RetrocesoA&ONº 189/2-XII-1999SumarioDesde la feContinuar

PUNTO DE VISTA
El laicinismo de Peces-Barba y compañia

He leído la crítica de Peces-Barba al anteproyecto de decreto sobre la creación de un área de educación en valores y la consiguiente reordenación de la enseñanza de la religión católica, islámica y judía en la escuela pública (El País, 17.11.99). Este artículo se inscribe en esa corriente mezcla de laicismo y cinismo que intenta hacerse dominante a través de la presión mediática.

El texto está construido desde el principio al fin sobre una premisa que a cualquier persona informada le parecerá una gruesa falsedad: atribuye al Ministerio de Educación y a la Conferencia Episcopal la pretensión de dividir a los alumnos de la escuela pública entre los creyentes (los santos y el reino de los justos) y los no creyentes (el reino de los pecadores e hijos de padres pecadores). Establecida esta fantasiosa clasificación, los primeros estudiarían la religión católica (la buena doctrina, la ética privada, aprendiendo sólo que la verdad os hará libres); en cambio, los segundos aprenderían los valores constitucionales y que la libertad nos hará más verdaderos. Conocidas las bases del anteproyecto del decreto no descubro en ninguna parte ni formal ni materialmente tal intención.

Al leerlo he tenido la sensación de que este catedrático de Filosofía del Derecho había abandonado por un momento la razón, para dar largas al desahogo. Porque ¡qué cosas dice el catedrático! Leo textualmente: Cuando se adoctrine sobre la maldad de la despenalización de las interrupciones del embarazo, y se emocione y se horrorice a los alumnos educándoles con esos videos que muestran operaciones de aborto, desde una transmisión emotiva, para orientar comportamientos, cómo se va a hacer compatible ese perspectiva con la sentencia del Tribunal Constitucional que argumenta la constitucionalidad de esa despenalización y la declaración conforme a derecho.

Al margen de la fantasía y la maldad de Peces-Barba sobre esa pedagogía (y la falta de respeto a la profesionalidad de los profesores de Religión católica), tanto en nuestra clase de Religión como en la de valores constitucionales, lo que hay que decir es que la moral católica y el Tribunal Constitucional coinciden en afirmar que el derecho a la vida es lo primero y que el aborto no es un derecho individual indiscriminado; y porque es así y no de otro modo, se despenaliza en unos supuestos y no en otros, a pesar de lo cual, el aborto no es de ninguna manera ni una opción progresista, ni una decisión moralmente aceptable.

Por otro lado, no es contrario a la razón ni anticientífico el que cualquier persona se emocione ante la facilidad con la que algunos destruyen la vida de un ser humano indefenso.

Dice también Peces-Barba que el conocimiento del borrador ha producido un desasosiego general. Lo de general es un exceso emotivo comprensible. Sin embargo, el desasosiego no es de ahora, se produjo hace años cuando el partido socialista rompió unilateralmente el consenso en el mundo escolar e introdujo el parchís y las cartas como materias de la educación laicista, conculcando los valores superiores de libertad e igualdad, y generando más conflictos y desprestigio en la escuela pública.

El artículo de Peces-Barba no hace ninguna aportación constructiva a la comprensión de la calidad educativa en la escuela pública al estudio curricular de la Religión católica, islámica o judía, ni a la convivencia entre los españoles. Al contrario, añade prejuicios históricos y tópicos pasionales al debate y -se puede aplicar a sí mismo sus acusaciones- crea escisión y reabre de nuevo el siniestro mensaje de las dos Españas. Encastillado y rehén de sus fantasmas, los ha sacado a pasear una vez más con el lenguaje políticamente conveniente. Me parece que eso le pasa por querer pontificar en contra de la constitucionalidad de los Acuerdos de cooperación Iglesia-Estado.

Si tuviera que elegir entre la propuesta integradora y plural sobre la que se está trabajando, en coherencia con la mayoría de los países de la Unión Europea, y el reino único y excluyente del laicinismo de Peces-Barba y Cia, yo elegiría lo primero: podría ser más libre y más verdadero.

Juan Souto Coelho

Significado del Adviento

Adviento es traducción de adventus, participio del verbo latino ad-venio. Venio significa venir, llegar. Pero la preposición ad pone tres matices importantes: indica dirección, destino, finalidad; incorpora la idea de movimiento, no sólo en el espacio, sino en el tiempo en el orden afectivo; y el matiz de proximidad, implicando un lugar y un tiempo preciso.

Según todo esto el Adviento no es un tiempo a la espera pasiva de que alguien llegue. Es tiempo de caminar en el orden afectivo con una finalidad, un destino de algo próximo y determinado: el nacimiento de Jesús en Belén. Es una espera dinámica. Los cristianos le damos otro nombre: Esperanza. Porque sabemos que ya ha llegado y que vuelve otra vez. Nuestra espera, nuestra esperanza, consiste en salir al encuentro de Alguien, siempre nuevo, no obstante poseer ya mucho de Quien llega.

Con toda realidad se puede hablar de tres venidas de Jesús: En la primera vino en carne y debilidad; en la última vendrá en gloria y majestad; en ésta, que media entre las dos, viene en espíritu y verdad. Nuestro tiempo es el de la segunda venida. Pero no podemos perder de vista ni la primera, que la fundamenta, ni la última, de la que no sabemos cuándo. Esto requiere un equilibrio entre dos actitudes antagónicas: la de quienes se despreocupan del presente y la de quienes ven el futuro con miedo, quizá angustia, como si no hubiera empezado nada, como si el futuro no fuera ya presente. Pero este Jesús que nació en Belén, y que viene a nuestra alma cada día, es el Dios de la esperanza que nos hace mirar el futuro sin pesimismo.

La Navidad es historia y es misterio: Como misterio se hace presente una y otra vez. Cristo vino, viene y vendrá. Es una venida, una presencia, una esperanza. Buscad siempre a Aquel que es encontrado, y que llena a quien lo busca para que siga buscando y lo encuentre en plenitud. Por eso se ha dicho que el Adviento no sólo es un tiempo sino una actitud: la de convertir nuestra vida en una constante búsqueda del Señor, que está en medio de nosotros, que está dentro de nosotros. En Adviento no hay sitio para la angustia.

José María Corzo