RetrocesoA&ONº 190/9-XII-1999SumarioDesde la feContinuar

LIBROS
Felicidad
La felicidad consiste no en lograr lo que queremos, sino en que nos guste lo que tenemos. Manuel Leguineche -Manu para los amigos- es aficionado desde siempre a recoger, por el mundo adelante, consejos como éste, aunque luego dice que nunca los cumple. Manu Leguineche, de todos es sabido, es un periodista como la copa de un pino; lo que quizás no sabían muchos hasta ahora es que Manu es, además, un fabuloso escritor que escribe mejor, pero muchísimo mejor que la mayoría de los que pasan por escribir bien y, por supuesto, muchísimo mejor que los que se creen que escriben bien.

Para comprobarlo, si alguien lo duda, no tienen más que leer su último libro La felicidad de la tierra, recientemente publicado por Alfaguara. Es un diario del campo al que Manu se ha retirado -bueno, eso dice él- desde 1986, en una casa de piedra en medio del monte, a un tiro de piedra, como quien dice, de Hita. La verdad es que a ese retiro, que le compró a un curioso inglés, se retira Leguineche a la vuelta de cada uno de sus viajes que suelen ser largos, fabulosos y muy bien aprovechados; se refugia en su Tejar alcarreño, en sus partidas de mus, en sus conversaciones al calor de la lumbre con los viejos alcarreños, y luego escribe libros como éste que son, ya digo, una auténtica gozada.

En estas páginas cabe todo: la nostalgia de su tierra vasca y de su fe de niño, la visión campesina de la vida, la recuperación de tantas queridas y viejas palabras olvidadas, el trago de buen vino, la caza, los pájaros, las nubes, la lluvia o el hielo, la tertulia y la canción, las sabias reflexiones y la añorada esperanza de un mundo mejor, que Manu busca incansablemente por todas las esquinas del mundo y acaba encontrando en su tejar alcarreño. Luego escribe como quien no quiere la cosa: O se vive de religión, o de ilusiones… Así que ya les digo…


Reflexión

El no por temido menos lamentable mazazo que ETA acaba de asestar a la convivencia más o menos pacífica de nuestra sociedad, un mazazo que envilece y degrada a quienes empuñan esa maza, ha venido a poner, paradójica y dolorosamente, de plenísima actualidad estas 115 páginas que Ana María Vidal Abarca, fundadora de la Asociación Víctimas del Terrorismo y presidenta de ella hasta hace poco, ha escrito para Ediciones Martínez Roca. Su título ya lo dice todo: se trata de una reflexión tan desgarradora como lúcida que analiza a fondo la violencia desde diversas perspectivas: late en estas páginas un corazón humano angustiado pero sereno; late en ellas el dilema moral de una conciencia religiosa que siente la dificilísima necesidad de perdonar; late también la preocupación lógica por los afectados por el terror, por las víctimas que han perdido su vida, las inquietantes preguntas sobre el papel de la justicia y de la política ante el conflicto, el resurgir de las ideologías totalitarias, de las limpiezas étnicas, el papel de los medios de comunicación, acomodaticio a veces, ambiguo otras, responsable y valiente las más de las veces.

¿Que puede más, la rabia y la impotencia ante la barbarie, o la esperanza y el perdón cristiano? Para que exista el perdón, primero debe haber arrepentimiento sincero. Son páginas de una actualidad y de una vigencia verdaderamente difíciles de igualar. Leerlas precisamente en este momento puede ayudar a la necesaria reflexión a fondo.

M. A. V.