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No es nada nuevo descubrir que en algunos medios abundan informaciones poco o nada fieles a lo sucedido realmente, sin que aparezca celo alguno por saber la verdad, según aquello de que no vaya a ser que venga la verdad a estropearnos la noticia. Pero hay todavía un desprecio a la verdad de mayor calado, el que se deriva de la negación más radical de la propia realidad de las cosas, hasta el punto de intentar sustituir lo real por lo más arbitrariamente virtual que pueda imaginarse; o de censurarlo caprichosamente llamando con toda justicia crimen, por ejemplo, a la acción terrorista con resultado de muerte y calificando hasta de derecho el aborto. La realidad, sin embargo, es testaruda, e implacables las consecuencias de rebelarse contra ella: no se atenta impunemente contra la realidad.
Esta ofensa a la verdad hoy resulta clamorosa, pero no es nueva. Se hizo patente, por ejemplo, cuando Pasteur descubrió la vacuna antirrábica: hasta los más ignorantes habían reconocido ya el extraordinario descubrimiento, y todavía los miembros de la Academia de las Ciencias de Francia, que precisamente deberían haber sido los primeros en hacerlo, seguían sin reconocerlo. Eran los más capacitados científicamente, pero las pasiones humanas, los turbios intereses habían puesto un velo sobre la verdad. Que los intereses tratan de ahogar la verdad es un hecho más que evidente en este mundo a punto ya de cumplir dos mil años desde que Jesús de Nazaret le lanzara aquel reto, el más audaz y peligroso que imaginarse pueda en una sociedad que presume de autosuficiente como la nuestra: Yo soy la verdad, palabras realmente insolentes en labios de un simple hombre. Y, sin embargo, palabras que anhelamos escuchar, más que ningunas otras, los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos. Y aquí está esa terrible contradicción que pone en evidencia a qué grado de paroxismo ha llegado la negación de la realidad -dando paso con ello a sus inevitables consecuencias- por parte del hombre contemporáneo: rechazar, y con toda virulencia, precisamente lo que más vivamente se desea. |
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¿Con qué racionalidad, entonces, puede pretenderse, por ejemplo, acabar con el terrorismo de ETA, si se han minado las bases del más elemental principio de realidad? ¿Cómo podemos creer a alguien que nos asegura que defiende la vida, si legisla o hace campaña electoral ampliando el aborto legal?
Yo hago con mi cuerpo lo que quiero. Mi vida es mía y de nadie más... Son expresiones habituales en el lenguaje de hoy. Como también lo son éstas otras de quienes aparentemente -sólo aparentemente- se oponen a ellas: Haz lo que quieras con tu cuerpo, ¡pero no con el de los demás! Tu vida será tuya, ¡pero tienes que respetar la de los otros! Suelen utilizarse en debates donde se habla de aborto, homosexualidad, parejas de hecho... pero también en todo tipo de asuntos y hasta en las discusiones más intrascendentes de la vida cotidiana. ¿No subyace acaso en este lenguaje la negación de la realidad más elemental de la vida: que ésta me ha sido dada y se me está dando cada instante? Si no valoro el don inmenso que supone mi propia vida, ¿cómo voy a valorar la de los demás? Así se llega a la locura de justificar el aborto precisamente hoy, cuando se ha llegado a demostrar con todo rigor científico que en el mismo instante de la fecundación el ser humano ya lleva consigo su entero código genético propio. Si en el caso Pasteur eran sobre todo los intereses turbios los que impedían reconocer la verdad, hoy habría que decir que es, sobre todo, el profundo rechazo de la verdad lo que está haciendo caer al hombre en una turbiedad cada día más irrespirable, en todos los órdenes de la vida. ¿Y cómo no va a existir el terrorismo, y toda clase de corrupciones, en una sociedad que llega incluso a considerar un derecho el asesinato de un niño en el seno de su madre? Tal sociedad se ha asesinado a sí misma, condenada a la peor de las esclavitudes, la que encadena al padre de la mentira. Sólo el reconocimiento de la realidad, de la verdad que un día se nos manifestó en toda su plenitud, nos hace realmente libres. Y este reconocimiento está al alcance de todos: basta con abrir los ojos a la realidad, sin censurar el estupor de la mirada ni el deseo del corazón. |
El Estado totalitario
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La Iglesia de Jesucristo no ha discutido nunca los derechos y los deberes del Estado sobre la educación de los ciudadanos, y Nos mismo lo hemos recordado y proclamado en nuestra reciente encíclica sobre la educación cristiana de la juventud; derechos y deberes indiscutibles mientras se mantengan dentro de los límites de la competencia propia del Estado; competencia que a su vez está claramente fijada por los fines propios del Estado; fines ciertamente no sólo corpóreos y materiales, pero por sí mismo necesariamente contenidos dentro de los límites de lo natural, de lo terreno, de lo temporal.
El divino mandato universal que la Iglesia ha recibido del mismo Jesucristo incomunicablemente e insustituiblemente, se extiende, por el contrario, a lo eterno, a lo celestial, a lo sobrenatural, orden éste de cosas que, por una parte, es estrictamente obligatorio para toda criatura consciente, y al cual, por otra parte, debe, por su misma naturaleza, subordinarse y coordinarse todo lo demás. Una concepción del Estado que hace que pertenezcan a éste las generaciones jóvenes enteramente y sin excepción desde la primera edad hasta la edad adulta, no es conciliable para un católico con la doctrina católica; y no es tampoco conciliable con el derecho natural de la familia. No es para un católico conciliable con la doctrina católica pretender que la Iglesia, el Papa, deben limitarse a las prácticas externas de la religión (misa y sacramentos) y que todo lo demás de la educación pertenece totalmente al Estado. Pío XI |