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Dentro del funcionamiento de los mercados financieros, la llamada titularización de situaciones variadísimas se ha convertido en una casi alucinante realidad. La situación se parece muy poco a la que existía hace unos años, no ya en España sino en todos los países importantes. Es donde debemos hoy encajar las muy polémicas de las opciones sobre acciones, sobre todo en relación con la Telefónica.
La globalización económica obliga al mundo financiero español a estar muy atento a todas esas realidades. Además, hace unos años, creó una especie de avidez extraordinaria por el dinero la irrupción de la llamada gente guapa en la vida económica española, con el deseo nada disimulado, además, de controlar la estructura de lo más florido de la misma a través de una serie de operaciones financieras a las que se trató de dar cauce más cómodo con una nueva Ley de Sociedades Anónimas y una Ley de Mercado de Valores. Víctor Pérez Díaz ha escrito sobre este talante cosas, creo, definitivas. Así arraigaron en nuestro suelo figuras como ésta de las opciones de compra de acciones. En sí, esto no es ni bueno, ni malo, salvo en una cuestión. Se habla mucho, y en su defensa, de que así se garantiza la fidelidad a la empresa. El valor de la fidelidad, como el de la palabra dada, o tantos otros que forman parte de la realidad diaria del mundo de los negocios, constituyen algo que, si se derrumba, afecta a todo el equilibrio de la economía. Hay que ser fiel a la empresa, y si no se es, el castigo debe ser, junto con la expulsión de la misma, el baldón social de marcar para siempre la frente del infiel, con un sello indeleble de su indignidad. Una cosa es el premio a la eficacia, a los años en la empresa, al esfuerzo extraordinario, y otra, el comprar fidelidades. Si así andamos, si así tenemos que comprar fidelidades, algo muy podrido huele en la Dinamarca del mundo empresarial y de la tecnoestructura españolas. Dígase lo mismo de premiar, de algún modo, a quien tiene información privilegiada respecto a los demás accionistas, para conocer cómo van las cosas en su empresa. Esto de la información privilegiada es, sencillamente, nauseabundo. Contrastan ciertas lenidades españolas en ese sentido, con la dureza, derivada del puritanismo, que vemos, día tras día, en Norteamérica. Pero así es la cosa. Si queremos abandonar el cortijo de chiringuitos financieros que perviven buscando alguna noticia reservada, y entrar en la corte de las operaciones financieras solventes, es preciso borrar hasta los últimos extremos la conciencia de que existe, o puede existir, información privilegiada. Trata de lavarse, a veces, esta suciedad aduciendo que parece que Keynes la empleó en su provecho. Pero sobre la interpretación de la moral de Keynes, con raíces en Moore, los comentarios de las personas decentes son extraordinariamente duros. No fue precisamente ejemplar, aunque fuese un genio. Al leer sobre esto a P. V. Mini y su John Maynard Keynes: A study in the psychology of original work (Macmillan, 1994), se observa cómo al destacar estas manipulaciones de Keynes, derivadas de sus contactos con políticos y financieros, automáticamente rebaja la categoría moral que nos trazó Roy F. Harrod en La vida de John Maynard Keynes (Fondo de Cultura Económica, 1958). |
| ALGÚN TIPO DE INFECCIÓN...
Hay que insistir en esto porque en estas opciones de compra de acciones, todo esto resulta, cuando menos, extraordinariamente confuso. Únicamente si se acompañase de una gran serie -como puede ser la aplicación del Código Olivencia- y de una legislación muy dura con los infractores, podría creerse que fuese posible contemplar todo esto como algo sin la menor restricción moral. Existe otro problema unido a esto. Ganancias descomunales indican que existe, detrás, algún tipo de infección monopolística. Lo afianza el observar que se procura alguna vez premiar, desmesuradamente, a mucha gente. Recuerdo que mi maestro el profesor Torres Martínez me dijo una vez, casi con ferocidad: Investigue usted un monopolio perturbador cuando observe descomunales premios para muchas personas. Si se baja del Consejo de Administración a los directores generales, el peligro aumenta. Si además se llega a los obreros, escalofría el peso de ese monopolio. Todo esto prueba que hay que pensar que está muy bien eso de penar más el robo en cuadrilla que en solitario. Es evidente que el conseguir dinero en grandes sumas se contempla tradicionalmente de modo diferente por los puritanos que por los católicos. Los primeros lo entienden como una prueba de que la gracia divina está sobre el enriquecido. Los segundos sospechan, en principio, si esta riqueza no será, de algún modo, una marca de Caín, de que alguien sufre, incluso, muere o se degrada como persona, a consecuencia de estos colosales beneficios. Sin embargo, el es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, etc. ha tenido que unirse a algo que nuestro Jovellanos consideró paralelo, en la Economía, al principio de gravitación universal de Newton: el teorema de la mano invisible de Adam Smith. Si en mercado libre cada uno busca su propio provecho, el resultado es que se alcanza el mayor provecho colectivo posible. La doctrina social católica se encuentra en estos momentos trabajando sobre esta cuestión, porque, como dice Clifford Longley en su ensayo Structures of sin and the free market: John Paul II on capitalism, publicado en el libro dirigido por Paul Vallely The new politics. Catholic Social Teaching for the Twenty First Century (SCM Press, 1998), la fe en las consecuencias beneficiosas del mercado deja poco espacio para la moralidad. Por eso hay pensadores -anotemos la figura de Michael Novak, un teólogo y un economista ligado a un grupo católico neoconservador norteamericano, ideológicamente próximo a la extrema derecha ultraliberal del Partido Republicano- que consideran que la economía de libre mercado es sinónima del American Way of Life. Por eso Novak, en su libro The spirit of democratic capitalism (American Enterprise Institute. Simon and Schuster, 1982), prácticamente rechaza toda idea de justicia social, exponiendo, por ejemplo, los desastres que origina el Estado del Bienestar, porque la asistencia excesiva crea más problemas que resuelve. Por tanto, no cabe describir como injustas las consecuencias del mercado libre en acción, por muchos daños físicos que haga surgir, al señalar que no es más injusto que las consecuencias de las fuerzas naturales. Del mismo modo que no se dice que es injusto un terremoto o un huracán, no puede hablarse de la injusticia del mercado. UNA INSTINTIVA REPUGNANCIA
La coordinación de mercado libre y bien común ha sido abordada recientemente de modo muy lúcido en el documento The Common Good and the Catholic Church«s social teaching, de la Conferencia de Obispos Católicos de Inglaterra y Gales (Gabriel Communications, 1996), lo que está relacionado directamente con las diversas clases de capitalismo señaladas en 1991 por Juan Pablo II en la encíclica Centesimus annus. La actitud ante las cifras y realidades que surgieron en España, amparadas explícitamente por el poder a partir sobre todo de 1985, es muy difícil que pueda ser aceptada, no ya por la doctrina social de la Iglesia, sino incluso por el propio Michael Novak. Algo existe en ciertas operaciones que repugna instintivamente a las gentes. R. M. O«Donnell, en su Keynes: Philosophy, Economics & Politics (Macmillan, 1989), llega a hablar de por qué es tan fácil derivar planteamientos socialistas del keynesianismo: porque en los principios éticos de Keynes no podía encajar el sistema capitalista, porque era algo ligado esencialmente a ganar dinero, lo que provoca una gran eficacia, pero repugna, por alejar al hombre de los ideales y de los valores. De ahí deriva Antonio Torrero, en su monumental libro La obra de John Maynard Keynes y su visión del mundo financiero (Instituto Español de Analistas Financieros. Civitas, 1998), cómo en la obra y en las propuestas de reestructuración social de Keynes están presentes los principios éticos acerca de lo enfermizo que puede llegar a ser la obsesión por el dinero. Una cosa más. En España existe un déficit importante de atención hacia las industrias manofactureras de todo tipo, desde la agroalimentaria hasta las electrónicas. Si el señuelo de los grandes beneficios surge en el mundo de los manejos financieros, y no en la competitividad practicada en los mercados de bienes reales, acabaremos por pagar con dureza este sesgo. Por consiguiente, si existe un terreno concreto en el que podemos encontrar muy serios problemas morales es en el de una ampliación desenfrenada de las opciones de compra de acciones. Y, a más de problemas morales, es muy posible que señalen ineficacias, y que desorienten a los españoles. Por eso es de justicia subrayar que el Gobierno actual ha actuado con prudencia cerrando algunas de las posibilidades para el desenfreno en operaciones de este tipo, surgidas de la legislación inmediatamente anterior. Han de cerrarse los huecos existentes y no percibidos ya adecuadamente por la anterior Ley de Sociedades Anónimas de 1951 -sobre los que mucho insinuó en un artículo famoso en la Revista de Estudios Políticos Federico de Castro- en cuanto a las remuneraciones a los administradores, en un momento en que vemos cómo en España se cumple lo que A.A. Berle Jr. y Gardner C. Means señalaron en The modern corporation and private property (Commerce Clearing House, 1932) sobre la separación entre la propiedad y la gestión, con predominio de ésta. El que se haga con prudencia no quiere decir que no merezca la pena actuar con urgencia. Juan Velarde Fuertes |