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La familia es el espacio natural donde el ser humano descubre, en el misterio del amor de los padres y de los hermanos, el reflejo del amor de Dios, y donde puede verificar positivamente la experiencia humana fundamental de que la vida es un don y tiene un significado último positivo, cuyo fundamento es Dios mismo. En la relación de los hijos con los padres, cuando esta relación es vivida de forma sana y verdadera, es Dios mismo quien se revela al hombre a través de los signos de la
creación, y le va educando en su corazón para acoger el misterio grande de Dios, como don incondicional y gratuito y como atisbo y deseo de un amor como el de la familia, que permanezca siempre. En definitiva, el deseo de lo que se llama en lenguaje cristiano la vida eterna. Lo que constituye a toda familia es una relación de amor gratuito entre sus miembros, y esta relación es el reflejo creado del Dios que es amor. La confesión de fe en que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo nos introduce en el misterio insondable de su Ser y nos ayuda a comprender el verdadero destino del hombre. La experiencia de una relación verdadera entre los esposos, entre padres e hijos, y entre hermanos, conduce a reconocer que ninguna de esas relaciones, preciosas a los ojos de Dios, son signo de Alguien más grande, manifiestan un amor cuya fuente y consistencia es el amor de Dios. Por otra parte, también la familia, como toda realidad humana, está herida por el pecado. En ella, hombre y mujer, padres e hijos, experimentan la frustración de no amarse adecuadamente, el dolor del límite propio y del de los otros, la imposibilidad de mantener la promesa de bien y de belleza que está en el origen de la familia. Por eso la familia necesita abrirse a la misericordia de Dios, y recibir de Él la salud y la plenitud. Nota de la Subcomisión episcopal |