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La noticia más importante de la Historia, después de la encarnación del Hijo de Dios, es el nacimiento de un niño: así comenzaba un prestigioso profesor la conferencia sobre Bioética y aborto que le habían solicitado en una institución universitaria. Hacer tal afirmación sólo es posible cuando se ha percibido la insondable profundidad del valor absoluto de toda vida humana, y tal percepción de la realidad es fruto exclusivo de la Revelación cristiana. Esa expresiva letrilla castellana, Si hacemos alegrías cuando nace uno de nos, ¿qué haremos naciendo Dios?, halla toda la hondura de su sentido precisamente porque es reversible el orden de sus versos: Desde que ha nacido Dios, ¡no hay mayor alegría en la tierra que el nacer uno de nos!
El gozo de la Navidad, más acentuado si cabe en ésta tan especial que abre las puertas al gran Jubileo del 2.000 aniversario de la encarnación y del nacimiento de Cristo, antes que un sentimiento que ensancha el corazón es el fruto de la inteligencia que ha conocido la verdad. Es un sentimiento tan lleno de razones, que ni todo el mal del mundo es capaz, no ya de destruirlo, sino ni tan siquiera de hacerlo disminuir un ápice. Absolutamente todo, la fatiga y el descanso, la salud y la enfermedad, la infancia y la vejez, la riqueza y la pobreza, la familia, el estudio, la amistad, el dinero, la política, el deporte..., la vida entera, ha sido rescatado del poder de la muerte por ese Niño nacido en Belén de la Virgen María, hace ahora dos milenios. |
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Reducir la Navidad a mera emoción sentimental, o peor aún a excusa para el consumismo que mueve cantidades ingentes de dinero, es una ofensa a la verdad de los hechos, pero antes aún, si cabe, es la más irracional de las necedades. ¿O es que, acaso, es lógico elegir todo aquello que necesariamente conduce a la muerte, rechazando al Único que nos asegura la vida victoriosa de la muerte? Lo que nos disponemos a celebrar en los próximos días, abecedario de la gramática de la fe cristiana, es sin duda la noticia más importante de la Historia, porque es la que más nos interesa. La ocultación o, peor aún, la manipulación y la tergiversación de esta noticia es obra del diablo, que ya lo intentaba hacer cuando tuvo lugar el acontecimiento como bien refleja la primorosa viñeta infantil de nuestra portada, intentando ironizar con eso de que quién se acordaría de Jesús después de 2.000 años... A todo el que use rectamente su razón no se le oculta el hecho incontestable de que a nadie como al Niño de Belén se le ha amado tan de verdad a lo largo de los dos milenios transcurridos desde su nacimiento. Es cierto que también se le ha odiado, y mucho, o se quiere hacer como que se le ignora, pero lo que con ello se pone en evidencia es, efectivamente, la necedad humana. Fijar en Cristo la atención, el corazón, la vida entera es sin duda exigencia de la fe, ¡pero no lo es menos del sentido común!
Como también es exigencia de la fe y del sentido común ¡qué bien lo entendían los artistas cristianos! la presencia de ese Cristo crucificado presidiendo la estancia donde los Magos adoran al Hijo de Dios hecho niño, en la maravillosa pintura que ilustra este comentario. Parece hacerse eco de estas palabras de san Gregorio de Nisa: La muerte de Cristo no fue una secuela de su nacimiento; sino que Cristo nació para poder morir, es decir, para introducirse Él, que es la Vida, hasta lo más profundo de la muerte y así aniquilarla para siempre. Nacido de mujer escribe san Pablo a los Gálatas explicando cómo hemos sido redimidos por Cristo, nacido bajo la ley, justamente las dos condiciones necesarias para poder morir en la cruz y de este modo redimir a la Humanidad entera: tener un cuerpo mortal y estar sometido a la ley que podía declararlo reo de muerte. Su nacimiento, en efecto, explica nuestra alegría. |
Felices
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Se puede llamar verdaderamente felices a esos hombres que las Bienaventuranzas aclaman? He aquí la respuesta más austera, la más sobria: que el padre Schokel ha dicho que san Jerónimo había dicho que san Lucas había dicho que Jesús había dicho que son felices los pobres, los perseguidos, los que lloran, los que padecen hambre.
¿Se trata únicamente de felicidad eterna? ¿Se trata, pues, por lo que a esta vida respecta, de una felicidad entendida como simple esperanza, como mera situación privilegiada en que acumular méritos para la vida eterna? Séneca creía todo lo contrario: ¿Quién duda que el varón sabio tiene una materia más amplia para desenvolver su espíritu en medio de las riquezas que en la pobreza? A Séneca le calculaba Suilio una fortuna personal de tres millones de sestercios. Su criterio, pues, tiene grandes probabilidades de ser considerado un criterio cínico, una mera apología pro domo sua. Pero ¿es acaso menos cínica la postura del cristiano rico que confiesa ser más envidiable la suerte de los pobres porque entiende que la pobreza es un magnífico ejercicio de virtudes? Había que reflexionar seriamente sobre las desventajas de toda índole que la miseria acarrea a quien la padece, cómo la miseria económica suele llevar consigo el riesgo de otras muchas miserias. Los hombres suelen soñar con otro tipo de dicha. Es como si a un hambriento se le prometiera un concierto de cuerda. De hecho se le promete que quedará saciado, pero todos suponen que se trata de otro pan, de otros placeres, de otra forma de entender el pan y los placeres. El enunciado paradójico, tan abrupto, de las Bienaventuranzas cristianas ha hecho que se multipliquen sus interpretaciones en el curso de los siglos. José María Cabodevilla |