riqueza de su cultura y de sus valores humanos. La Administración española está haciendo esfuerzos para que ésta sea la situación normal frente a la descrita anteriormente. En estas circunstancias, queremos dirigirnos a los fieles hijos de la Iglesia en España para recordarles, en comunión con el Santo Padre, que en la Iglesia nadie es extranjero: por tanto, nuestra generosidad en la acogida en el seno de la comunidad cristiana y nuestro compromiso en la defensa de sus derechos debe dirigirse a todos, prescindiendo de cualquier condicionamiento legal, porque en la Iglesia no sobra nadie. (...) La memoria histórica nos exige acoger al extranjero no sólo porque también nosotros lo fuimos, sino por el deber de hospitalidad. Nos lo recuerda la carta a los Hebreos: Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad; por ella algunos recibieron, sin saberlo, la visita de algunos ángeles. La hospitalidad obliga al reconocimiento y acogida de todo ser humano por su grandeza y dignidad como persona, superando toda relación puramente utilitaria. La hospitalidad nos impulsa a salir al encuentro del otro para acogerle, a ofrecerle lo que somos y tenemos. La hospitalidad reclama de nosotros la solidaridad y la generosidad compartiendo nuestros bienes con el necesitado, y nos impulsa a vivir la justicia y la fraternidad en el ámbito laboral, social y familiar para que todo el que llega a nuestra tierra se sienta uno más entre nosotros, de forma que, de verdad, aquí no sobre nadie". Por último, la Carta pastoral de la Comisión episcopal de Migraciones invita a los hermanos inmigrantes "a acoger las manos tendidas y los corazones abiertos que encuentran en su camino, aunque en ocasiones descubran en nosotros actitudes y comportamientos que no entienden. Ellos, por su parte, deben esforzarse también en abrir sus corazones y tender sus manos para colaborar en la construcción de la sociedad que ahora les acoge. Por eso es fundamental que todos, sin perder nunca nuestra identidad y dignidad, recordemos que, juntamente con los derechos a reivindicar, tenemos deberes que cumplir". En el mensaje del Santo Padre para la 87 Jornada Mundial de las Migraciones, Juan Pablo II recuerda cómo "la Iglesia, fiel a su tarea al servicio del Evangelio, no deja de dirigirse a los hombres de todas las nacionalidades para anunciarles la Buena Noticia de la salvación". El Papa nos invita a reflexionar sobre la misión evangelizadora de la Iglesia respecto a los fenómenos amplios y complejos de la emigración y de la movilidad. Las migraciones son un fenómeno en continua expansión que plantea interrogantes y desafíos para la acción pastoral de la comunidad eclesial. La amplitud y la complejidad de este fenómeno, en el que intervienen múltiples elementos, invitan -dice el Papa- a un profundo análisis de los cambios estructurales que se han producido, como la globalización de la economía y de la vida social. |