RetrocesoA&ONº 191/16-XII-1999SumarioTestimonioContinuar
Sacerdote a los setenta años
Hablo de llegada, porque mi recorrido ha sido un poco largo. Tengo ya setenta años cumplidos. Creo con cierto fundamento que es Dios el que me llama, por más que estas expresiones, incluso matizadas, me pongan carne de gallina; y con Él, la Iglesia y la gente. Lo mío es una simple respuesta, un ser llevado y llegar. No es mi agrado decir más, pero lo haré porque se me pide expresamente.

Cuando nuestro pequeño grupo —Sociedad de vida apostólica Fe y Justicia— hizo su compromiso delante de don Luis María de Larrea, entonces obispo de Bilbao, decidimos no decidir nada acerca del sacerdocio. Al cabo de unos años, iniciamos consultas sobre el particular. Era yo quien debía hacer las preguntas y enviar las contestaciones, íntegras y sintetizadas. Todos los compañeros estaban de acuerdo en que hubiera presbíteros entre nosotros, pero ninguno se sentía llamado personalmente. Más tarde se reanudaron las consultas y el consiguiente discernimiento. Mientras tanto, yo había comenzado a venir a El Salvador, donde actualmente paso la mayor parte del año. Ahora mismo escribo desde aquí. Un día estaba yo haciendo discernimiento de este asunto durante la oración de la mañana en la capilla. Recuerdo aquella capilla de una casa alquilada, el rincón donde oraba cada mañana bastante largamente. Hacía el discernimiento, una vez más, sobre el grupo, y repasaba las personas, sin pensar en mí mismo, cuando me vino este pensamiento: Y ¿por qué no tú mismo? Uno ha asumido la secularidad y adultez del mundo, lo cual le ha infundido mayor respeto a Dios; y no cree en fáciles intervenciones extraordinarias, como si Dios fuera un actor más de la Historia. Pero aún así, me quedé bastante cortado. Y decidía que debía hacer discernimiento también sobre mí mismo... Era hace unos dos años.

La estancia en este país, que es mi nueva patria, estaba influyendo en mi arribada al presbiterado. El discernimiento caminó con altos y bajos, aproximaciones y desganas. Recordé que hacía poco tiempo había celebrado una liturgia funeraria, no sacramental, por don Saturnino, un hombre que vivía con su familia en un cementerio. Son de los pocos católicos, junto a otras treinta y tantas familias que viven en la misma comunidad marginal. Llevamos años, un equipo de voluntarios y yo, con ellos, acudiendo constantemente a prestar ayuda a todos ellos, sin ninguna discriminación. Cuando llegué a su casa, vi una gran cruz entre la inmensa pobreza: no procedía de la iglesia, sino de la funeraria. Los cité para el día siguiente y, alrededor de la tumba —que era solamente un montón de tierra más elevada en una esquina del mismo cementerio—, familiares y voluntarios cantamos, leímos la Palabra y oramos. Al final me atreví a darles mi bendición de hermano. Lloraron varios. En aquella celebración me había prometido a mí mismo que escribiría un pequeño artículo titulado: Los pobres no tienen funerales. En días sucesivos, en oraciones lentas, recordé este y otros hechos. Recordé también que a veces me pedían confesión y otros servicios. Vi que podría hacer más por la gente si me ordenaba sacerdote y que mi condición laical —laico con votos privados— no comportaba una misión especial para mí, aquí donde estoy. Recordé muchas cosas y acabé diciendo , modestamente, a lo que considero llamada y don de Dios. Después presenté a mi grupo, por carta, mi discernimiento para pedirles su consenso, por tratarse de un cambio en nuestra situación actual. Y cuando finalmente hubo consenso, hace pocos meses, me presenté al obispo de Bilbao, don Ricardo Blázquez.

Mi edad y circunstancias personales han acelerado el proceso. Tengo muy claro que, en mi caso, la ordención es para los pobres, directamente, junto con nuestros voluntarios, para hacer labor social y religiosa, ambas cosas. Y, al mismo tiempo, para cualesquiera otros, para todos. Así quiero seguir mientras tenga fuerzas. Es la hora undécima, un momento de gracia, que me pide mayor conversión. Mi pastoral empieza por ahí y por amar a la gente de la que quiero seguir siendo hermano.

Patxi Loidi
de Comunicación/Alkarren Barri
(diócesis de Bilbao)