RetrocesoA&ONº 190/9-XII-1999SumarioDesde la feContinuar
Río Fugitivo, una novela sugerente
La fugitividad
de una memoria encariñada

La terminé a las veinticuatro horas de haberla comprado: Río fugitivo, del boliviano Edmundo Paz Solán (Alfaguara, Santiago de Chile, 1998). Hermosísima novela. Tierna y envuelta en ternura. De un prodigioso saber hacer. Y luego dicen algunos que la novela ha muerto. Quedé enternecido, apasionado, deslumbrado, emocionado; junto a él. En mi dar vueltas a las cosas cada vez más me adentro en una filosofía del cuerpo, en una filosofía de la carne; el leer esta novela ha sido un esplendor explosivo de lo que, en mi terreno conceptual, vivo como pensamiento.

La novela, y esto es lo que me ha seducido de ella, con lo que he sido seducido, es carne, carnalidad. Pocas veces en castellano -una literatura demasiado henchida de irisadas pompas de jabón, de mariposas amarillas, y poco transida por entrañas de humanidad- he sentido esa sensación embargadora de lo carnal como leyendo estas páginas, en donde aparecen seres de carne, en donde aparece esa dimensión mayor de lo que somos como hombres, el espesor de carnalidad. No quiero decir de sentimientos, aunque también, porque eso sería demasiado poco, demasiado confuso.

¿Cómo empezar a hablar de esta novela si no es por esas páginas púdicas y supremamente emocionantes que median el libro, en las que Roberto relata la muerte por sobredosis de Alfredo? El estupor primero cuando, en mitad de la noche, llamado sigilosamente por Eulalia, descubre a su hermano pequeño muerto. El descubrimiento de que Alfredo está ya en otro lugar, un lugar al que él no tiene acceso; de que le ha dejado instalado en ese recinto rectangular en el que buscará la nada. El ver cómo su vida entera cae encima suyo a modo de memoria, por las palabras que recrean la memoria de lo que es, y que sirven para transmitirnos la emoción amante de sus afectos, de las ternuras de su vida. Estupor de lo que de pronto se hace corporalidad en la memoria, la muerte de aquel a quien se quiere. Ahora, en el estupor, esa lejanía desencarnada muestra el límite: no era así, no era así como queríamos, pero apenas si supimos hacerlo ver, decirlo, sentirnlo, transmitirlo, ser recibido como afectuoso sentimiento, hacer que fuera verdad.

Nos hace descubrir algo fundante, que somos seres constituidos por la fragilidad de nuestro cuerpo, y en apertura de fragilidad hacia la fragilidad de los otros cuerpos, en mutuas relaciones de cariño, y constructores creativos de corporalidades que recojan esas relaciones de tierna fragilidad. Somos, pues, seres de ternura. Nos hace descubrir que es la memoria quien nos libra de la nada, pues, sin ella, la nada nos acecharía, se haría con nosotros, nos dejaría sin ser. Sólo su memoria, pues, retiene a Alfredo fuera de ella, como ser todavía querido, y, por tanto, en cuanto memoria. Siendo así, la nada pende sobre nuestras cabezas, nos acecha en cada recodo, espera que nos diluyamos en ella como en un mar, perdiendo nuestro ser. Mas la memoria nos libra de la nada.

La magia de las palabras nos construye un mundo corporal de acciones afectivas, que abren o cierran horizontes de futuro, que tienen siempre consecuencias contundentes. No es éste un discurso dominado por la racionalidad, que se construye como una acción racional -eso sería filosofía-, sino que es una expresión desde un punto de vista afectivo de cuerpos en sus relaciones, y que se construyen corporalidades. Sólo se atiene a una necesidad, la de manifestar ese punto de vista sobre el mundo, mejor sobre los cuerpos. Labor de imaginación en la que mediante la construcción de las palabras se intenta, se consigue expresar cómo estamos y quiénes somos. Pero, sabiendo la importancia radical de la imaginación en el juego de la racionalidad y de la acción, expresa, quizá, sobre todo, quiénes habremos de ser. Hemos descubierto lo que somos: cuerpo entre cuerpos, cuerpo creador de corporalidades entre cuerpos creadores de corporalidades. Seres de palabra. Creadores de realidad con la palabra. Seres de silencio. Silencio de palabras.

Ensoñaciones de la ciudad de Río Fugitivo creada por Roberto en busca de la literatura. Río Fugitivo que, tras mucho buscar en las externalidades, encuentra en las internalidades de sí mismo, en sus corporalidades, en la propia acción de su vida, en sus recuerdos; que es la fugitividad de su memoria encariñada. Relato de su sí mismo como enseñoreado por la memoria que hace emerger sus sentimientos, sus ternuras, como si, ahora, nombrándolas, relatándolas, adquirieran el espesor de consciencia que no tuvieron en su momento, pero que, sin embargo, ahí estaban creando corporalidades en mí mismo, fugitivas de mí mismo de no haber sido relatadas.

Siendo relato somos lo que vamos siendo. Relato de nuestra memoria en el que se hace presente realidad quien no está ya, de manera que en ese mismo acto de rememoración del relato adquiere un ser nuevo, distinto, su ser más verdadero, la verdad absoluta de su propio ser, del mismo ser del hermano muerto, y que ha cruzado ya a ese otro territorio, el verdadero territorio de la verdadera realidad. Como si adquiriéramos la total realidad en el relato, es decir, en la palabra expresada, en la palabra creativa. Como si, en realidad, fuéramos creados por la palabra. Como si en ella, en la palabra, adquiriéramos nuestro ser definitivo, nuestro ser más profundo, nuestro ser real. Realidad que ya no puede pasar, realidad hecha corporalidad, corporalidad del relato, corporalidad de las palabras. Como si con ella adquiriéramos la más carnal de nuestras realidades, nuestro propio ser carnal. Como si, finalmente, fuera la palabra la que hace, ¿recrea?, nuestro cuerpo y, ¿crea?, sus corporalidades. Como si tuviéramos que decir imperiosamente que somos hijos de la palabra, palabra que se hace relato, palabra que se hace historia; porque primero la palabra se ha hecho carne enmemoriada.

La prosa del relato de Paz Soldán es de una terrible calentura, pero volviendo paso a paso a ella, parece fría, precisa, sin emoción apenas, cuando, paradójicamente, la emoción que transmite es tal que el lector quiere gritar y puede hacerlo, quiere llorar y también puede, grita y llora. Comunión de ternuras a que arrastra la palabra.

Alfonso Pérez de Laborda