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Cuando se habla de clonación humana, se piensa fundamentalmente en dos posibilidades: clonar seres humanos como una nueva forma de reproducción, y clonar embriones humanos para obtener de ellos células que se puedan trasplantar a otras personas y curarles de ciertas enfermedades.
En estos momentos, el primero de los usos de la clonación está prohibido prácticamente en todo el mundo, tanto por normas internacionales (el Convenio Europeo sobre Derechos Humanos y Biomedicina, y la Declaración Universal sobre Genoma Humano y Derechos Humanos) como por las de los Estados. Hay razones muy consistentes para establecer esa prohibición. Si una persona fuese clonada nunca llegaría a tener padres biológicos y parece claro que el primer derecho de cualquier ser humano es el de tener unos padres, es decir, unas personas que no sólo le cuidan sino que lo introducen en una estirpe y en una historia en la que y desde la que podrá encontrar significado a su propia vida. El clónico, además, carecería de intimidad genética, pues sería conocida por muchas personas antes que por él mismo. Esa dotación genética habría sido elegida por alguien para que el clon tuviese unas determinadas características. Éstas son algunas de las razones más graves por las que la clonación no sólo debe prohibirse momentáneamente, hasta que se mejore la técnica y se conozcan mejor las consecuencias de la misma, sino para siempre. Sin exagerar, se podría decir que una sociedad que admite producir seres humanos por clonación es una sociedad completamente distinta a aquella que no lo consiente. |
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Pero junto a este uso de la clonación humana, que algunos llaman clonación reproductiva y que hasta ahora no se ha llevado a cabo, existe otro mucho más próximo: el de clonar embriones humanos para utilizarlos como productores de tejidos para trasplantes a seres humanos adultos. Es curioso observar cómo hasta hace pocos años había un acuerdo casi unánime en considerar que con los embriones humanos no se podía experimentar y que éstos no se podían producir con fines distintos de la reproducción. Se reconocía que el embrión humano era, por lo menos, una vida humana incipiente que, en ningún caso, se podía utilizar en servicio de los demás. Pero cuando se ha descubierto que los embriones producidos por la clonación podrían servir para superar los grandes obstáculos de los trasplantes de órganos -la escasez de los mismos y la incompatibilidad con el receptor- la actitud hacia los embriones ha cambiado sensiblemente. Un embrión clónico puede convertirse en un productor de tejidos para el trasplante, con lo que se vence el problema de la escasez; y los tejidos que se obtienen, al ser genéticamente iguales al modelo creado para clonar, no generan ninguna incompatibilidad si le son trasplantados.
La utilidad es mucha pero parece un poco mezquino que neguemos el valor que habíamos reconocido hasta ahora a los embriones humanos sencillamente porque nos resulta más provechoso. Las cuestiones éticas no deben decidirse por un criterio de utilidad, sino de valor. Y, en todo caso, conviene señalar que se está estudiando cómo obtener esas células milagrosas sin necesidad de crear y destruir embriones. Vicente Bellver |