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Está escrito en el profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: «Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos».
Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: Detrás de mí viene el que puede ser más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo. Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. |
Voz y Espíritu Pero donde Marcos deja clara noticia de su habilidad literaria es creando el suspense, el interés sobre Aquel que viene desde la lejanía de los siglos -Isaías profetizó en el siglo VIII a. C.- precedido por un gran profeta estimado por el pueblo, Juan Bautista, que dice de sí no ser digno de desatarle las sandalias. Esta confesión de humildad en el mayor de los nacidos de mujer -como califica Cristo a Juan- abre el corazón a la expectativa sobre Jesús: ¿Quién será? ¿Cómo actuará? ¿Por qué dice el Precursor que puede más que él? Estas preguntas despiertan el deseo de Cristo, como el Adviento recién estrenado. Marcos, como buen evangelista, quiere provocar la pregunta sobre Jesús, hacer que el lector u oyente del evangelio se interrogue por Él. Y, para ello, coloca al comienzo del evangelio la voz de Juan, que recoge la de Isaías, y que, a su vez, recoge la de Dios: Está escrito es una fórmula para decir está dicho por Dios. Marcos suscita además el deseo de Cristo, apuntando al don más grande que trae, el Espíritu. Ahí está la diferencia con Juan: uno sirve agua, otro Espíritu. Y el Espíritu es lo que más necesita el hombre en el desierto de su existencia. Voz que le despierte y Espíritu que le vivifique. Al meditar este comienzo del evangelio, tan rico en teología, crece la curiosidad de seguir leyendo para ver quién es Jesús, el Hijo de Dios al que Juan Bautista apunta con su dedo poderoso como Grünewald pintó, tan anacrónica como acertadamente, en su retablo de Isenheim, con las palabras. Es necesario que Él crezca y que yo disminuya. Marcos no cita estas palabras, que son del cuarto evangelista -llamado por su profundidad el teólogo-; pero de manera más plástica nos dice, al retratar al Bautista, que para conocer bien a Jesús y recibir su bautismo hay que agacharse hasta el suelo y confesar que nunca seremos dignos de desatarle la sandalia. + César Franco
Dicen de Marcos que es un evangelista torpe, dado más al relato que a la teología. Y que comparado con los otros sinópticos y, sobre todo, con Juan, no compite en elegancia de estilo ni en ciencia retórica. Hoy, su comienzo del evangelio prueba lo contrario. Es fascinante. Con pocos trazos nos revela el misterio de Jesucristo, a quien, sin más, otorga el título de Hijo de Dios. De modo indirecto dice de él, con argumentos de Isaías, que es el Señor, título reservado a Dios en el Antiguo Testamento. Y para no dejar dudas de su señorío, anuncia que bautizará a los hombres con Espíritu Santo, y no con agua como hacía el Bautista.
Obispo auxiliar de Madrid
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Los apóstoles y los ancianos, vuestros hermanos, a los hermanos de entre los gentiles, de Antioquía, Siria y Cilicia: salud. Por cuanto hemos oído que algunos de los nuestros, sin nuestro mandato, os han inquietado con sus palabras y han agitado vuestras almas, hemos decidido de común acuerdo elegir unos delegados y enviarlos a vosotros, con nuestros amados Bernabé y Pablo, hombres que han entregado sus vidas por el nombre de nuesro Señor Jesucristo. Os hemos enviado, pues, a Judas y a Silas, que os anunciarán lo mismo de palabra. Porque el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no poneros ninguna carga más que estas necesarias: absteneros de lo sacrificado a los ídolos, de sangre y animales ahogados y de fornicación; de estas cosas haréis bien en guardaros. Adiós». Los delegados descendieron a Antioquía, donde reunieron a la muchedumbre, y entregaron esta carta. Y habiéndola leído, se alegraron con este consuelo. (Hechos de los Apóstoles 15,23-31) |