RetrocesoA&ONº 189/2-XII-1999SumarioEl Día del SeñorContinuar
Tercer Domingo de Adviento
Evangelio
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.

Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: ¿Tú quién eres? El confesó sin reservas: Yo no soy el Mesías. Le preguntaron: Entonces, ¿qué? ¿Eres tú Elías? Él dijo: No lo soy. -¿Eres tú el Profeta? Respondió: No. Y le dijeron: ¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo? Él contestó: Yo soy «la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor» (como dijo el profeta Isaías).

Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta? Juan les respondió: Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.

Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Juan 1, 6-8. 19-28

Tú puedes llamarme amigo
No hay como acercarse a la luz para reconocer la tiniebla. Ni como aproximarse a Dios para ver la propia nada y decir con santa Catalina de Siena que tú seas y yo no sea. La experiencia religiosa, si es verdadera, avanza por el camino de la afirmación de Dios y de la negación -incluso verbal- de uno mismo. Juan Bautista afirma de sí que no es el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. No es la luz, sino testigo de la luz. No es la Palabra, sino la voz que grita abriéndonos el oído para escuchar y acoger al Verbo de Dios.

Al hombre le gusta brillar con luz propia, despertar la admiración hacia sí mismo y situarse en el punto de mira de los otros. Lejos de negarse, se autoafirma osando ocupar el lugar de Dios, como pretendieron los padres del ateísmo moderno. Elevar al hombre a la cima de su yo idolatrado es la tentación original -Seréis como dioses, oye Eva en el Paraíso- y la mayor caída. El hombre cae desde la ilusión de su apogeo al morir morirás, fruto y castigo de su soberbia. No es necesario citar ejemplos de cómo el hombre se destruye cuando lucha por ser Dios a base de fuerza y voluntad propia: el siglo XX, que concluye, los ofrece en abundancia. El hombre que se hace Dios a su medida es el verdadero Anticristo, que busca redimirse a sí mismo; es la oscuridad que, en su afán de ser luz, se abisma más y más en su negrura. Ridículo es el hombre que dice de sí yo soy la luz. Cuando su vida se extinga con el último aliento, todos se mofarán de él.

Paradójicamente, la luz ha venido a la tiniebla pasando por la noche del hombre. Cristo es la luz que ha querido palidecerse al tomar nuestra carne oscura. Para no cegarnos, ha velado su luz hasta el punto de no brillar, dejando su forma divina y pareciendo en su porte como uno más. Y en su acercamiento a nosotros, por el camino de la negación de sí, sucedió el mayor drama: La luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no la acogieron.

Quienes, como Juan, sí recibieron la luz y aceptaron su compañía, aprendieron pronto que creer en Cristo era sinónimo de humillarse, caminando bajo su magisterio como limpios testigos de la luz. Y así, la máxima cercanía de Cristo se da en el reconocimiento de la infinita distancia que nos separa de Él. Cuando María se convierte en su morada, se reconoce humilde esclava; cuando Jesús se manifiesta a Pedro, éste se confiesa pecador. Y Juan Bautista nos enseña en Adviento aquella verdad que san Agustín ponía en sus labios: Tú puedes llamarme amigo, pero yo me considero siervo.

+ César Franco
Obispo auxiliar de Madrid


Año de Gracia
Me sorprende que tan pronto hayáis abandonado al que os llamó por amor a Cristo, y os hayáis pasado a otro Evangelio. No es que haya otro Evangelio, lo que pasa es que algunos os turban para volver del revés el Evangelio de Cristo. Pues bien, si alguien os predica un Evangelio distinto del que os hemos predicado -seamos nosotros mismos o un ángel del cielo-, ¡sea maldito! Os lo dije antes y os lo repito ahora: Si alguien os predica un Evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea maldito!

Hermanos: Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado nuestra adhesión a la fe. Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecado, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.

Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo, se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

San Pablo
(Gálatas 1 y 1 Corintios 15)