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En la carta apostólica Tertio millennio adveniente he propuesto a todos los fieles que vivan este último año de preparación al jubileo como un camino hacia el Padre y como una profundización en la virtud de la caridad... Desde siempre, el corazón del hombre se interroga sobre el misterio de la justicia de Dios ante el problema del mal y del dolor, pues lleva en sí el deseo de vivir y realizarse plenamente en el amor. Para quien mira al prójimo con amor, la miseria presente en el mundo es motivo de profunda inquietud y, en ocasiones, puede insinuar también la duda sobre la bondad de la providencia de Dios. Ante estas situaciones no podemos permanecer indiferentes. El gran Jubileo tiene que convertirse en una ocasión propicia para renovar la adhesión de fe a Dios, que en su paternidad ama al hombre con un amor inigualable e infinito, y para intensificar nuestra generosidad hacia quien se encuentra en dificultad. En Cristo contemplamos el amor de Dios que se encarna y atraviesa toda realidad humana, para asumirla, sin ningún compromiso con el pecado. Él pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban bajo el poder del diablo. En el Hijo de Dios hecho hombre se manifiesta que Dios no es amor sólo de palabras, sino de hechos y verdad. En su predicación y en sus acciones reconocemos de este modo su preocupación por las necesidades del espíritu, que exige amor, y por las del cuerpo, que exige ser aliviado del dolor. (12-XI-1998) |