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Los obispos celebran el cincuentenario de la Declaración de los Derechos Humanos
«Una solidaridad selectiva,
en la práctica»
Cuando el cincuentenario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos no parece tener en España el merecido eco social, ha sido la Iglesia católica, y concretamente sus obispos, la que se ha puesto en primera línea a la hora de hacer un balance crítico sobre el cumplimiento de aquel compromiso internacional. Lo han hecho a través de un comunicado de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, de la Conferencia Episcopal Española, y de un emotivo acto de oración y de reflexión, celebrado la semana pasada, que contó con una conferencia del Comisario europeo Marcelino Oreja.
En un acto celebrado en la Fundación Pablo VI, y organizado por la Conferencia Episcopal, al que asistieron, además de la totalidad de los obispos, más de mil personas representando a los diversos grupos, iniciativas y movimientos eclesiales, se celebró una Liturgia de la Palabra, en la que intervinieron, con monseñor José María Guix, Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, monseñor Elías Yanes, Presidente de la Conferencia, y representantes de las Comisiones y subcomisiones de pastoral obrera, penitenciaria, de enseñanza, de migraciones, de juventud, sanitaria, y de Justicia y Paz. Tras la celebración religiosa, Marcelino Oreja, miembro de la Comisión Europea, pronunció una conferencia sobre La Declaración de los Derechos Fundamentales en el nuevo sistema de relaciones internacionales. A la salida del acto se hizo entrega del comunicado de la Comisión Episcopal de Pastoral Social titulado La Declaración Universal de los Derechos Humanos: un signo del Espíritu en nuestro tiempo. El mensaje de los obispos es muy crítico respecto a la lectura individualista y, en el fondo, insolidaria que se hace de los Derechos Humanos en nuestra sociedad, cuando se les priva de cimientos metafísicos a cambio de justificaciones historicistas, relativistas y contractualistas, bases insuficientes para dar consistencia al valor universal de estos derechos y a una jerarquía objetiva de los mismos; cuando se pretende hacer compatible la defensa de los mismos con políticas económicas que ni condonan la deuda externa de los países pobres ni evitan para el futuro endeudamientos insoportables; cuando los medios de comunicación aceptan acríticamente los sistemas dominantes y las situaciones de injusticia y de atropello a los derechos humanos; pero sobre todo cuando, aun creciendo la conciencia de solidaridad, en la práctica ésta es selectiva, grupal y desfigurada por intereses egoístas, ya que, obsesionados por el ansia de gozo inmediato, comenzamos excluyendo a muchos, impidiéndoles nacer, y no dejando que muchas mujeres se realicen como madres. El tercio de la población -continúa el mensaje- que no puede competir en el mercado y los inmigrantes, a quienes no se da oportunidad alguna para aportar económicamente mediante su trabajo, quedan en el olvido, y sólo reaccionamos cuando sus justas reivindicaciones amenazan nuestra seguridad. El comunicado episcopal hace también una autocrítica eclesial histórica respecto al rechazo generalizado a la cultura de las libertades del siglo XIX en la que, en parte, se inspiró la Declaración Universal del 48; autocrítica también presente respecto a la tentación de muchos creyentes de eludir sus responsabilidades sociales y políticas de defensa de la dignidad del ser humano; o también de colaborar con estructuras y sistemas sociales cuya violación de los derechos humanos merece ser censurada. Además de denuncia... Pero los obispos, además de denunciar, anuncian la única lógica capaz de dar fundamento a los derechos humanos, la lógica del amor gratuito inherente a la revelación del Dios Padre, de Cristo Redentor, y de la civilización cristiana del amor. Proponen, además, como compromisos para la acción, el discernir y acoger el esfuerzo de nuestros contemporáneos por defender estos derechos, y el testimonio efectivo de los cristianos en favor de la justicia social, siendo cada vez más voz de los pobres, y combatiendo políticamente las causas estructurales del empobrecimiento. Se trata de un documento valiente, por el que a los obispos no se les puede acusar, como se ha hecho, de denunciar ahora la falta de control sobre las instituciones económico-sociales, y no haberlo hecho antes de 1996, pues claramente lo hicieron en el documento La Verdad os hará libres; ni tampoco de hacer graves acusaciones sobre violaciones de derechos humanos y no denunciarlas en los tribunales: precisamente la novedad del planteamiento de los obispos es que no son sólo derechos humanos los ya reconocidos legalmente, sino aquellos, como son los derechos a la vida y a la calidad de la vida digna (derechos sociales), aún no suficientemente protegidos. Marcelino Oreja destacó en su conferencia que, en estos 50 años, tras la Declaración, se ha puesto mucho más de relieve que antes la inmoralidad y la ilegalidad de no pocas realidades, pero que son más los desafíos que los logros, pues aún queda mucho por hacer a la hora de extirpar las causas económicas y políticas de las violaciones de los derechos humanos, por reconocer la no negociabilidad de la dignidad humana, y por emular y promocionar la acción de la Iglesia y de los voluntariados en la defensa y protección de estos derechos. La generalizada violación de los derechos humanos en pueblos enteros suponen, para Marcelino Oreja, un verdadero appartheid mundial, y la cacareada globalización, en lo humano y lo social, no es más que la división de diversas globalizaciones parciales, pues el precio de un incipiente desarrollo para muchos pueblos ha sido el de la renuncia a su propia dignidad y a su propia cultura. Por otro lado, es lamentable también la hipocresía política de quienes, a la vez, aceptan un orden inmoral, y luego lloran sobre sus consecuencias, o son incapaces de dejar a un vecino sin las medicinas necesarias para curarse, y sin embargo dejan de financiar la necesaria ayuda en fármacos que requieren poblaciones enteras. Según el Comisario europeo, también en las relaciones internacionales el criterio ético de defensa de los derechos humanos es el mismo que en las relaciones interpersonales: el del testimonio evangélico del buen samaritano: El corazón del hombre, su mirada compasiva, y no las teorías y las grandes declaraciones. Y, por eso mismo también, los verdaderos paladines de los derechos humanos en el mundo son los misioneros, los voluntarios, y los jóvenes cooperadores. Si en la situación europea de respeto a los derechos humanos se da un aventajado esfuerzo respecto a los derechos sociales a partir de Mastrique, no es así en el resto del mundo, donde los esfuerzos en pro de una mayor convicción de compromiso internacional son claramente insuficientes, y donde la mitad de los seres humanos no esperan de nadie que defienda jamás sus derechos. Al final del acto conmemorativo, el Nuncio de Su Santidad, monseñor Lajos Kada, leyó un saludo del Santo Padre en que recordó que la Iglesia proclama los Derechos fundamentales del Hombre y ve en ellos el fundamento del orden social, que peligra cuando alguno de ellos es violado. El Papa también recordó que al estar fundados en la dignidad de la persona, los derechos humanos sólo pueden ser valorados en toda su grandeza a la luz de Dios y de la excelsa vocación a la que ha llamado al ser humano. Por eso la Iglesia, experta en humanidad, y por fidelidad al Evangelio, se siente llamada a levantar su voz en defensa de estos derechos inalienables. Manuel María Bru |