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De lo pintado, a lo vivo
De allí nos ha llegado una película que conviene ver. La ha concebido y dirigido Franco Zeffirelli, un director que ya supo crear años atrás un espléndido Jesús de Nazareth cuando algún compatriota suyo, como Pasolini, abordaba los asuntos bíblicos con un aliento corto, por demasiado terrenal.
Esta vez, Zeffirelli ha trazado en Té con Mussolini un divertido relato del choque entre una revolución, en este caso la fascista por antonomasia, y una minoría tradicional, la de las viejas inglesas enamoradas de Florencia donde han decidido vivir. La cinta apenas contiene referencias religiosas; pero sí recoge esos valores que han inspirado a muchas generaciones más allá de sus diferencias y que, por ejemplo, son comunes a los católicos italianos y a unas protagonistas de quienes puede suponerse que son anglicanas además de británicas. Son los valores, por ejemplo, del amor al niño, en este caso al huérfano que Zeffirelli fue; y también a la generosidad, encarnada en quien menos podría imaginarse que la ejerciera, una norteamericana tan rica y refinada como frívola.
De aquí permanecerá por mucho tiempo y dará continuo fruto el Congreso Católicos y vida pública, que fue organizado la Fundación Universitaria San Pablo CEU. Habrá nuevas pruebas de ello; pero ya encontramos una en la mezcla de silencio y desdén con que lo han acogido algunos comentaristas para quienes esas dos dimensiones de la persona son incompatibles; para ellos, la obligación del creyente es la de esconder la luz debajo del celemín, que es exactamento lo contrario de lo que pide el Evangelio.
Un aspecto relevante de esta asamblea es el de que sus promotores no pidieron el carnet a ninguno de quienes participaron. Y basta ver la lista de ponentes, comunicantes y miembros del Comité organizador para comprobarlo. Felizmente desaparecidos entre nosotros los partidos confesionales, que sin duda tuvieron su razón de ser antes del Concilio del Vaticano II, cabe hoy la presencia de católicos en varias opciones políticas, aunque seguramente no en todas. Y eso es lo que, en una sociedad tan compleja como la española, favorece que los valores cristianos puedan permear la vida pública, que es aquello sobre lo que este Congreso ha trabajado. Lo dijo, con su claridad habitual, el cardenal Rouco en la homilía de la Misa, el domingo de clausura de unos intensos trabajos que reunieron, sin fallos, a varios centenares de congresistas. De lo que se trataba no era de estar en política, ni tampoco en los negocios, por supuesto; sino de aplicar a cualquier actividad la exigencia moral que el catolicismo significa. Por dar sólo tres ejemplos: el Presidente de Lombardía, don Roberto Formigoni, el ex ministro don Marcelino Oreja y don Ignacio Hernando de Larramendi, que preside la Fundación que lleva su apellido, nos ilustraron desde la experiencia acerca de cómo ese objetivo puede lograrse cuando se gobierna en una gran región italiana, cuando se ha rodado muchos años por el mundo y cuando se ha gobernado una empresa a la que encaja como a pocas el adjetivo de social. Estos Congresos deben continuar.
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