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No ha sido fácil reunir en Madrid las 44 obras del artista que ofrece esta maravillosa exposición. La mayoría formaban parte de retablos o de pasos procesionales, estaban en conventos e iglesias, y, a menudo, estaban expuestas al culto a lo largo y ancho de la geografía española; por no mencionar el peso y tamaño de buena parte de las esculturas, no precisamente aptas para ser desplazadas, y el mal estado de conservación de algunas de ellas, lo que ha obligado a su restauración.
Otro punto ciertamente conflictivo, a la hora de abordar a Gregorio Fernández, es dilucidar qué piezas se le pueden o no atribuir. El momento de la exposición es, en este sentido, idóneo, y constituye la coronación de la ingente labor de numerosos investigadores españoles y extranjeros a lo largo de los últimos años, que ha permitido profundizar y clarificar la obra de este gran representante del barroco español. Se ha buscado en la exposición ofrecer una muestra de los distintos períodos por los que pasa la producción del escultor, desde sus inicios manieristas y elegantes, a la expresividad de su estilo de madurez, con la búsqueda de efectos lumínicos y con un realismo ya sin concesiones. Junto a las 44 obras de Gregorio Fernández, se exponen además un retrato del escultor, realizado por Diego Valentín Díaz, documentos de la época, entre los que figura una carta de Felipe IV, y un San Juan Evangelista, de Francisco Rincón, su maestro durante los primeros años en Valladolid. |
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Pero, al margen de su valor artístico, la obra de Gregorio Fernández es muestra privilegiada de uno de los rasgos característicos de la religiosidad popular española, extendida después a los territorios de ultramar: una sensibilidad muy peculiar que tan importantes frutos dio a la evangelización y que hoy, rehabilitada de las acusaciones de superchería y superstición, o en el mejor de los casos de propia de mentes analfabetas, empieza a ser valorada en sus justos términos.
No fue artista que esculpiera para museos. Su obra está destinada al culto. Trabaja para Órdenes religiosas, cofradías e iglesias parroquiales, y sintoniza a la perfección con los objetivos de la Contrarreforma. El artista asume la función de un pedagogo, muestra con imágenes todo aquello que la palabra jamás podrá abarcar: imágenes vivas, reales y cercanas que rezuman piedad y dramatismo; imágenes capaces de hacer revivir y de situar al hombre frente a frente ante el Misterio. Ricardo Benjumea |