RetrocesoA&ONº 140/21-XI-1998SumarioUsted tiene la palabraContinuar

Evangelio de mañana
  Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo
Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo:
-A otros ha salvado; que se salve a sí mismo si él es el Mesías de Dios, el Elegido.
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
-Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: Éste es el Rey de los judíos.
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
-¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
Pero el otro lo increpaba:
-¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.
Y decía:
-Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.
Jesús le respondió:
-Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

Diálogo de moribundos

El hombre cierra pocas veces los ojos. Pero, cuando situaciones extremas le obligan a cerrarlos, percibe dentro de sí la densa sombra que envuelve su vida. Y se pregunta: ¿Por qué se da en la vida este revuelto mar de deseos, insatisfacciones y sufrimientos? Deseoso de seguridades y realidades palpables, siente como una losa el silencio del mundo, de los hombres que le acompañan en su camino y de Dios. Porque para él también Dios calla. Y, como el ladrón crucificado, grita: Si eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros. Quiere una prueba concluyente, tangible de lo divino. Es el eterno desafío del hombre, acorralado por el temor y la muerte. Y la confesión de su desesperado deseo de salvación.

Pero la luz irrumpe también misteriosamente. Al lado del que exige esa prueba escuchamos otro grito, radicalmente distinto: Señor, acuérdate de mí, cuando estés en tu reino. Tardíamente, pero al fin aquel hombre ha encontrado la dimensión exacta de su ser y vida. No es la salvación que pide su compañero, no es la manifestación visible de un poder que le devuelva la vida, que se le escapa irremediablemente, lo que pide. Es algo que sólo atisba, pero le hace presentir que el ser del hombre trasciende a su limitación física. Luz, atisbo, gracia que le lleva a ver en Jesús, que sufre a su lado, un nuevo modo de ver el sufrimiento de los inocentes. Y descubrir su valor salvador. Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino.

Diálogo extraño entre dos moribundos. Hoy estarás conmigo en el paraíso. Aquel hombre recibe como respuesta a su petición la revelación de su verdadero ser: su descanso en Dios y en la Verdad, o sea, el paraíso. La revelación de que la muerte no es el mal supremo. El que cree en Mí no muere para siempre, había dicho Jesús. El paraíso para el hombre es el encuentro con la verdad de su ser. Se entra en él, cuando el hombre descubre quién es y para qué vive. Cuando conoce a qué idea responde su existencia en la sinfonía maravillosa del mundo creado. Cuando responde con Agustín: Nos hiciste, Señor, para ti.

La burla, el sarcasmo, la befa del entorno de la muerte de Jesús sigue en nuestros días. El creyente, pese a todo, sigue aceptando en su vida la respuesta de Jesús. Hoy -cuando descubras y aceptes la verdad de tu ser- estarás conmigo en el paraíso.

Ángel-R. Garrido


¡Ven, Espíritu Santo!
Dios ha enviado su Espíritu, y por Él la caridad de Dios se infunde en nuestros corazones , para que comprendamos que Él es Señor y fuente abundante de caridad. Para poder creer que lo que ha sido infundido no puede ser común con las criaturas, sino propio de Dios, se infunde también en nombre del Hijo. Como un ungüento en un vaso cerrado herméticamente mantiene su fragancia, aunque no llega a muchos, y cuando es derramado fuera del vaso se difunde a lo ancho y a lo largo, así también el nombre de Cristo, antes de su venida, permanecía recogido en el pueblo de Israel, y cuando iluminó al mundo con su venida, extendió su nombre divino sobre toda criatura: una abundante dádiva de gracias y de bienes celestes, porque lo que sobreabunda se derrama y se difunde.

San Ambrosio (339-397)