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Los obispos de la Iglesia en España dirigimos una mirada de fe hacia la centuria que nos ha situado en los umbrales del tercer milenio del cristianismo. Siguiendo las huellas del Concilio Vaticano II, deseamos escrutar hoy los signos de los tiempos, de estos tiempos: el siglo XX. No pretendemos erigirnos en jueces de la Historia. Queremos abrir nuestros ojos con humildad y verdad a algunos de los acontecimientos y situaciones que podemos leer como señales de la presencia activa de Dios en nuestra Historia.
-Los acontecimientos de que hablamos son de distinto signo: unos, señales de vida, otros de muerte. Antes que nada, damos gracias a Dios y le glorificamos por el don mismo de la fe. En el siglo que termina los ataques sistemáticos a nuestra fe cristiana han alcanzado una gran virulencia. Hasta tal punto que, como ha recordado Juan Pablo II, al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires. El testimonio de miles de mártires y santos ha sido más fuerte que las insidias y violencias de los falsos profetas de la irreligiosidad y el ateísmo. He aquí el gran milagro de nuestro tiempo. -El Concilio Vaticano II (1962-65), muestra extraordinaria de la cercanía de Dios a los hombres de nuestro tiempo, ha sido el gran instrumento de renovación de la Iglesia universal. Mientras Roma era testigo de aquella magna asamblea, España se encontraba en un momento crítico de su evolución social, económica y política. La vivencia y la doctrina conciliar aportaron a nuestras Iglesias el impulso y la lucidez necesarios para situarse de modo evangélico y creativo en la coyuntura de nuestra sociedad. -La encíclica Rerum novarum, de León XIII, abre uno de los capítulos más notables del pensamiento y la acción de los católicos en el siglo XX: la doctrina social de la Iglesia. Juan Pablo II, al celebrar en 1991 el centenario de aquella carta magna con su encíclica Centesimus annus, ponía de relieve la hondura de unos principios, arraigados en la visión cristiana del ser humano, que se han mostrado capaces de resistir al paso del tiempo y a las dramáticas ilusiones de los totalitarismos de diverso cuño que han lacerado tantas vidas en estos años. |
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-Sobre los pilares básicos de la dignidad de la persona, como fuente de los inalienables derechos sociales y políticos del ser humano, y del principio de subsidiaridad, como clave de una organización de la vida social tan alejada del colectivismo como del individualismo, destacados líderes sociales y políticos católicos prestaron una contribución impagable a la construcción de la democracia social en la Europa de este siglo.
-El siglo XX ha sufrido y sufre todavía guerras y violencias inauditas, hoy sobre todo en el llamado tercer mundo, pero ha sido también el siglo de la paz; todavía más de agradecer para nosotros es la paz disfrutada por nuestro pueblo en la segunda mitad del siglo. Tanto los conflictos externos como los enfrentamientos internos han dado paso a una creciente concordia social que es casi seguro el mejor legado de nuestra Historia reciente al nuevo milenio; no debemos dilapidarlo. La Constitución de 1978 no es perfecta, como toda obra humana, pero la vemos como fruto maduro de una voluntad sincera de entendimiento y como instrumento y primicia de un futuro de convivencia armónica. -La construcción de una nueva Europa unida es también un fenómeno del siglo que termina que nos llena de esperanza. La caída del muro de Berlín en 1989 nos alienta a esperar que los enfrentamientos ideológicos y militares den paso a una casa común europea construida sobre los cimientos de la libertad, la justicia y la solidaridad con otros pueblos, en particular con los más ligados a Europa por razones geográficas o culturales. -Terminamos esta alabanza de Dios por su fidelidad y sus grandezas para con nosotros agradeciendo al Espíritu Santo que su conducción de la Iglesia a través de los tiempo se haya hecho especialmente patente en una serie tan extraordinaria de los Papas del siglo XX. No podemos dejar de mencionar a los más cercanos: Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. -Confesamos nuestros pecados, los de los hijos de la Iglesia y los de todos nuestros contemporáneos, ante Dios, que manifiesta de modo supremo su omnipotencia con el perdón y la misericordia. Si evocamos ahora algunos acontecimientos y situaciones que aparecen a los ojos de la fe como lesivos de la integridad de la vida del hombre y, por tanto, como pecado contra el Creador bueno no es para acusar a nadie ni tampoco para justificarnos ante nadie. Dios es el que justifica y libera del pecado. -El primer pecado de los hombres del siglo XX ha sido tal vez la autosuficiencia del «tiempo moderno». Los hijos de la Iglesia hemos participado de esta gran debilidad. Las innegables conquistas de la ciencia y de la técnica, los logros alcanzados en la organización de la vida social y en la conciencia de la dignidad de todos los hombres han conducido a muchos a pensar que, por fin, la Humanidad estaba a punto de construir el cielo en la tierra. La palabra progreso, convertida en bandera de una confianza ilimitada en las capacidades del ser humano para construir un futuro inexorablemente mejor, ha sido idolatrada como la fuente única del sentido de la vida. El progreso ha llegado a ser confundido con la salvación que sólo Dios puede ofrecer. -La autosuficiencia del tiempo moderno trae consigo el secularismo, que seca las raíces de la esperanza. El hombre adulto, fascinado por su nueva instalación en el mundo, cegó poco a poco las fuentes de la esperanza en la Vida eterna y se fabricó un sucedáneo de ella: las utopías terrenas. Pero éstas no pueden satisfacer el anhelo de vida que anida en el corazón de los hombres. Acaban defraudando. Los cristianos hemos permitido con demasiada frecuencia la secularización más o menos oculta de nuestra fe y nuestra esperanza. |
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-Los enfrentamientos atizados por nacionalismos excluyentes e ideologías totalitarias, que pretendían hacer realidad por la fuerza las utopías terrenas, arrastraron al mundo y, en particular a Europa, a violencias inauditas. La paz de la segunda mitad del siglo no llegó sino después de las guerras más devastadoras y totales que ha conocido la Historia. A las acciones bélicas destructoras de ciudades y países enteros hay que añadir los intentos de exterminación de pueblos, razas y grupos sociales y religiosos llevados a cabo con frialdad calculada para conseguir determinados objetivos programáticos, carentes, de raíz, del más mínimo respeto al ser humano.
-También España se vio arrastrada a la guerra civil más destructiva de su historia. No queremos señalar culpas de nadie en esta trágica ruptura de la convivencia. Deseamos más bien pedir el perdón de Dios para todos los que se vieron implicados en acciones que el Evangelio reprueba, estuvieran en uno u otro lado de los frentes trazados por la guerra. La sangre de tantos conciudadanos nuestros derramada como consecuencia de odio y venganzas, siempre injustificables, y en el caso de muchos hermanos y hermanas como ofrenda martirial de la fe, sigue clamando al Cielo para pedir la reconciliación y la paz. -Para quienes ejercen la violencia terrorista pedimos la conversión y el perdón de Dios, que se traduzcan sobre todo en el abandono definitivo de sus acciones violentas. -El siglo del desarrollo económico y social, que ha hecho posible incluso el inicio de la conquista del espacio, es también el siglo de la miseria más repulsiva y letal de poblaciones enteras. El contraste que representan pueblos desnutridos y sin acceso a la educación ni la sanidad en las pantallas de los televisores de sociedades del despilfarro y del consumo, muestra con evidencia las estructuras de pecado del mundo que nos deja el siglo XX. No quiere Dios la miseria ni la muerte. Las situaciones humillantes de tantos niños sin pan y sin escuela, sometidos a infames condiciones de vida, ha de golpear las conciencias de quienes tenemos de todo, hasta el capricho. -Terrible estructura de pecado del siglo XX es también la cultura de la muerte. El hombre adulto se ha sentido autorizado para disponer de su propia vida y de la vida de los demás, pensando encontrar de ese modo solución a determinados problemas. El homicidio ha pasado así a ser considerado, en determinadas circunstancias, como un hecho que debe ser tolerado e incluso regulado por el Estado y como un supuesto derecho de los individuos que debería ser reconocido. Es el caso del crimen del aborto y también de la eutanasia. La Iglesia no quiere dejar de pedir perdón al Señor de la vida por tantas vidas inocentes brutalmente privadas de su derecho a ver la luz, así como por tantos ancianos, enfermos o discapacitados, cuya vida es minusvalorada, amenazada e incluso eliminada en virtud de cálculos de pura eficacia material. El ingente negocio de las drogas siembra también la destrucción y la muerte, con frecuencia entre los jóvenes. Y ¿qué decir del comercio de las armas, terribles instrumentos de muerte a los que se destinan recursos que son tan necesarios en otros sectores al servicio de la vida? Los hombres del siglo XX han quebrantado de un modo espantoso el precepto natural y divino que prohibe matar. Ahora es el tiempo de la conversión, del arrepentimiento y del perdón. -La familia ha sido siempre objeto de la atención y del cuidado de la Iglesia como institución básica para la vida de las personas y de los pueblos. El individualismo y el colectivismo, extremismos ideológicos sufridos por el siglo que termina, han atenazado a la familia dificultando notablemente su desarrollo equilibrado. A esta dificultad se añaden una cierta redefinición de las relaciones entre el varón y la mujer basada en criterios de mera competencia social y también la llamada revolución sexual, que tiende a desligar el sexo del amor y el ejercicio personal de la sexualidad de la procreación de las personas. En consecuencia resulta gravemente dañada la «ecología» humana fundamental, es decir el ambiente familiar sostenido por el compromiso matrimonial, en el que se cultivan la vida y los valores de la persona. Incluso la supervivencia del género humano resultaría a la larga amenazada, como ponen de relieve las bajísimas tasas de natalidad de los países más afectados por las crisis de la familia, entre ellos España. -Hoy no pocos contemporáneos nuestros, decepcionados por el fracaso de tantas promesas falsas y de tantos mesianismos terrenos, parecen haber perdido la esperanza y el verdadero gusto por la vida. Como si ya no se contase con un hacia dónde, con una meta que confiera finalidad y sentido al camino de la Humanidad, son bastantes los que viven entregados al goce efímero y al provecho fácil y con frecuencia injusto. La esperanza es posible. Nuestra fe nos da la humilde certeza de que la vocación del ser humano a la esperanza no es absurda, sino razonable y realizable. La caridad es el amor al que la de fe da vida. Es el destino de la Historia humana. La caridad es el alma de la justicia; no podrán ir disociadas. -La transmisión de la fe y de los valores cristianos a las generaciones jóvenes constituye uno de los desafíos más fundamentales que nos encontramos en esta coyuntura histórica. Asumimos con decisión este desafío como tarea fundamental. Confiamos en el hombre porque confiamos en Dios. La confianza en Dios nos permite aprender del pasado, incluso de nuestros errores y pecados. -Los católicos saldrán sin duda fortalecidos en la fe de la celebración del Jubileo y mejor capacitados para ser sal de la tierra. A quienes se han alejado de la fe les invitamos a escuchar otra vez la llamada y la promesa del Señor, la que no defrauda. A todos os deseamos de corazón la paz y la gracia de Jesucristo. |