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Exposición «De la Tierra a las Gentes», en las Universidades madrileñas
Una fe llena de razones
Los cristianos no se distinguen de los demás ni por su territorio, ni por su lengua, ni por su vestimenta... Sin embargo, dan muestras de una forma de vida admirable y, al decir de todos, increíble. Habitan en sus patrias respectivas, pero como forasteros; toda tierra extranjera es patria para ellos y toda patria es tierra extranjera. Se casan como todos y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con el tenor de su vida superan las leyes. Aman a todos y todos los persiguen. Se les condena sin conocerlos. Se les da muerte y con ello reciben la vida. Son pobres y enriquecen a muchos... En una palabra, los cristianos son al mundo lo que el alma al cuerpo. Este párrafo de una carta, dirigida por un cristiano del siglo II a un pagano llamado Diogneto, describe de un modo vivo, actual, la experiencia cristiana de los orígenes y su sorprendente novedad en un mundo pagano. Y esta grata sorpresa es lo que aparece espléndidamente plasmado en esta exposición. Hoy, en un mundo con internet pero no menos pagano que el del siglo II, sigue dándose esa misma sorpresa de los orígenes cuando se hace presente el hecho cristiano. Muchos están dando fe de ello estos días. De la tierra... Dios se da a conocer al hombre entrando en el tiempo, naciendo en la Tierra, de María Virgen. Al llegar la plenitud de los tiempos -escribe san Pablo a los Gálatas-, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley. El Misterio, leal con todas las condiciones del momento histórico y del contexto cultural en que eligió manifestarse, se hizo así humanamente accesible y encontrable. ... a las gentes. Id -les dice Jesús a sus apóstoles al subir a los cielos- y haced discípulos a todas las gentes... y Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Es la certeza de la presencia de Cristo la que empuja a difundir este inconcebible anuncio: El Verbo se hizo carne y habita entre nosotros. Un elemento fundamental de la conciencia de los primeros cristianos es que se consideraban depositarios de una respuesta total y definitiva para la espera de salvación que tienen todos los hombres. Los viajes apostólicos de la primera evangelización son un signo imponente de esta conciencia. Se asiste a la rapídísima formación de comunidades cristianas en todo el mundo conocido. Estas comunidades se caracterizan por un nuevo tipo de vida, expresada sintéticamente en la palabra comunión. La multitud de los que abrazaban la fe -se lee en el libro de los Hechos de los Apóstoles- tenía un solo corazón y una sola alma, y todo entre ellos era común. Esta actitud queda claramente plasmada en los testimonios del arte figurativo cristiano. Visitar la exposición es como entrar en las páginas del Evangelio, descubrir su corporeidad. Está dividida en cuatro secciones: El ambiente de los orígenes; Los caminos de la evangelización; Los signos de la presencia cristiana y de la vida de los cristianos; y La tradición escrita. De las excavaciones e investigaciones realizadas especialmente en las últimas décadas, han aparecido objetos, inscripciones, datos, que no sólo describen la vida y la cultura nacidas del cristianismo en sus comienzos, sino que también confirman el fundamento histórico de los relatos evangélicos. En esta exposición aparece, de un modo vivo, en qué consiste la fe cristiana, y cómo esta fe está llena de razones. Alfonso Simón