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Para qué estás casado?, pregunta el niño angelical del anuncio en TV. Para tener hijos. ¿Y no se puede tener hijos sin casarse? Sí, claro. Y el niño angelical concluye: Entonces, ¿para qué sirve estar casado? Y ahí queda ya, insertada como dogma absoluto ¡ay de aquel que se atreva a ponerlo en duda! en las mentes y en los corazones de innumerables telespectadores, de todas las edades y condiciones sociales, bombardeados por este y tantos otros mensajes publicitarios cada vez más a la orden del día, esa diabólica mentira que trastoca, en su misma raíz, el ser mismo de la naturaleza del matrimonio y de la familia... y de la vida misma.
Hay que felicitar a tantos buenos publicistas que aciertan plenamente, con ingenio, finura y profesionalidad, en su tarea. Pero es evidente también que, últimamente, arrecia en los medios de comunicación una campaña, cuyos programadores y coordinadores tiran la piedra y esconden la mano, al servicio de esa cultura que hoy nos invade, tan certeramente definida por Juan Pablo II como de muerte, por mucho que se disfrace de apariencia de vida, de alegría y de libertad. Porque no otra cosa que muerte es la consecuencia de todo aquello que da la espalda a la verdad. Ya nos enseña la Biblia que, por la envidia del diablo ¡el padre de la mentira!, entró la muerte en el mundo. Muchos otros anuncios, de modo significativo, ponen en evidencia la sed de vida infinita que todos los seres humanos llevamos dentro. ¡La mayor alegría de tu vida!; Contigo, al fin del mundo... Incluso estos |
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Ha llegado un momento, sin embargo, en el que hasta el disfraz parece haberse vuelto innecesario. Satanás y lo satánico campan cada día más por sus respetos, y ya hasta parecen no necesitar del niño angelical para machacar la verdad del matrimonio y de la procreación humana, ni de bellas señoritas para dar el gato de las vanidades por la liebre de la auténtica felicidad. Hasta los cabecillas de ETA ya se dan a sí mimos, sin ambages, el nombre de Demonio, y esa serie televisiva, recién estrenada, que utiliza como leit motiv el Camino de Santiago no precisamente para mostrar la realidad que construyó la auténtica grandeza de Europa no tiene reparo alguno en anunciarse de esta guisa: Iban buscando la vida al final del camino y encontraron la muerte. ¿Por qué se recurre a motivos cristianos cabe preguntarse para transmitir lo más contrario al cristianismo que imaginarse pueda, si no es porque se ha apostatado de la fe, es decir, porque se ha cedido al diablo?
¿Hay que rechazar, entonces, la publicidad como algo diabólico? ¡En absoluto! A quien hay que rechazar es al diablo, que si manipula la publicidad es porque antes ha manipulado a los que la hacen, y a los que la reciben. ¿Acaso no eran publicistas, y de primer orden: ¡anuncian nada menos que La Buena Noticia!, los cuatro evangelistas; y antes aún el mensajero divino que llevó su anuncio a la doncella de Nazaret? Lo que os digo al oído ordena Jesús a sus discípulos, ¡anunciadlo desde los tejados! Cuando la Buena Nueva de Jesucristo es acogida, el diablo nada tiene que hacer, y ya no hay gato por liebre que valga, porque todas las cosas quedan rescatadas de la mentira y de la muerte, también los regalos en Navidad, que adquieren de este modo su razón de ser. Todo, entonces, ocupa su verdadero lugar, que es el de servirnos y no el de esclavizarnos. |
La batalla
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En el libro de Job, Satán es un ángel en el cielo que acusa a los hombres y los puede probar. En el Apocalipsis, sin embargo, tras la ascensión del Mesías, se entabla una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchan contra Satán y sus secuaces, y no hubo ya en el cielo lugar para éstos... Y fue arrojado el gran dragón... y sus ángeles fueron arrojados con él... Su furor es grande, porque sabe que le queda poco tiempo. En este libro de visiones, el diablo sólo despliega su poder sobre la tierra después de la llegada de Cristo.
Cuando Jesús ve caer a Satán del cielo como un rayo, esto significa para los hombres y para la Iglesia dos cosas en especial. Primeramente, la confirmación fundamental de la victoria final; pero, asimismo, la advertencia de que la lucha final la historia de la Iglesia será sobrehumanamente dura. Jesús les dice esta palabra a los discípulos que regresan, que cuentan alegres: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Él corrobora esta superioridad, que se debe al poder que ha concedido a la Iglesia: Os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo. Sin embargo, no ha de embargarlos este sentimiento de victoria, sino la alegría de que vuestros nombres están escritos en los cielos, allí, por tanto, donde Miguel y los suyos han vencido al gran Dragón, la Serpiente antigua. Sólo en el cielo está la batalla ganada; en la tierra continúa. Y Jesús utiliza para hablar de ella las imágenes más vigorosas: Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. El discurso de misión en Mateo es un continuo baño alterno de amenazas gélidas y cálidas consolaciones: guardaos de los hombres, os llevarán ante los tribunales y os azotarán, pero no os preocupéis. Quien persevere hasta el fin se salvará. A vosotros, mis discípulos, no os irá mejor que a mí, el Maestro; por eso, no les tengáis miedo. Pueden mataros, pero no pueden hacer nada a vuestras almas. No temáis. Por eso la última consigna dice así: El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Hans Urs con Balthasar |