RetrocesoA&ONº 190/9-XII-1999SumarioDesde la feContinuar
Mensaje de Juan Pablo II al Consejo Pontificio de la Cultura
No se afirma al hombre
excluyendo a Dios

Han terminado los regímenes totalitarios ideológicos, pero siguen en pie ideologías que tienden a alejarse de la verdad y a excluir a Dios. Se condensa en estas líneas el mensaje que envió Juan Pablo II a la asamblea plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, que se celebró recientemente en el Vaticano sobre el tema: Por un humanismo cristiano, en la aurora de un nuevo milenio.

A pocas semanas de la apertura del gran Jubileo del año 2000, tiempo de gracia excepcional, -constata el Papa en su mensaje- la misión de anunciar a Cristo se hace más urgente; muchos de nuestros contemporáneos, especialmente los jóvenes, experimentan grandes dificultades al percibir que están sumergidos y desorientados por la multiplicidad de concepciones vigentes del hombre, de la vida y de la muerte, del mundo y de su significado.

Juan Pablo II explica que, con demasiada frecuencia, las concepciones del hombre que transmite la sociedad moderna se han convertido en auténticos sistemas de pensamiento, que tienen la tendencia a alejarse de la verdad y a excluir a Dios, creyendo que con ello están afirmando la primacía del hombre, en nombre de una pretendida libertad y de su pleno y libre desarrollo; de este modo, estas ideologías privan al hombre de su dimensión constitutiva de persona creada a imagen y semejanza de Dios.

Según el Papa, esta mutilación profunda se convierte hoy en una auténtica amenaza para el hombre, pues lleva a concebirlo sin relación alguna con la trascendencia. Una de las tareas esenciales de la Iglesia, en su diálogo con las culturas, consiste en guiar a nuestros contemporáneos en el descubrimiento de una sana antropología, que les lleve a conocer a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Por ello, el Santo Padre consideró que el humanismo cristiano no es una simple cultura, sino que implica una concepción del hombre que puede penetrar a todas las culturas. Ante la riqueza de la salvación traída por Cristo, se derrumban las barreras que separan las diferentes culturas. La locura de la Cruz, de la que habla san Pablo, es una sabiduría de una potencia tal que supera todos los límites culturales.

La sociedad globalizada, en muchos casos multicultural, puede engendrar el escepticismo y la indiferencia religiosa, constató Juan Pablo II. Es un desafío que hay que afrontar con inteligencia y valentía. La Iglesia no tiene miedo de la legítima diversidad, que hace lucir los ricos tesoros del alma humana. Es más, se apoya en esta diversidad para inculturar el mensaje del Evangelio.

Las reflexiones del Papa fueron recogidas por el cardenal Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, en las conclusiones de la Plenaria. Los participantes constataron en Roma que en la cultura dominante existe una fuerte tendencia que margina la fe cristiana, y con frecuencia ridiculiza las exigencias éticas del seguimiento de Cristo. Como resultado, se da casi un complejo de inferioridad por parte de los cristianos, que les impide ser levadura en la masa y sal de la tierra.

La relación conclusiva constató también algo que ya puso en evidencia la encíclica Evangelium vitae, de Juan Pablo II. En estos momentos tiene lugar una auténtica batalla entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte. La mayoría de las personas no es consciente de este desafío y vive sumergida en un materialismo inconsciente, en un hedonismo atractivo y en un pragmatismo sin transcendencia. Ésta es una de las grandes dificultades que experimenta hoy día la Iglesia: Convencer a la cultura dominante que Dios no es un rival de la grandeza y de la felicidad del hombre, sino que es el garante más seguro de su libertad y de su plena realización humana.

Según el cardenal Poupard, es necesario privilegiar otras sendas de encuentro con los hombres y las mujeres que viven en la cultura de nuestro tiempo, caracterizada por la indiferencia, a través del arte, la liturgia, la caridad efectiva, la alegría y la esperanza compartida; en definitiva, con el auténtico humanismo integral y solidario. Éste es el desafío de la inculturación del Evangelio en la cultura globalizada, un nuevo humanismo cristiano de dimensiones mundiales.

J. C.