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Un grupo de universitarios de diferentes carreras, algunos del Centro universitario Francisco de Vitoria y otros colaboradores de la asociación IUVE, nos lanzamos cargados de ilusión a compartir, junto a los que más lo necesitan, parte de nuestro verano. Por eso partimos, destino a El Salvador, con un espíritu abierto y con el corazón rebosante de energía y de amor para darlo a estas gentes que tan mal lo han pasado, tras los terremotos vividos en enero y febrero. Sus casas quedaron destruidas y ellos están en una miseria mayor que la que ya vivían antes. Nuestra labor se ha centrado en la reconstrucción de la Academia de San Pedro Noualco, en el departamento de La Paz. |
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Al principio, nuestra inexperiencia con la pala y el pico nos costó algunas ampollas en las manos, pero no importó, porque esto nos ha hecho ver lo sacrificado del trabajo cuando no se dispone de modernos medios, como máquinas excavadoras. Hemos dado hasta donde duele, y hemos visto la increíble respuesta del pueblo que se acercaba a ayudarnos. Aquí cada cual ha puesto al servicio de los demás aquello que mejor sabía hacer. Por eso también hemos colaborado en la escuela en tareas de educación con los más pequeños. Entre juegos, canciones, risas y carreras, nos hemos contagiado de la inocencia de estos chavales, que siempre te agradecen con una sonrisa, un beso o un abrazo cualquier pequeño detalle que tengas hacia ellos. Saben disfrutar a lo grande de lo más pequeño, son capaces de asombrarse de lo cotidiano y todo les ilusiona. Con los jóvenes también hemos intercambiado ideas, experiencias y emociones, realizando con ellos talleres educativos y otras actividades lúdicas. Yo, como fisioterapeuta, también he ayudado en el centro de salud a algunos niños con enfermedades mentales. Sin medios, pero con muchas ganas, se han visto progresos en ellos, y lo más importante es que los médicos se han comprometido a seguir con los tratamientos fisioterápicos iniciados. Lo más importante es que estas gentes vayan superando el trauma emocional vivido por los terremotos. Nosotros hemos visitado y convivido de cerca con estas familias que nos abrían sus corazones y sus casas para contarnos sus alegrías, temores y sentimientos más profundos. El desigual reparto de las riquezas, las pésimas condiciones de higiene y salud en que viven, los niños vendiendo fruta en los semáforos, las casas de chapa, la alta tasa de analfabetismo y los destrozos de los terremotos son hechos que nos han impresionado; pero lo que más marcado nos queda es la acogida tan afectuosa, sincera y humana que nos han ofrecido. Resulta que somos nosotros los que vamos a ayudarles, y ellos se vuelcan en que nos sintamos a gusto y ofrecernos hasta de lo que a ellos les falta. Nos han dado una gran lección de generosidad y de entrega a los demás. ¡Qué valioso es dar de aquello poco que tienes y no de lo mucho que te sobra! |
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LO QUE NO SE DA SE PIERDE Las adversidades y las casas provisionales de chapa en las que viven no les han hecho perder las esperanzas, las ganas de seguir luchando ni su confianza y fe profunda en Dios. Saben que Él siempre estará a su lado. Su mirada sincera y su ejemplo de amor son el mejor testimonio y regalo que nos han podido dar. No viven apegados a las cosas materiales, porque saben que un nuevo temblor se las puede arrebatar. Saben que lo material no trae la felicidad; la felicidad es un don y un regalo mucho más valioso, algo que el dinero y las riquezas no pueden comprar. El compartir desinteresadamente, el valorar las pequeñas y grandes cosas de nuestro día a día, el poner todo nuestro ser en hacer bien aquello a lo que nos dedicamos, el escuchar al que tienes al lado, el ofrecer tu ayuda al que te necesita, el saber vivir sin tantas necesidades superfluas que nuestra sociedad nos impone y, sobre todo, el saber dar gracias por lo afortunados que somos, y no quejarnos por pequeñas tonterías, son valiosas lecciones que hemos aprendido y que se han hecho un rinconcito en nuestro interior. Ahora nos toca contárselo a los demás, porque, como bien sabemos, lo que no se da se pierde. Sin más, sólo nos queda decir gracias a El Salvador. Nos traemos de allí mucho más de lo que imaginamos. María Herrero Rupérez |