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La Asamblea comenzó con el discurso del Presidente de la Conferencia Episcopal y arzobispo de Madrid, cardenal Antonio María Rouco, quien se refirió a la inminente celebración del gran Jubileo del año 2000, que constituye el singular marco histórico-teológico de esta Asamblea Espiscopal y una referencia ineludible para nuestros trabajos. En esta perspectiva queremos vivirla. Los obispos somos conscientes de que nuestra mirada hacia ese año de gracia de la historia de la salvación nada tiene que ver con expectativas milenaristas, cargadas de tantos falsos pietismos y romanticismos pseudorreligiosos, que contemplan la cifra del 2000 como si se tratara de un número mágico o un fetiche mediático, del que dependería el destino de una Humanidad que quisiera hacer converger sus anhelos de salvación en torno a fábulas profanas, cerrando los oídos a la verdad.
En referencia a uno de los puntos del orden día de este encuentro, el de la reforma de los Estatutos de la CEE, el cardenal arzobispo de Madrid señaló que la promulgación de la Constitución Apostólica «Apostolos Suos» y de las instrucciones de la Congregación para los Obispos en orden a su aplicación, nos permitirá volver de nuevo a la aprobación del proyecto definitivo de los Estatutos de nuestra Conferencia Episcopal. Es indudable que la doctrina y la normativa contenida en la citada Constitución Apostólica, fruto tardío pero fecundo del Sínodo Extraordinario de los Obispos del año 1985, ha resuelto la cuestión de la autoridad doctrinal o magisterial de las Conferencias Episcopales, tan controvertida especialmente entre los canonistas, a favor del reconocimiento de esta autoridad, siempre que la Conferencia se atenga al «modus precedendi» prescrito en la misma. Después de la intervención del cardenal Rouco, el encargado de negocios ad interim de la Nunciatura Apostólica en España, monseñor Eliseo Ariotti, dirigió a los obispos un breve saludo en nombre del Nuncio de Su Santidad en España, monseñor Lajos Kada, ausente por enfermedad, y que ha presentado al Papa su renuncia al cumplir los 75 años, edad canónica de jubilación. Otro de los asuntos relevantes ha sido la aprobación de las Normas básicas para la formación de los diáconos permanentes en las diócesis españolas, paso previo necesario para su aprobación definitiva por la Santa Sede. Este documento actualiza las normas por las que se regía el diaconado permanente y que tenían fecha de abril de 1978. El nuevo texto recoge las indicaciones del Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes, texto de las Congregaciones para la Educación Católica y el Clero. Por último, como preveía el Plan de acción pastoral para el trienio 1997-2000, los obispos aprobaron un documento titulado «La fidelidad del Señor dura por siempre». Mirada de fe al siglo XX, con el que se da cumplimiento a lo solicitado por el Papa Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica Tertio millennio adveniente. Alfa y Omega |