RetrocesoA&ONº 189/2-XII-1999SumarioDesde la feContinuar

Televisión
«El jardín de las delicias»

Dentro de lo que se puede considerar la franja horaria nocturna, se produce una guerra de audiencias entre las distintas cadenas, con asombrosas cuotas y, por tanto, con nuestra contribución y -Telemadrid y Tele 5 se llevan la palma en el esfuerzo- con fórmulas cada vez más parecidas de televisión que se caracteriza, a grandes rasgos, por un ritmo acelerado, por la inclusión de debates en los que sus participantes se gritan unos a otros sus opiniones simultáneamente y acometen los más diversos temas con asombrosa banalidad; así como por recurrir a los mayores despropósitos, con tal de captar nuestra atención.

Hay fichajes, como el de la ninfómana de Crónicas Marcianas, que recita poemas obscenos al tiempo que ejecuta numeritos semi-pornográficos, o avalanchas de insultos entre invitado y periodista en Tómbola -sencillamente nefasto-, o de la popular figura de Boris Izaguirre, que con entusiasmo intenta hacernos partícipes de su homosexualidad y salta por el plató como poseído por extrañas fuerzas.

Tras un tiempo en el que la obsesión por el sexo, en su versión más vulgar, parecía haberse diluído tras el clímax de Pepe Navarro, ahora parece resurgir en varios programas, como el de Javier Sardá, que cuenta con los elementos suficientes para confeccionar un buen producto, pero que últimamente deriva hacia el desaparecido Mississipi.

Un recurso habitual es incluir fragmentos de otros espacios televisivos que ilustran la insensatez más absoluta: así, las intervenciones de Yola Berrocal, personaje del absurdo por antonomasia, que suele ser invitada a ser el hazmerreír; o Bienvenida Pérez y Mariñas, tratando de humillar a alguno de los asistentes al programa, que para eso les pagan.

Cuando no existen los contenidos recurren a cualquier cosa para montar el numerito. Menos mal que aún queda alguna cadena con ofertas más sensatas, y que, en último término, el espectador siempre tiene la libertad de negarse a presenciar tanta estupidez y apagar el aparato.

Patricia Martín de Loeches