|
|
Segundo Domingo de Adviento
Lecturas de la Misa: Isaías 11,1-10 Romanos 15, 4-9
Evangelio
Mateo 3, 1-12
-Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. Éste es el que anunció el profeta Isaías diciendo: Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.
Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo:
-Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones pensando: Abraham es nuestro padre, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego.
Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.
Un profeta incómodo
Truena la voz. La parafernalia de quienes simplemente desean hacer el agosto en las calendas de diciembre, se colapsa con el mensaje bronco de un profeta incómodo. Es posible que resultara algo excéntrico ante la mirada de muchos. Pero aquel hombre que bautizaba en el Jordán tenía algo que nadie se atrevía a censurar. Es cierto que siempre ha habido rutas alternativas con salvaciones a la carta, torres de Babel para aspirantes a la vieja pretensión de ser como Dios, vendedores de lo fácil que saben encender velas oportunas a sus dioses y diablos, bufones de la corte de moda instalados en la frivolidad que más se consume, plañideras a sueldo para poner un tono de seria gravedad cuando el guión lo solicita. Desde que el mundo es mundo ha sido así. Pero también ha habido siempre profetas, testigos, santos de esta tierra.
Aquel profeta que vestía pieles de camello y no tenía pelos en la lengua, que jamás creyó que la verdad era hija de las urnas, ni entendió la mentira políticamente correcta, fue testigo de esa verdad porque la dijo viviéndola. Jamás un auténtico profeta dice con los labios lo que su misma vida no está gritando ya. Así fue y así le fue..., entonces como siempre. Por eso, Juan el Bautista es uno de los compañeros de camino siempre que queremos esperar la venida de Dios. Él habló de allanar altiveces, de enderezar entuertos. Es preciso preparar su llegada no sólo esperándole en los caminos que Él transita, sino colaborando activamente en esta espera feliz. Dios no hace tabla rasa de nuestra historia. Pide permiso, llama a la puerta, nos avisa que viene. Luego nosotros hemos de arriesgar nuestra libertad. Ahí su profeta bautizador nos indica que somos nosotros quienes debemos mover ficha. La grandeza de una espera que Dios cumple y no defrauda, está en que Él viene en verdad a mi tierra, a mis caminos, a mis dolores y esperanzas. Ésa es su extraña pretensión: tomar en serio mis preguntas, mi propia humanidad, abrazar mi circunstancia como nadie y para siempre. Dios viene para acampar su Palabra de luz y de vida, en mis caminos de oscuridad y asolamiento. Basta dejarle transitar por ellos. Él hace lo demás. Jesús Sanz Montes, ofm |
|
Padre rico en misericordia
|
En la confesión de fe, que, considerada materialmente, es alimento de los párvulos, mas, contemplada y tratada espiritualmente, es alimento de los fuertes, nace la nueva esperanza de los fieles, a la cual acompaña la santa caridad. Mas de todas las cosas que fielmente han de ser creídas, sólo aquellas que se contienen en la Oración Dominical (el Padrenuestro) pertenecen a la esperenza. Pues es maldito -como dice la divina Escritura- todo aquel que en el hombre pone su esperanza; y, según esto, el que la pone en sí mismo, queda sujeto a las cadenas de esta maldición. Por consiguiente, sólo al Padre debemos pedir todo aquello que esperamos para obrar bien y para conseguir el fruto de las buenas obras.
San Agustín de Hipona |
|