RetrocesoA&ONº 192/23-XII-1999SumarioDesde la feContinuar

PUNTO DE VISTA
Un Niño nos ha nacido

Los anales del Celeste Imperio en China contienen este pasaje: «El día octavo de la cuarta Luna del año 24, de Tchao-Wang, de la dinastía Tcheou, apareció una luz por el sudoeste, que iluminó el palacio del rey. El monarca, sorprendido por su esplendor, interrogó a los sabios de la Corte. Estos le mostraron manuscritos en los cuales este prodigio significaba el apararecimiento de un gran santo en el oeste, cuya religión sería predicada en sus dominios...» Cristo ha sido el único cuya venida fue universalmente predicha. No sólo por profetas del Antiguo Testamento, sino todo el mundo pagano y de entonces, está lleno de angustias y alusiones a la llegada de un Salvador.

Platón y Sócrates nos hablan de «logos» (en su teológico contexto «logos» significa la palabra de Dios) y del sabio universal «aún por llegar». Virgilio describe poéticamente «a la mujer casta que sonríe a un niñito, con el cual pasará para siempre la edad de hierro». Las sibilas o profetistas predican l allegada de un «rey universal a quien debemos reconocer para nuestra salvación». Confucio también predijo la llegada «del Santo».

Jesús fue el punto central de una perseverante espera, quizás durante unos veinte siglos que lo preceden, y un impulso de adoración que lo sigue durante otros veinte siglos —hasta nosotros. Una situación absolutamente única. Como observa Pascal, el Antiguo y el Nuevo Testamento apuntan a Jesús: «el Antiguo como aquel a quien espera, el Nuevo como a su modelo». Ambos como su centro.

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«Ese día nació Cristo, este día apareció el Salvador; en este día los ángeles cantan sobre la Tierra, se regocijan los ángeles; este día los justos se alegran y cantan: Gloria en el cielo, ¡Aleluya!»

Estas palabras son de un himno gregoriano que se canta ya hace trece siglos en la noche de Navidad.

Estas mismas palabras cobran vida en nuestros corazones esta noche de Navidad. Una estrella nos ha guiado al pesebre y la voz de un ángel nos ha anunciado buenas nuevas: «Esta noche...nos ha nacido nuestro Salvador, y su nombre es Cristo, el Señor».

La pureza nace en un humilde establo. Aquel que más tarde llamó «el pan de vida que ha bajado del cielo» yace en el pesebre, literalmente, un sitio donde comer. Siglos atrás su raza, los judíos, se inclinaban ante el becerro de oro, adorándolo como a un Dios. Ahora una mula y un buey se inclinan ante un Dios en humilde reparación.

Nadie en el mundo hubiera podido siquiera sospechar que Aquel que hace que el sol caliente la tierra, tuviera necesidad de que dos animales calentaran su cuerpecito con su aliento; de quien viste los campos de hierbas y de flores, naciera desnudo; que la palabra eterna; el Verbo eterno fuera mudo; que la omnipotencia estuviera envuelta en pañales; que la salvación yaciera en su pesebre. El hijo de Dios hecho hombre fue invitado a entrar en su propio mundo por la puerta de atrás.

La divinidad para siempre por donde menos se espera. El pesebre y la cruz están en los dos extremos de la vida del Señor. Aceptó el pesebre porque «no había lugar para ellos en la posada». Y aceptó la cruz porque su reino no era de este mundo. Despreciado en la entrada y rechazado en la salida, se recostó en un establo ajeno al principio y fue enterrado en una tumba ajena al final. Dos animales rodeaban su cuna en Belén, y dos ladrones flanqueaban su cruz en el calvario.

Y solamente dos clases de hombres encontraron al niño Dios; los pastores y los sabios; los que sabían y los que sabían que no lo sabían todo.

Así Belén se convirtió en un puente entre el Cielo y la Tierra. Dios y hombre se encontraron aquí y miraron cara a cara. «Et verbum caro factum est» —y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Quien lo ve a El, ha visto al Padre, pero el mismo que nació en Belén debe nacer en los corazones de los hombres; pues ¿de que servirá que Cristo naciera mil veces en Belén, si no nace en el corazón de cada uno de nosotros para convertirnos en hijos de Dios?

Vytautas Antanas Dambrava
Embajador de Lituania

Fe y ciencia

Decir que el cristianismo contribuyó al desarrollo de las ciencias ya no escandaliza, pero es ingenuo creer que el mundo está dispuesto a conceder algo a la fe. Mejor parece pensar que ese reconocimiento tiene algo de homenaje póstumo. La palabra postcristiano horroriza porque presupone que Cristo ya no sigue vivo en su Iglesia. Sin embargo, el mundo parece salir de su letargo y conceder cuanto haga falta a un solo precio: decir que ya está muerto, que su contribución fue necesaria e incluso heroica, pero conviene vivir como si ya no fuera.

La herencia cristiana de Europa, con todo lo que supone para las artes, la filosofía, el derecho, etc., no es algo que se nos da como acabado: objeto de consumo, de interés cultural. Pues la catedral, por ejemplo, no es separable de la oración, al igual que no se puede pintar un icono si el monje antes no ayuna. No se puede hablar de la aportación cristiana como algo ya concluido, ni ponerlo al mismo nivel que otras aportaciones legítimas. No tiene la misma fuerza la Palabra de Dios que el discurso de los hombres. Ahora bien, como Dios se ha expresado en lenguaje humano, el cristianismo puede penetrar en cualquier cultura, pero sólo lo hace verdaderamente cuando la acaba transfigurando.

En la perspectiva del Jubileo se impone una evidencia. Hace dos mil años recorría los caminos de Palestina Alguien cuya presencia no desdecía del paisaje ni del entorno humano, pero en su mirada se concentraba, al mismo tiempo, el porqué de cada cosa y su sentido último. Obraba milagros, que no dañaban la naturaleza, antes bien la sanaban. En Él toda la creación es redimida. Pero parece como si el hombre, que gracias a Él descubrió su propia dignidad, ¿quién lo diría?, se haya cansado de andar de la mano de Cristo. En Él ha alcanzado a entrever su propia grandeza pero, fascinado de sí mismo, se ha atrevido a pensar que era posible sin Él. Pero mirarnos fuera de Cristo es no vernos. Queda un espejismo. Si nos arrancamos de Cristo para atrapar una sombra inalcanzable caemos en lo oscuro de la nada. Sólo el amor crea; sólo la misericordia salva. Removida la misericordia se niebla la comprensión de lo que es el hombre y su propia obra decae en el absurdo intento de construir su mausoleo que quedará, ciertamente, inacabado.

David Amado