RetrocesoA&ONº 191/16-XII-1999SumarioContraportadaContinuar
La Comisión celestial
del Anuncio

El ambiente estaba más cargado de lo habitual. El arcángel Gabriel presidía, con particular unción, la reunión de la Comisión de Anuncio de la corte angélica. La convocatoria, con carácter de máxima urgencia, había supuesto una pequeña gran revolución en la corte celestial. La nota, escueta, redactada sin formalismos, dejaba bien claro el objeto del inusual encuentro: Había llegado la hora. En aquellos días y en aquella hora —había dicho el profeta Jeremías—, suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra.

En su primera intervención, Gabriel, glosando los textos de los Profetas y de los Reyes, había recordado la relevancia que para el Plan de Salvación tenían las conclusiones de este nuevo encargo. Así dice el Señor —repetía de forma cadenciosa—: Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel... Pero tú, Belén de Efratá, pequeña entre las aldeas de Judá...

Las intervenciones de los especialistas en mensajes de Buena Nueva se sucedieron como una cadena de buenas intenciones. Parecía que estaban llegando a un consenso implícito respecto a la estrategia, a corto, medio y largo plazo, del Gran Anuncio a la Humanidad del nacimiento del Salvador. La campaña se basaría, en consonancia con otros acontecimientos acaecidos al pueblo elegido, en una impresionante manifestación del poder del Altísimo. Luz, viento, música de los cuerpos celestes, poder soberano, gloria y majestad. Todo un proceso adaptado a las necesidades más íntimas de los hombres y de las mujeres que esperaban la venida del libertador de Israel. Además, se solicitaría, por medio de infalible sueño revelador, la participación de los Magos de las cortes y palacios, para que contribuyeran a crear un clima favorable en la opinión pública.

La euforia llegó hasta tal extremo que un joven ángel, graduado en no sé qué título de márketing y relaciones públicas, apuntó la necesidad de que la Virgen Madre fuera a visitar al emperador para ofrecerle la jugosa primicia. Todos guardaron silencio. Algunos asentían; los más, esperaban algún gesto de quien presidía el peculiar cónclave. En ese momento, un miembro de la sección celeste de mensajes urgentes entró para entregar a Gabriel una nota de última hora. El arcángel presidente de la Comisión de Anuncio comenzó a leer en silencio. Un silencio roto, a los pocos segundos, por su voz entrecortada, que decía:

María ya se puso en camino y fue por la montaña, a prisa, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espírtu Santo, y dijo a voz en grito: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!»

José Francisco Serrano