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Qué clase de lógica existe en lamentarse de la prostitución, que alcanza incluso a niños y niñas de cortísima edad, al mismo tiempo que, por ejemplo, una madre de lo más normal respira tranquila porque su niña, al salir a la calle, no se ha olvidado el preservativo? Esta sociedad nuestra, que incluso dice creer en Dios pero que vive como si Dios no existiera, necesariamente termina cayendo en toda clase de esquizofrenias, y una de las más clamorosas es la de quejarse de las consecuencias de aquello mismo que fomenta, mientras sigue fomentándolo hasta con fruición.
La imagen más expresiva, y más repetida, con la que el antiguo Israel se refiere a la relación de Dios con su pueblo es la del amor humano de hombre y mujer. Un amor que es precisamente esa imagen y semejanza divina con la que hemos sido creados todos los nacidos de mujer, y que trágicamente ha sido ensuciada por el pecado. Pero el amor de Dios al ser humano es tal, que sigue siendo el esposo siempre fiel, que espera con la paciencia de su misericordia infinita, de un pueblo que se ha prostituido, una y otra vez, yendo tras los dioses falsos. Sólo este Amor, con mayúscula, es la fuerza que puede levantar del abismo de tal indignidad a los hombres de ayer y a los de hoy. La suciedad con que se ha manchado la imagen de Dios en el hombre tiene sin duda en la prostitución uno de sus exponentes más constantes a lo largo de la Historia -el oficio más antiguo del mundo, suele decirse-. Hoy aparece gravemente agudizado por esta esquizofrenia que defiende y promueve lo que a continuación no produce más que lamentos, llegando a la demencial conclusión de seguir defendiéndolo y promoviéndolo aún más fuertemente. ¿O es que no está en el origen de tanto dolor de jóvenes, adolescentes y hasta niñas y niños maltrechos por las aberraciones sexuales y la droga, el principio inculcado a todos los niveles y por todos los medios en nuestra sociedad de que yo soy dueño de mi vida y de mi cuerpo, y que por tanto puedo hacer con ellos lo que quiero? Claro está que lo que quiero ya se encarga de decírmelo -más bien de imponérmelo- el poder, sutilmente y burdamente, a través de sus métodos totalitarios, por mucho que se disfracen de liberales. Ahí está la carrera de ciertos programadores de televisión y de ciertos publicistas para ver quién consigue ensuciar más la misma imagen de Dios que es el amor verdadero. |
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Se llama amor a cualquier cosa, y cuanto más lejos se está de él -y no necesariamente lo están siempre las prostitutas, pues no pocas parejas (hasta en este nombre que hoy suele darse al matrimonio se delatan) lo desconocen del todo- más tristes y dolorosas son las consecuencias. Hay cosas, las más valiosas de la vida, las más sagradas, que, en cuanto son objeto de compra-venta, dejan de ser lo que eran. Así el amor, cuya expresión más auténtica no es decirle al amado: ¡Te quiero, te deseo, te necesito...! -en definitiva, te considero un objeto para mi satisfacción-, sino más bien esto otro, reflejo límpido de su fuente divina: ¡Qué maravilla que existas! Es decir, tu vida tiene un valor absoluto, y no está en función de otra cosa. ¿Quién no desea ser amado de este modo?
Cuando se encuentra este Amor, queda rescatada esa imagen divina que nos constituye como verdaderos seres humanos, por ensuciada que estuviera, y entonces se entiende la advertencia del mismo Cristo: Los publicanos y las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos, porque ellos escucharon y acogieron sus palabras de perdón, y las todavía más profundamente expresivas del amor de Dios: ... y no peques más. Es decir, no cometas la torpeza de separarte de este Amor. |
La Magdalena
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Junto a la cruz aprende lo que costó expulsar de ella los siete demonios. Ciertamente ya antes era puro agradecimiento y entrega, y puso a disposición del Señor y los suyos todo lo que tenía. De su séptuple encadenamiento avasallador, pasó a una libertad desconocida, como alguien que de una prisión lóbrega sale al campo. Todo en ella la empujaba hacia su liberador, al que debía una existencia completamente nueva, absolutamente inesperada.
Por eso es indescriptible lo que experimenta en el Gólgota. El liberador terriblemente clavado, sufriendo tormentos hasta la muerte, y ella, la liberada, impotente para hacer ni lo más mínimo para liberarlo. Y sabe -y le resulta insoportable- que su libertad para amarlo ha sido comprada mediante este tormento. No puede volver a su prisión para redimirlo; debe soportarlo para que este precio exorbitante sea pagado. Se da cuenta de que la oferta de su amor no le ayuda a él a iluminar la noche oscura en la que lo sume el abandono de Dios. No puede ofrecerle a él su sufrimiento como alivio del suyo. Está solo, más allá del puente roto. El Señor regala a la mujer -como persona concreta y como símbolo de la Iglesia- esta libertad de no contar en su mensaje nada de su vivencia con Él, sino simplemente transmitir lo encomendado. Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras. Los hombres, que habían rechazado el mensaje de las mujeres como desatinos y, por ello, debieron tragarse la reprimenda de Jesús, asumen después el anuncio de la resurrección -Pedro a la cabeza-; el mensaje de las mujeres queda atrás (las mujeres no eran testigos válidos, según la ley judía). Pero este anuncio no se puede olvidar en cuanto es el mensaje de aquella Iglesia que permaneció junto a la cruz hasta el final y mereció ser la primera en tener la experiencia pascual. Hans Urs von Balthasar |