- El terrible accidente de Buelna, que se ha llevado la vida de siete niños y de un adulto, y que ha sembrado la desolación y el luto, debería hacer reflexionar y tomar algunas decisiones inaplazables. Es muy triste que hayan de morir unos cuantos seres humanos para que se piensen mejor ciertas cosas. ¿De verdad que, con los medios técnicos de que hoy se dispone, es necesario que los niños de aldeas y pueblecitos de España tengan que recorrer todas las mañanas y todas las tardes un montón de kilómetros para ir a una escuela
centralizada? ¿De verdad que no sería más lógico -y también más pedagógico y hasta más humano- dar trabajo a todos los docentes que están en paro, y que cada pequeña población tuviera su maestro o maestra, naturalmente en condiciones de igualdad de medios con los de los grandes núcleos de población? Probablemente nos ahorraríamos todos no sólo muchos problemas, sino también no poco dinero.
- Andrés Trapiello escribe un artículo, en un difundido dominical, en el que, bajo el título El Papa, Cervantes y la recompensa, ofrece una penosa retahíla de irresponsabilidades. A propósito de la última encíclica de Juan Pablo II, y después de confesar con desfachatez:Uno no ha leído esa encíclica, se pregunta si habrá alguien que lea las encíclicas que, según él, están bien, como todas las cosas que no sirven de mucho: están llamadas a ser pasto del olvido, y son un género literario cada vez más abstracto. ¿A qué género literario corresponde este texto de Trapiello, sin duda llamado a perdurar en la posteridad como uno de los máximos logros de la literatura mundial? ¿Cómo alguien que se dirige a unos eventuales lectores puede escribir sobre algo reconociendo de antemano que no lo ha leído? ¿Cabe mayor incoherencia e irresponsabilidad? Produce verdadera lástima, pero es lógico en alguien que piensa que la razón y la fe están tan alejadas de sí, como suelen estarlo ambas alejadas de la vida, a la que a menudo ni la razón ni la fe sirven de nada. Entonces, por favor, ¿qué es lo que le sirve a este ser humano que ni siquiera entiende que la fe es un don de Dios y no, como él dice, algo así como un lujo al que no tenemos derecho? ¿O le ocurre como al señor Peces-Barba que alecciona sobre las diversas formas del pecado de ignorancia, sin incluir la propia en ninguna de ellas, ignorando algo tan elemental como que sólo se puede aleccionar de lo que se sabe?
- La todavía reciente catástrofe de Centroamérica, de la que, como suele ser desgraciada costumbre, nunca más se supo, ya que ha dejado de estar en las portadas de los medios de comunicación, dio lugar a una verdadera admirable oleada de solidaridad del momento. Con algunos lamentables episodios, justo es decirlo, ya que algunas cadenas de televisión hicieron programas de recaudación de fondos a base de hacer una descarada publicidad de determinadas empresas, algo que Juan Manuel de Prada en un acertado artículo llamo la telecaridad. Para que algo sea caridad verdadera, en vez de solidaridad rentable, ya dice el Evangelio que es fundamental que la mano izquierda no sepa lo que hace la mano derecha. Quiero decir, hablando en plata, que si una empresa, la que sea, quiere ser solidaria y dar muchos millones, lo tiene que hacer sin dar su nombre. Si no, no acaba de ser caridad ni solidaridad, sino más bien una publicidad que, de otro modo, les saldría mucho más cara. Manuel Toharia ha escrito un artículo elogiando la benemérita labor de las ONG, a la vez que pone en solfa la acción estrictamente caritativa. Sin restar un ápice a la magnífica labor de la mayoría -no todas- las ONG, la diferencia, por ejemplo, con la labor de los misioneros es que éstos están siempre allí, en todas las catástrofes, y además de dar cosas, llevan muchos años dándose a sí mismos.