RetrocesoA&ONº 189/2-XII-1999SumarioUsted tiene la palabraContinuar
Libros de interés
Hay que reconocer que la idea de que el diablo escribe a su sobrino es genial. Las cartas del diablo a su sobrino las publicó C.S. Lewis (Irlanda 1898-Oxford 1963), por vez primera, en el Manchester Guardian, en 1941; recogen la correspondencia entre dos demonios, una ya anciano y retirado, y otro joven en su primera misión con un paciente. Estas cartas tuvieron en Gran Bretaña una acogida que sorprendió a su autor y después la han tenido en el resto del mundo, lo que explica que Rialp acabe de presentar la octava edición. Este libro ha tenido un número suficiente de lectores como para que valga la pena dar respuesta a algunos de los interrogantes que ha suscitado entre ellos, escribe el autor. La pregunta más corriente es, añade, si realmente creo en el diablo. Si por diablo se entiende un poder opuesto a Dios, y como Dios, existente por toda la eternidad, la respuesta es, desde luego, no. No hay más ser no creado que Dios. Dios no tiene contrario: ningún ser podría alcanzar una «perfecta maldad» opuesta a la perfecta bondad de Dios. La pregunta adecuada sería si creo en los diablos. Sí, creo. Basta este párrafo del prólogo para admirar la originalidad, la profundidad y a la vez el humor y el estilo claro y vivo de Lewis, que llegó a ser uno de los escritores más influyentes de nuestro tiempo.


Nos posee la muerte de una forma absoluta, o nos posee la vida para siempre? ¿Es la muerte necesaria desde el punto de vista del pecado? ¿Es una boutade la de Cocteau cuando escribe La muerte no me tendrá vivo? Estas y otras reflexiones parecidas suscita, ya desde las primeras páginas, este interesantísimo libro, estupendamente escrito y, desde luego, para lectores de una cierta cultura, que el profesor Domingo García-Sabell acaba de publicar en Alianza Editorial. Son 185 páginas muy densas y originales, en las que el autor, desde la lucidísima altura de sus 91 años, reflexiona y hace reflexionar sobre la vida y la muerte, a la vez que ofrece un muy sugestivo estudio sobre la vejez y sobre la eutanasia. Escribe un hombre con mucha experiencia y, no se olvide, médico del máximo prestigio. Él mismo reconoce que su misión, al escribir estas páginas, es de estilo humilde: una empresa pedagógica, y nada más; y afirma: Una cosa es pensar la muerte y otra muy distinta entender la muerte. Hay algo capaz de pulverizar la operatividad de la muerte: ese algo sólo puede estar representado o por el espíritu del propio enfermo, o por la vivencia transcendente que va más allá de toda anihilación. Esa instancia es Dios. El hombre deshauciado vuelve su mirada hacia la Divinidad. La vida es siempre vida, por mínima y vencida que se encuentre.