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Se ha dicho que el elemento más fecundo y positivo, tanto del progreso de la ciudad como de la educación de cada ser humano, consiste en comprender que los débiles son importantes. Asistimos hoy a un rápido deterioro de cosas y valores que ha costado tanto tiempo conquistar, y que costará otro tanto recuperar. En Medicina, en muchas partes, los débiles están llevando las de perder. Se ha dado marcha atrás al reloj de la Historia y, en algunos aspectos, estamos regresando a una Medicina precristiana, donde la inutilidad terapéutica condicionaba la abstención médica. Platón resume, en La República, la actitud de los médicos griegos con estas palabras: Esculapio enseñó que la medicina era para los de naturaleza saludable pero que estaban sufriendo una enfermedad curable. Él les libraba de su mal y les ordenaba vivir con normalidad. Pero a aquellos, sin embargo, cuyos cuerpos están siempre en un estado interno enfermizo, nunca les prescribía un régimen que pudiera hacer de su vida una miseria más prolongada. La medicina no era para ellos.
Tuvo que venir la caridad cristiana para añadir el arte médico al arte caritativo. El hospital nace con la cristiandad como el marco en que la enfermedad es pacientemente sobrellevada, donde la desgracia es convertida en ocasión dichosa, donde la compasión del cristiano es puesta a prueba en el sufrimiento del prójimo. Ser débil es, en la tradición deontológica cristiana, título suficiente para hacerse acreedor a un respeto máximo, a una protección privilegiada. Ahora, en los ambientes dominados por actitudes individualistas y de eficiencia económica, la fragilidad avanzada viene a ser la marca para el abandono. Muchos médicos, traicionando su vocación de protectores de la vida humana, tratan de racionalizar la marginación de los débiles. Pretenden que la Medicina regrese a tiempos precristianos. Y, al mismo tiempo, asignan a la nueva Medicina el proyecto nuevo del acrecentamiento de la salud, la maximación del bienestar, el sobrerrendimiento físico, el poderío psiconeurológico, la estética corporal. |
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La nueva tendencia sustituye la noción de sacralidad de la vida humana por la de calidad de vida. Exige que la vida de cada individuo alcance un nivel crítico, por debajo del cual la vida carece de dignidad. Resulta así una Medicina para los fuertes y bien dotados, pero de corazón duro. Es ilusorio pensar que el eslogan Salud para todos pueda cambiar la condición esencialmente débil y vulnerable del hombre, pues ser hombre equivale a recibir cada uno su lote de dolor e incapacidad. La vida de cada hombre incluye la capacidad de sufrir y la aceptación de la limitación. Aquí radica el núcleo humano de la Medicina: no triunfar absolutamente sobre el dolor o la muerte. Tan exigente de ciencia y de competencia es la operación de aplicar las terapéuticas más modernas, casi milagrosas en su eficacia, como la de administrar cuidados paliativos, que requieren muchos conocimientos y el dominio de lo que yo creo que es lo más difícil del arte médico: decir al enfermo que el hombre está hecho para soportar las heridas que, en su cuerpo y en su espíritu, abre la enfermedad y el paso de los años, y que la aceptación de esas limitaciones es parte del proceso de humanización.
No se es verdaderamente humano si no se acepta un cierto grado de flaqueza en uno mismo y en los demás. Eso se nos exige como parte de cumplir con el deber de ser hombre. Pero ésta no es una idea popular. Algún día se echarán las cuentas de lo que ha supuesto nuestro tiempo para el respeto de la debilidad. Vistas las cosas en correcta ética cristiana, cada acto de servicio a los débiles y pequeños, vale más que secuenciar el genoma de una bacteria. Tanto para Dios valen los débiles. Gonzalo Herranz |
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Difícilmente sobre estas bases se puede construir un futuro de progreso verdadero para las personas, que les haga responsables y protagonistas de su propia historia. La Iglesia, que aprecia el sistema de la democracia, pero que sabe también que una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana, y que una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto (Juan Pablo II, encíclica Centesimus annus, 46), quiere, desde su misión propia, contribuir decididamente a que el futuro que hemos de construir entre todos, en Córdoba y en todas partes, sea precisamente eso: una sociedad de hombres y mujeres libres, capaces de convivir sin resentimiento en el respeto mutuo, y de trabajar juntos por el bien común.
+Javier Martínez |