La Universidad y la Inmaculada
El 8 de diciembre de 1854, Pío IX definía solemnemente que la doctrina que sostiene haber sido la Beatísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, preservada inmune de toda mancha de pecado original, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en consideración a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios, y por lo mismo debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles.
Desde siglos atrás, muy ilustres doctores -Duns Scoto y santo Tomás entre ellos- se habían alineado a favor o en contra de la posibilidad de este singularísimo privilegio de María, aunque las opiniones discrepantes habían ido disminuyendo progresivamente, a la par que el sensus fidei del pueblo cristiano, con la aprobación de los Papas, crecía en la veneración de la Inmaculada. En este proceso, la aportación del mundo universitario europeo fue particularmente notable. Universidades como las de París y Colonia y, en España, en pos de la de Valencia (1530), otras muchas como las de Granada y Alcalá (1617) y la de Salamanca (1618), proclamaron a María Inmaculada como Patrona; y sus doctores, al recibir el grado, hacían voto y juramento de enseñar y defender la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Carlos III, que en 1780 obtendría de la Santa Sede para España el patronazgo de la Inmaculada, extendió por ley pocos años después (1779) aquel juramento a todas las Universidades del Reino.
Voto y juramento que, en algunas universidades, encabezadas por la de Granada, llegó a adquirir el carácter de voto de sangre, en el sentido de ofrecer los doctores la propia vida, si fuera preciso, en defensa de aquel Misterio.
Hoy, debido a la secularización ambiental, aunque en los círculos católicos más conscientes y comprometidos el conocimiento y vivencia de las verdades de la fe se ha ido haciendo cada vez mayor, la cultura general religiosa de amplias capas, aun estudiosas, de nuestra sociedad ha disminuido respecto a la de aquellos siglos de religiosidad social. Quizás por ello no es de extrañar que, contrastando con aquel esclarecido pasado universitario y según revelan algunas recientes encuestas un alto porcentaje se muestra incapaz de interpretar correctamente el significado de la expresión Inmaculada Concepción. Confunde gran número de ellos la Concepción Inmaculada de María en el seno de su madre, que es el objeto preciso de la definición dogmática y de la celebración del 8 de diciembre (9 meses antes de su Natividad que se celebra el 8 de septiembre), con la concepción virginal de Jesús en el seno de María, que se celebra el 25 de marzo fiesta de la Anunciación, 9 meses antes de Navidad.
A un resultado semejante llegaríamos probablemente en cualquier encuesta realizada entre la generalidad de nuestros conciudadanos. Más de una ilustre figura del mundo de la cultura ha incurrido también en semejante equivocación; así, un Balzac fuera de nuestras fronteras y, entre nosotros, un Ángel Ganivet al que ya Miguel de Unamuno, por otra parte no siempre fino en cuestiones teológicas, reprobaba esta confusión. Sin embargo, y aunque sería sin duda deseable en nombre de nuestra cultura religiosa una mayor precisión, es cierto también que, si profundizamos un poco más, la relación entre las dos concepciones de María resulta ser más estrecha de lo que a primera vista podría parecer. Aquel llena de gracia con que la saludó el ángel, al anunciarle la Concepción de Jesús tenía su origen en el momento de su propia Inmaculada Concepción. Y esta plenitud de gracia en el primer instante de su existencia le fue concedida a María como fruto anticipado, el más preciado y ejemplar, de los méritos del Hijo que se encarnaría en su seno.
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En su encíclica Redemptoris Mater, de 25 de marzo de 1987, ha dicho el Papa Juan Pablo II: En razón de los méritos redentores del que sería su Hijo, María ha sido preservada de la herencia del pecado original. De esta manera, desde el primer instante de su concepción, es decir de su existencia, es de Cristo, participa de la gracia salvífica y santificante y de aquel amor que tiene su inicio en el «amado», el Hijo del eterno Padre, que mediante la encarnación se ha convertido en su propio hijo. Por eso, por obra del Espíritu Santo, en el orden de la gracia, o sea de la participación en la naturaleza divina, María recibe la vida de Aquel al que ella misma dio la vida como madre en el orden de la generación terrena.
Es esa liberación total del pecado, esa plenitud de gracia de María, a la que ella correspondió con una fidelidad perfecta a la voluntad de Dios llevada hasta el pie de la Cruz, lo que la constituyó en Madre y modelo de todo el pueblo de Dios, y lo que ese pueblo celebra el día de la Inmaculada. Quizás por eso, con profundo sentido espiritual, ha hecho de la fiesta de la Inmaculada la Fiesta de María, de aquella misma hermosura interior de María que irradia al exterior en tantas bellísimas Inmaculadas de Murillo y de tantos otros pintores españoles. Lo mismo que, sin duda, quería expresar aquel predicador andaluz que, con la chispa popular y la rotundidad gráfica tan características de su tierra, traducía así para sus oyentes el Tota pulchra es María con que había empezado su sermón: ¡María, ere ermoza por lo cuatro coztao!
Miradas así las cosas, quizás la perplejidad del buen cura párroco de Lourdes no hubiera sido tan grande cuando Bernardette, cuatro años después de la definición dogmática, le explicaba con qué palabras, pronunciadas en su patois natal, se le había identificado la hermosa Señora: Yo soy la Inmaculada Concepción. Ya no era sólo el hecho concreto de la concepción, sino la personalidad siempre santa y purísima de María, lo que en estas palabras se revelaba.
Y es esa misma belleza interior de María, proyectada al exterior y fielmente mantenida a lo largo de toda su vida, la que es capaz de atraer la admiración y el amor de un alma joven, como lo demuestra entre nosotros, año tras año, el poder de convocatoria de las Vigilias de la Inmaculada en las que, en ese mágico espacio nocturno que algunos han definido como el ámbito vital y peculiar de los jóvenes, se reúnen para contemplar, invocar y cantar a María.
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