|
|
La familia es la primera y fundamental expresión de la naturaleza social del ser humano y tiene su origen y fundamento en el matrimonio, alianza por la cual el hombre y la mujer se entregan y se aceptan mutuamente en un proyecto de vida, compartiendo lo que tienen y lo que son.
La poligamia y el divorcio contradicen radicalmente dicha comunión, y son causa de la disolución de la familia. Han de ser considerados siempre como un mal grave para los propios esposos y para los hijos. La Iglesia tiene un alto concepto de la dignidad humana, al considerar a todos los seres humanos iguales en dignidad por su ser de criaturas, hijos de Dios. Por lo cual rechaza toda discriminación, explotación y manipulación. Estamos llamados a vivir la dignidad de varón y mujer, sin machismos ni feminismos. Iguales en dignidad en cuanto personas, éstas son diferentes y complementarias en cuanto varón y mujer. La sociedad debe estructurarse de manera tal que las esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de casa, superando por otra parte la oposición que frecuentemente se establece entre trabajo de la mujer y maternidad, con una legislación adecuada. Para la familia cristiana la sexualidad no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. La sexualidad se vive de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte del amor con que el hombre y la mujer se comprometen en un proyecto de vida común. La donación física sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación personal total, que debe hacerse en el matrimonio como lugar propio. La sexualidad es experiencia y expresión de amor y comunión, fuente de vida. |
|
La familia cristiana se esfuerza por ser, cada día, lo que es: comunidad de vida y amor. Y por cumplir su misión de custodiar, revelar y comunicar el amor: formando una comunidad de personas; sirviendo a la vida, ejerciendo una paternidad responsable; participando en el desarrollo de la sociedad; participando en la vida y misión de la Iglesia.
Los hijos son don preciosísimo del matrimonio y contribuyen grandemente al bien de los padres. Sin embargo, los esposos deben procrear responsablemente. A la hora de decidir si quieren generar o no, deben dejarse guiar no por el egoismo ni por la ligereza, sino por una generosidad prudente y consciente que valore las posibilidades y circunstancias y, sobre todo, que sepa poner en el centro el bien mismo del que ha de nacer. La familia es el santuario de la vida, el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada y donde puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano. El aborto provocado es un pecado contra el precepto de Dios no matarás, es causar la muerte a un ser humano inocente e indefenso, lo cual nunca se podrá justificar moralmente. Los padres son los primeros educadores de sus hijos, éste es su deber primario e inalienable. La familia es la primera escuela de las virtudes sociales y de los valores humanos. La familia constituye el hogar y el instrumento más eficaz de humanización y personalización de la sociedad. Es obligación de los poderes públicos reconocer la verdadera naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla a cumplir su misión propia, defender la moralidad pública. Ninguna sociedad humana puede correr el riesgo del permisivismo en cuestiones de fondo relacionadas con la esencia del matrimonio y de la familia. Semejante permisivismo llega a perjudicar las auténticas exigencias de paz y de comunión entre los hombres. Estas convicciones cristianas sobre el matrimonio y familia son fruto de la razón y de la fe, del análisis de la naturaleza humana en todas sus dimensiones iluminada por la revelación cristiana. Los cristianos tenemos, en frase de Juan Pablo II, el rico tesoro de la verdad cristiana sobre la familia que ofrecemos como una buena noticia con la pretensión de que sea aceptada por todos. Inocente García de Andrés |