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Cine
Con la belleza y sencillez
de los ruiseñores
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Se estrena El sudor de los ruiseñores, la sorprendente opera prima de Juan Manuel Cotelo. ¿Fácil?... Ni siquiera cantar es fácil. Día y noche, nada es fácil en la tierra; el rocío es el sudor de los ruiseñores que se cansaron de cantar toda la noche. Estas hermosas palabras son el marco y el lienzo sobre el que se pinta la película, estrenada el pasado fin de semana. Esta película es un cuadro en el que se va dibujando -con los pinceles de las imágenes, de los diálogos y de la música- el rostro verdadero del hombre. No importa que algo sea atípico e inclasificable si es verdadero; es decir, si es leal con la experiencia humana más allá de modas y oportunismos culturales. El sudor de los ruiseñores no se atiene a la canónica estrechez de los géneros cinematográficos, ya que la vida real tampoco lo hace. La película arranca con unas imágenes dignas del mejor cine europeo (evoca tanto Azul, de Kieslowski, que cuesta creer en la casualidad) y nos va introduciendo en una historia contemporánea: Mihai es un violoncelista rumano que viene a España, dejando lejos los grandes amores de su vida -su familia, tierra y religión-, con el deseo de encontrar un buen trabajo con el que sacar a los suyos de una Rumanía destruida por el estalinismo. Aquí, en Madrid, sólo encuentra puertas cerradas, excepto la de Tote (Carlos Ysbert), un marginado que vive del cuento, y la de Goyita, su casera (María de Madeiros). Tote y Mihai deciden afrontar su indigencia juntos, pero cada uno lo hará desde una hipótesis de sentido diferente, como don Quijote y Sancho Panza. Son claros los versos iniciales de Lucian Blaga: la vida es una fatiga difícil. Por eso hay que atravesarla con una cierta hipótesis de sentido. Mihai representa la de la tradición de la tierra natal, de la propia religión, de la profunda moralidad del cristianismo. Tote maneja la hipótesis del pragmatismo casuístico. Mihai ruega ante el icono, en los momentos de angustia, y da gracias a Dios; Tote cree en un Dios espectador que exige el máximo de nuestra libertad y voluntad, y que sólo nos pide que luchemos hasta el final. Dos formas de vivir la esperanza que, lejos de excluirse, necesitan la una de la otra, como Dostoievsky necesita de san Ignacio de Loyola. El final de esta gran película es interesantísimo, ya que obliga al espectador a tomar partido por una de las dos hipótesis, o por las dos. El estilo del film transpira una ternura y amor por lo humano que hereda -por suerte para él- de lo mejor del neorrealismo italiano. Tan interesante como la película es su director y guionista: Juan Manuel Cotelo. Es un joven director que dejó su trabajo en televisión para entregarse en cuerpo y alma a esta opera prima por la que ha arriesgado mucho. También es muy llamativa la banda sonora, escrita por el joven y prestigioso compositor y director -amén de filósofo- Íñigo Pirfano. El film fue presentado en el Festival de San Sebastián, y ya tiene en su haber un premio al mejor guión, posiblemente porque conjuga la belleza y la sencillez de los ruiseñores. Juan Orellana |