|
|
Tres películas son suficientes para sacar algunas conclusiones. Mateo Gil, el guionista de Tesis y de Abre los ojos, ambas de Alejandro Amenábar, es ahora el director y también guionista de Nadie conoce a nadie, producida por Sogetel (PRISA) y Maestranza (la que produjo Solas). Alfa y Omega no es el lugar para alabar la excelente sintaxis de sus guiones y la atrevida puesta en escena de las tres obras. Aquí nos interesa más su semántica, su trasfondo antropológico.La historia de Nadie conoce a nadie, basada en un texto de Juan Bonilla, es un thriller en el que unos descerebrados y nihilistas jugadores de rol ponen en jaque la Semana Santa sevillana, sembrándola de atentados brutales. Al héroe Simón (Eduardo Noriega) le tocará salvar a los fieles sevillanos de la última gran catástrofe. Se podría criticar el mal gusto de escoger el marco procesional y devoto como escenario de esas monstruosidades. Quizá se comprende que, para un cineasta para quien el cristianismo no significa absolutamente nada, la Semana Santa sevillana ofrece unas posibilidades cinematográficas inigualables. Aunque pudiera compartir la antedicha acusación de irreverencia, no me parece lo más significativo (ha habido obras maestras del cine, como El Padrino III, donde también hemos visto cosas parecidas sin escándalo). Lo que realmente me interpela de este filme es lo mismo que me inquietó en Abre los ojos, y un poco menos en Tesis: su mirada sobre el hombre. Percibo en ellas la misma mirada que la de El Sapo, el malo de Nadie conoce a nadie: cínica, volteriana, profundamente nihilista, irónicamente socarrona y con grandes ínfulas de Ilustración. El personaje de Andrés, el cura, lo dice claramente: Si no se cree en algo grande, al final se cree en cualquier cosa. ¿En qué cree Mateo Gil, que, por cierto, mata a ese cura al poco de empezar la película? Pertenezco a una generación dice el cineasta cuya principal característica es la falta de creencias de cualquier tipo (religiosas, ideológicas, políticas, etc.). |
|
Esta actitud, expresamente asumida por el director, se tradujo en Abre los ojos en un árido positivismo aterradoramente desesperanzado; ahora lo hace en una iconoclastia radical hacia aquello en lo que otros creen y que él es incapaz de entender. La penúltima secuencia de Nadie conoce a nadie que obviamente no voy a desvelar es el desenmascaramiento definitivo de esta posición: detrás de los objetos de culto religioso no hay nada más que sombra de muerte e ignorancia. Esta posición racionalista y decimonónica rancia hace que la gente sencilla, la gente del pueblo, no entienda las películas de Mateo Gil, y que, en el caso de esta última obra, les irrite profundamente. Es un síntoma muy revelador. Yo tampoco comulgo enteramente con la espiritualidad de la procesión sevillana, pero me rindo ante la dignidad profundamente respetable de un pueblo que le grita al Misterio la condición humana en el lamento de una saeta o en el caminar descalzo de una promesa.
Es, como siempre, un problema de humildad de la razón. Hitchcock maestro del género se reía del espectador, no de la condición humana. Fritz Lang, John Ford, Billy Wilder, Truffaut, Orson Welles, David Mamet... ¡qué sé yo cuántos cineastas han hecho thrillers y han sido grandes por no elevarse por encima de los hombres, por no burlarse de los deseos que ellos mismos compartían! En fin, dejemos que el tiempo y la experiencia del joven Mateo Gil le lleven poco a poco a descubrir que lo más razonable no es escamotear los deseos más profundos del corazón, y que cuando lo descubra, probablemente su talento cinematográfico indiscutible se verá multiplicado por cien. Porque para hacer cine inmortal hay que conocer al hombre, y me pregunto si Gil y Amenábar conocen siquiera quiénes son ellos mismos. Juan Orellana |