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«¡Ya es hora de despertar!»
La Declaración Universal de los Derechos del Hombre, e igualmente podría decirse del grito de la Revolución Francesa ¡Libertad, igualdad, fraternidad!, ¿hubieran sido posibles sin el cristianismo, sin la revelación del hombre al hombre -en palabras de Juan Pablo II- que ha sucedido en la Historia con la encarnación del Hijo de Dios?
Muchos siglos ya de cristianismo han hecho percibir que el ser humano, por el hecho de serlo, tiene una dignidad inviolable, y que toda una serie de exigencias de la justicia son evidentes e indiscutibles. Tal percepción, sin embargo, suele apropiársela, como conquista suya, la modernidad, que se permite incluso acusar a la religión católica de atentar contra los derechos humanos. Basta una mínima observación de la realidad para desmentirlo, y no porque los católicos no cometamos errores, sino porque esa dignidad del ser humano, al margen de lo que nos ha revelado Jesucristo, se ignora ante cualquier tipo de intereses o conveniencias. La trilogía maravillosa mal entendida por la Revolución Francesa, al olvidar su origen cristiano, e incluso afirmándose en contra de lo cristiano, pronto cayó por los suelos, por mucho que quieran recomponer sus añicos tantos utópicos ilustrados de hoy. Otro tanto cabe decir de la formidable Declaración de 1948, en la medida en que ha tenido ese mismo olvido y esa misma manipulación. Los frutos del cristianismo que son los derechos humanos, sin sus raíces, se reducen selectivamente, se limitan o se ignoran. ¿Cómo es posible defender, por ejemplo, los derechos de los kurdos, e ignorar al mismo tiempo las masacres de los cristianos que viven junto a ellos, y desde mucho antes? O, algo más delatador aún: ¿cómo es posible que los mismos que luchan por salvaguardar las selvas amazónicas o los derechos de las ballenas, ignoren el derecho a la vida de los niños en el seno de sus madres, y hasta defiendan el derecho de éstas a matarlos? Hay quien, en un prólogo a esa Biblia de bolsillo que da gato por liebre (véase Alfa y Omega nº 138 p.27), se atreve a denunciar el trágala de la existencia de una divinidad que un mal día creó al hombre «a su imagen», añadiendo: De ello se deduce que, por ser como dioses, todo nos está permitido. Al resto de la Creación, si se me tolera el exabrupto, que le den por saco. ¿Adónde ha llevado la moderna exaltación del hombre frente al medieval reconocimiento de Dios? Al mayor de los desprecios del propio ser humano. El nazismo, el comunismo, y todo tipo de genocidios en este siglo XX, sin olvidar el más terrible de todos -por muy poco políticamente correcto que sea recordarlo- que es el aborto provocado, no han surgido por generación espontánea. Al igual que tantos nacionalismos cuyo amor a la nación nada tiene que ver con el amor al ser humano. Cristo ha rescatado la auténtica dignidad del hombre, que no está en sus valores o cualidades, ni siquiera en sus virtudes, sino en el hecho de ser imagen viva de Dios. Ahí está el secreto de los derechos humanos. A este mismo Cristo, única verdadera garantía de estos derechos, es al que anuncia el Adviento. Bueno es atender a la llamada que en este tiempo nos hace san Pablo: ¡Espabilad. Ya es hora de despertar! |
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Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla, una vez conocida. En este sentido el cardenal J. H. Newman, gran defensor de los derechos de la conciencia, afirmaba con decisión: La conciencia tiene unos derechos porque tiene unos deberes. En la medida en que expresa la dignidad de la persona humana y pone la base de sus derechos y deberes fundamentales, la ley natural es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres. Esta universalidad no prescinde de la singularidad de los seres humanos, ni se opone a la unicidad y a la irrepetibilidad de cada persona; al contrario, abarca básicamente cada uno de sus actos libres, que deben demostrar la universalidad del verdadero bien. Nuestros actos, al someterse a la ley común, edifican la verdadera comunión de las personas y, con la gracia de Dios, ejercen la caridad, que es el vínculo de la perfección. En cambio, cuando nuestros actos desconocen o ignoran la ley, de manera imputable o no, perjudican la comunión de las personas, causando daño. Sólo en la obediencia a las normas morales universales, el hombre halla plena confirmación de su unicidad como persona y la posibilidad de un verdadero crecimiento moral. Estas normas constituyen el fundamento inquebrantable y la sólida garantía de una justa y pacífica convivencia humana, y, por tanto, de una verdadera democracia. Ante las normas morales que prohiben el mal intrínseco no hay privilegios ni excepciones para nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales. De la encíclica |