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El valor de la existencia trasciende al de la eficacia. En estos días que preceden a la Navidad es más fácil reflexionar sobre la condición de los más pequeños y sobre la atención que hay que ofrecer a las familias para ayudarles a descubrir en los niños minusválidos un signo de amor de Dios. La llegada de un niño que sufre es algo desconcertante. Por ello es decisivo alentar a los padres para que ofrezcan una atención especialísima al niño. La familia es el lugar por excelencia donde el don de la vida es recibido como tal, y la dignidad del niño reconocida con expresiones de particular atención y ternura. La Iglesia y la sociedad civil deben poner las condiciones para que todo minusválido, al igual que cualquier otro sujeto débil, sea alentado a convertirse en protagonista de su existencia. Los creyentes cuentan además con un apoyo particular: la oración. En ella, los familiares aprenderán a acoger, amar y valorar al niño o niña marcados por el sufrimiento. (5-XII-1999) Pena de muerte El gran Jubileo es una ocasión privilegiada para promover en el mundo formas cada vez más maduras de respeto de la vida y de la dignidad de cada persona. Renuevo, por tanto, mi llamamiento a todos los responsables para que se llegue a un consenso internacional a favor de la abolición de la pena de muerte. (12-XII-99) |