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El laicinismo de Peces-Barba y compañia
He leído la crítica de Peces-Barba al anteproyecto de decreto sobre la creación de un área de educación en valores y la consiguiente reordenación de la enseñanza de la religión católica, islámica y judía en la escuela pública (El País, 17.11.99). Este artículo se inscribe en esa corriente mezcla de laicismo y cinismo que intenta hacerse dominante a través de la presión mediática.
El texto está construido desde el principio al fin sobre una premisa que a cualquier persona informada le parecerá una gruesa falsedad: atribuye al Ministerio de Educación y a la Conferencia Episcopal la pretensión de dividir a los alumnos de la escuela pública entre los creyentes (los santos y el reino de los justos) y los no creyentes (el reino de los pecadores e hijos de padres pecadores). Establecida esta fantasiosa clasificación, los primeros estudiarían la religión católica (la buena doctrina, la ética privada, aprendiendo sólo que la verdad os hará libres); en cambio, los segundos aprenderían los valores constitucionales y que la libertad nos hará más verdaderos. Conocidas las bases del anteproyecto del decreto no descubro en ninguna parte ni formal ni materialmente tal intención.
Al leerlo he tenido la sensación de que este catedrático de Filosofía del Derecho había abandonado por un momento la razón, para dar largas al desahogo. Porque ¡qué cosas dice el catedrático! Leo textualmente: Cuando se adoctrine sobre la maldad de la despenalización de las interrupciones del embarazo, y se emocione y se horrorice a los alumnos educándoles con esos videos que muestran operaciones de aborto, desde una transmisión emotiva, para orientar comportamientos, cómo se va a hacer compatible ese perspectiva con la sentencia del Tribunal Constitucional que argumenta la constitucionalidad de esa despenalización y la declaración conforme a derecho.
Al margen de la fantasía y la maldad de Peces-Barba sobre esa pedagogía (y la falta de respeto a la profesionalidad de los profesores de Religión católica), tanto en nuestra clase de Religión como en la de valores constitucionales, lo que hay que decir es que la moral católica y el Tribunal Constitucional coinciden en afirmar que el derecho a la vida es lo primero y que el aborto no es un derecho individual indiscriminado; y porque es así y no de otro modo, se despenaliza en unos supuestos y no en otros, a pesar de lo cual, el aborto no es de ninguna manera ni una opción progresista, ni una decisión moralmente aceptable.
Por otro lado, no es contrario a la razón ni anticientífico el que cualquier persona se emocione ante la facilidad con la que algunos destruyen la vida de un ser humano indefenso.
Dice también Peces-Barba que el conocimiento del borrador ha producido un desasosiego general. Lo de general es un exceso emotivo comprensible. Sin embargo, el desasosiego no es de ahora, se produjo hace años cuando el partido socialista rompió unilateralmente el consenso en el mundo escolar e introdujo el parchís y las cartas como materias de la educación laicista, conculcando los valores superiores de libertad e igualdad, y generando más conflictos y desprestigio en la escuela pública.
El artículo de Peces-Barba no hace ninguna aportación constructiva a la comprensión de la calidad educativa en la escuela pública al estudio curricular de la Religión católica, islámica o judía, ni a la convivencia entre los españoles. Al contrario, añade prejuicios históricos y tópicos pasionales al debate y -se puede aplicar a sí mismo sus acusaciones- crea escisión y reabre de nuevo el siniestro mensaje de las dos Españas. Encastillado y rehén de sus fantasmas, los ha sacado a pasear una vez más con el lenguaje políticamente conveniente. Me parece que eso le pasa por querer pontificar en contra de la constitucionalidad de los Acuerdos de cooperación Iglesia-Estado.
Si tuviera que elegir entre la propuesta integradora y plural sobre la que se está trabajando, en coherencia con la mayoría de los países de la Unión Europea, y el reino único y excluyente del laicinismo de Peces-Barba y Cia, yo elegiría lo primero: podría ser más libre y más verdadero.
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