RetrocesoA&ONº 190/9-XII-1999SumarioTestimonioContinuar
La lección de un abuelo
Don José era el hombre más trabajador de su pueblo. Ahora, casi inútil, pasaba los días en casa de los hijos que eran cuatro. Un mes en la casa de uno y otro mes en la casa de otro. Para esto había repartido ya sus bienes. Pero la carga se fue haciendo pesada, principalmente cuando el dinero del tío argentino dejó de llegar.

Un día resolvieron los hijos llevarlo a una asilo, alegando mil pretextos: carestía de vida, salarios escasos, muchos hijos…Unas lágrimas corrieron por sus arrugadas mejillas, ante la ingratitud de los hijos.

Llegado el día don José apretó la mano de algún compañero de tertulia que acudió a despedirlo, emocionado y lloroso. Estaba subiendo al coche que lo llevaría a la residencia, cuando llegó corriendo, jadeando un nieto:¡Abuelo José, espera un poco. Te traigo una noticia. El cartero acaba de traernos este oficio del Consulado de Argentina. Dice que se ha muerto tu hermano y, abierto el testamento, te ha dejado una gran herencia!

Papá, gritaron los hijos y las nueras. ¡Queridísimo papá! Ya no irás al asilo. Tienes lugar. Vente a nuestra casa.

Pero don José no se alteró con la noticia. Indiferente a todo, subió al coche, ayudado por sus amigos. Y asomando la cabeza por la ventanilla dijo con voz solemne: Hijos míos, ese papel no cambia mi situación.Me voy al asilo. Las buenas hermanas y los otros ancianos abrieron sus brazos para recibirme cuando era pobre. Ahora no es justo que los desprecie a cambio de veinte millones.

de Iglesia en Plasencia