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BASIDA cumplió ayer nueve años. Presidió la celebración por esta valiosa obra social el obispo de Getafe, monseñor Francisco José Pérez y Fernández-Golfín. Durante el próximo fin de semana ofrecen una gran variedad de actos culturales, entre ellos la presentación de un CD musical elaborado por ellos mismos. Es una buena ocasión para recordar el origen y el sentido cristiano de esta iniciativa, seguramente la más importante en la Comunidad de Madrid en este campo, que acoge, acompaña, atiende, y evangeliza a los enfermos de SIDA.Apenas hace nueve años ni se imaginaban lo que ahora están haciendo. Eran un grupo de jóvenes de Aranjuez que participaban en la Renovación Carismática. Seguramente el grupo cristiano de jóvenes de la ciudad ribereña con una experiencia de oración más arraigada y, por lo que vino después, más arriesgada. Todas las tardes, a la vuelta de sus clases en la Universidad, de sus trabajos, de sus casas, se reunían en una pequeña aula de la parroquia de San Antonio. Desde allí se oían los ruidos de los camiones y de los coches, que a un lado y a otro de la iglesia transitaban por la antigua carretera de Andalucía. Ellos permanecían inmóviles en sus sillas o en el frío suelo de aquel cuarto, como si el mundo se hubiese parado. Leían la Palabra de Dios, rezaban, cantaban, alababan a Dios con sus manos. Sus modos de orar, en aquellas largas sesiones, nos parecían extrañas a quienes acudíamos, un poco como intrusos, buscando luz para rezar. No todos los comprendían, y alguien dijo una vez que había muchas cosas que hacer y que ellos sólo sabían rezar. |
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Pero su oración, constante y transformante, daría su fruto. Cada una de sus vidas se iba conformando a la disponibilidad ante la voluntad de Dios, a la búsqueda ansiosa de signos de amor (verdadero significado de las siglas de BASIDA), y una de esas tardes suplicaron conocer cómo poder agradarle y servirle. Poco después comprendieron que Dios les llamaba a una entrega radical, dejando padre, madre, casas, carreras, trabajos... y supieron que los más pobres de entre los pobres eran los encarcelados enfermos terminales de SIDA, que según una nueva disposición legal podían dejar la cárcel si eran acogidos en una comunidad terapéutica.
Comenzó la aventura de abrir el centro. Desde entonces, sin nada, hasta hoy, que cuentan con un austero pero completo complejo de atención a antiguos reclusos, toxicómanos y enfermos de SIDA, todo ha venido de la Providencia. Ya en los primeros días tuvieron que reunirse a rezar por la noche, porque no tenían ni para la leche con que dar de desayunar a sus primeros acogidos. Por la mañana una pila de cajas de paquetes de leche estaba a la puerta del pequeño cortijo que les habían donado para comenzar su misión. A ellos no les impresiona esta anécdota, porque la han visto repetirse infinidad de veces, de un modo o de otro. Y ciertamente al pasar de una a otra de las casas y recorrer la lavandería, la guardería, los talleres de carpintería, de electricidad y de cerrajería, el salón de actos, los apartamentos, el comedor, el cuarto de juegos, las aulas, la enfermería, la capilla, etc... no es difícil reconocer el milagro, sobre todo cuando se ve el rostro alegre de los residentes y de los jóvenes voluntarios que están levantando juntos una nueva pared. Y al caer la tarde, como hace nueve años, vuelven a juntarse, tras un duro día de trabajo, y leen la Palabra de Dios, y cantan, y rezan, y alaban a Dios con sus manos, sólo que ahora a uno de los enfermos, de los muchos que no se pierden este rato del día por nada del mundo, y menos por ese mundo que les ha vuelto la espalda, se le oye musitar, entre tantas voces que rezan a un tiempo, una sobrecogedora oración: Gracias, Señor, por estar aquí, en tu casa, en tu familia, con tus ángeles, en BASIDA, en Aranjuez. Alfa y Omega |