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Dirigidas por José María González y su hijo José María González Junior, cientos de personas y animales desfilan por la carpa del Circo Mundial, situado en la madrileña Plaza de toros de Las Ventas desde el pasado día 20.
El Circo Mundial nació en 1978, fundado por José María González, que lleva 42 años entregado al Circo entre -afirma- sinsabores y alegrías, entre frustraciones y sueños, entre esfuerzos y sacrificios. Su hijo, José María González Junior, ha continuado la tradición familiar y actualmente trabaja como co-director, además de como domador, aplicando un nuevo concepto de doma basado en la sensibilidad y en una alimentación especial para los animales. Así consigue que le obedezcan sin rechistar y realicen verdaderas proezas. El espectáculo dura dos horas y media, durante las cuales pasan por la carpa los funambulistas que trabajan a doce metros de altura sin red; dos equilibristas del circo de Moscú; un grupo de cosacos rusos que hacen malabarismos sobre sus caballos a alta velocidad; quince tigres; seis elefantes Sorprende realmente la actuación de los cinco motoristas que, en una esfera de 4 metros de diámetro, dan vueltas y más vueltas en todas las direcciones sin chocarse. |
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Es bonito todo el espectáculo aunque el circo siempre tiene un toque de tristeza. ¿Será que uno contempla cómo arriesgan su vida los trabajadores? ¿Será porque uno se pregunta si estudiarán los cosacos rusos que aparentan unos quince años y que ya están trabajando en el circo? Menos mal que los niños no se fijan en estas cosas:los niños sólo ven que el payaso es mudo y despistado, y que los caballos se tumban y después se levantan porque el domador se lo manda, y que el acróbata no hace más que darse golpes (simulados) con el trampolín. Ellos se lo pasan muy bien, y se ríen mucho. Los mayores sin duda también, sobre todo cuando uno de los payasos saca a la arena a tres adultos voluntarios y les induce a hacer las tonterías que nunca se atreverían a hacer un día en la oficina, en un restaurante o por la calle.
Al final del espectáculo llega el toque de tristeza. El payaso, Popey, se sienta delante del espejo y, con una música muy muy nostálgica, se va quitando su disfraz: su nariz, sus pantalones, su peluca se lava la cara y, llorando, se viste de persona normal y se despide del espectáculo y de su público, rodeado de todas las personas que han participado. El precio de la entrada es asequible; y, seguro, niños y mayores pasarán un buen rato. Eso sí, vayan abrigados, porque, aunque hay calefacción, ¡menudo frío! C.M. |