|
|
Existe la convicción de que la Navidad es un período en que se estrenan películas especialmente adecuadas y dirigidas para el público infantil. Dicha convicción, basada en experiencias pretéritas, no debe confundirnos hoy. Las fiestas navideñas, en una cultura neopagana como la nuestra, se han convertido en una compleja operación de marketing cuyo principal objetivo es multiplicar astronómicamente ventas y beneficios. Las industrias de la distribución y exhibición cinematográficas son maestras y pioneras de esta mentalidad. En diciembre y enero se estrenan películas para que vayan masivamente los más jóvenes, independientemente de los contenidos que se viertan en ellas. De hecho, normalmente, ninguno de los títulos que ven la luz en esas fechas tienen nada que ver con la Navidad, la fe, el sentido religioso o el misterio de la Encarnación.
Este año han llegado varios films de animación de las grandes y tradicionales compañías americanas: Tarzán, de la Walt Disney, El gigante de Hierro, de la Warner y Rudolf, que incluso está ya en vídeo. Un poco más tarde en febrero- tendremos aquí Toy«s Story 2. Tarzán es un producto típico de la Disney, que conjuga los valores tradicionales con las modas políticamente correctas. Sin obviar algunos de estos guiños cargantes, como equiparar al hombre y al animal en cuanto poseedores ambos de alma, o la ausencia de personajes africanos negros para no herir susceptibilidades (ignoro si las de los blancos o las de los negros), Tarzán es un brillante esfuerzo de adaptación literaria y creatividad en el uso de las técnicas de animación. Aborda la historia de Edgar Rice Burroughs (48 veces llevada a la pantalla) desde la perspectiva de la pertenencia: la necesidad imperiosa del hombre por encontrar su lugar. No bastan las buenas compañías que Tarzán las tiene numerosas y encantadoras entre los animales, sino que es preciso compartir las exigencias fundamentales de la propia naturaleza. Por ello, Jane despierta en Tarzán, al encontrarse con él, su verdadero rostro, su nítida autoconciencia hasta entonces confusa. En el film, también se apuntan otras cuestiones, como la felicidad, a la que hace simpáticas aportaciones el curioso padre de Jane; la familia, presentada no como un fenómeno biológico, sino como un lugar donde se hace crecer a la persona en este caso, una familia de gorilas, con una conmovedora madre; la autoestima y conveniencia de ser útil a los tuyos, etc... Desde el punto de vista formal es una cinta innovadora por el uso de técnicas que hacen verosímil el virtual, pero vertiginoso, movimiento de cámaras. La banda sonora es buena y los dibujos originales, en especial el de Tarzán, ideados por el veterano Glenn Keane. |
|
El gigante de hierro es otro cantar. Tributaria de clásicos de la narración fantástica como La Bella y la Bestia, Frankenstein, El Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, y de iconografías más recientes como E.T. y Mazinger Z, esta película dirigida por Brad Bird es una revisitación infantil del problema del bien y del mal que residen en el interior del ser humano. Con personajes tristemente actuales (madres solteras, padres agobiados por el trabajo...) El gigante de hierro cuenta la historia de un inmenso gigante de metal que viene de allende el espacio y al que se le despierta un corazón humano en su trato con Hogarth, un niño al que le hacen muy poco caso los mayores y para el que el gigante se convierte en su mejor amigo. No será así para el agente del Gobierno Mansley, que verá en lo nuevo una amenaza que destruir. El planteamiento del guión es muy maniqueo y radical, pero lo más discutible es su fórmula salvadora de indiscutible sabor americano: tú eres lo que quieres ser. Si lo aceptamos desde el punto de vista de la libertad, es una exaltación correcta; pero si lo hacemos desde el voluntarismo del self made man (hombre que se hace a sí mismo) terminamos por afirmar lo contrario que la Navidad nos propone: que sin la ayuda de lo Alto el hombre es incapaz de salir de su extravío radical.
Hechas estas dos apreciaciones necesarias, el film tiene en su haber diversos aciertos, como la forma en que trata el valor redentor del sacrificio, la urgencia de una paternidad responsable, la nobleza de corazón, el valor de la amistad..., en fin, elementos típicos del cine infantil, que cuando son tratados con sinceridad merecen todo nuestro respeto. Cinematográficamente es una película especial, con una fuerte personalidad en el dibujo y una curiosa opción de estilo. El arranque del film es fascinante, así como el final, y mantiene el interés más por el interés de la historia que por sus alardes técnicos, que no son tantos. A falta de contenidos realmente navideños, nos tenemos que conformar con aquello que, siempre que no traicione la verdad del hombre, desvele algún factor auténtico de nuestra existencia; y estos dos films, a pesar de sus cojeras, en cierta medida lo hacen. De los otros títulos citados, que merecen atención especial, trataremos más despacio otra semana. Juan Orellana |